Tipo de cambio:

Compra: 3.315

Venta: 3.318


Año de la lucha contra la corrupción y la impunidad
LUNES 16

de setiembre de 2019

MUESTRA FOTOGRÁFICA DE FIDEL CARRILLO

Una mirada a Lima

En medio centenar de imágenes se resumen los personajes y colores que tiene la capital no oficial, la que los migrantes siguen transformando día a día.

9/9/2019


¿Quiénes habitan la Lima de a pie, la que toma combi “asesina”, viste polo con el “9” de Paolo, wasapea en medio de la hora punta y asistirá al VivoXElRock para ver a Wendy Sulca y a The Strokes? Dicen que Lima es una ciudad gris. Cielo color panza de burro, eso sí. Pero a la megápolis, los migrantes se encargaron de colorearla y ponerle banda sonora.  

Rebobinemos. Hasta 1945, la ciudad se presentaba en blanco y negro, salvo las estacionales flores de Amancaes. Entonces el espermatozoide de la migración fecundó el cerro San Cosme, que por algo tiene forma de óvulo. Y todo cambió.



La nueva urbe –la de Lima Norte, Lima Este, Lima Sur–, la del “pico y placa”, mide cinco veces más que la Lima tradicional, y un poquito más. Y es bisnieta de esa primera migración.

Entre las décadas de 1940 y 1980, la nueva Lima se forjó con sudor provinciano. Llegaron por oleadas con palos y esteras y tomaron posición de lomas y terrenos eriazos. Preñaron pueblos jóvenes y, luego, dieron forma a las urbanizaciones y la nueva clase media capitalina.

Y la música andina pasó de los horarios de madrugada a los estelares. Ergo, no es gratuito que la chicha de Chacalón surgiera en El Agustino, tampoco el Agustirock.



En su famoso y vital estudio Desborde popular, el antropólogo ayacuchano José Matos Mar (1921-2015) detalló cómo era “el nuevo rostro del Perú”, que urgía de políticas de Estado de vivienda, de educación.

No solo exigían a las autoridades, sino que también trajeron sus tradiciones para hacer de Lima su hogar, aunque el Perú criollo, capitalino, “oficial”, no les abrió los brazos. Pero Matos Mar subrayó que se trató de un proceso pacífico. Con los microempresarios como palanca económica.

Píntame la cancha

El fotógrafo Fidel Carrillo es hijo de esa migración. Hijo de padres ancashinos. Desde la década de los noventa, asume la cámara fotográfica como una extensión de su cuerpo.

En sus imágenes, Lima nunca es grisácea. Es una ciudad con ojotas; de cerros pelados que contrastan con cementerios multicolores, donde hay diálogo entre vivos y muertos, herencia de los incas, que sacaban a pasear a sus momias y trataban a sus ancestros como seres vivitos y coleando. En la urbe de hoy, las tapadas son la imagen de una pared y las policías de tránsito son mestizas guapas que cuidan su ciudad mientras consumen sus “megas” escuchando al Grupo 5 y Bad Bunny.



La ciudad donde el ingenio del ambulante se traduce en ofertas o en crear personajes vistosos. Cementerios, cerros, avenidas, pueblos jóvenes y arterias principales… En todos, Carrillo encuentra vetas de belleza. Una que exige ser “imagen fija” para pervivir y ser documento histórico de una ciudad en perpetuo cambio.

De color andino

Sobre la muestra Lima, una mirada, la curadora Mayu Mohanna comenta que Carrillo se inserta en la tradición del ensayo fotodocumental de la Lima migrante, iniciada en los años ochenta por Jaime Rázuri y, una década después, transitada por Daniel Pajuelo.

Sin embargo, ambos siguen la escuela europea de la fotografía documental clásica, en blanco y negro. “En Carrillo el color andino que los migrantes y sus descendientes llevan en la memoria irrumpe en la imagen; las escenas están embebidas de la estética migrante. Esta Lima no es ya marginal; las fotografías de Carrillo –desbordantes, efervescentes– reflejan la vida de las mayorías limeñas, vistas desde dentro”, dice Mohanna.



El propio fotógrafo deja su cámara y explica que su labor “no pretende ilustrar una problemática social, sino construir nuevas formas de tolerancia y entendimiento de los rasgos culturales y concepción de vida del migrante en nuestra capital”. Pínteme, Lima, bien bonito, nomás. (José Vadillo Vila)