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OPORTUNIDAD PARA MENORES

Una segunda esperanza

Desde hace 28 años, la casa hogar CIMA, en Cieneguilla, brinda asistencia y cobijo a niños y adolescentes en situación de riesgo. Además, les permite desarrollarse en diversos oficios mientras apuestan por reinsertarse en un hogar ya sano.

12/9/2018


Un letrero de bienvenida reemplaza a las rejas. Es una invitación para que los chicos elijan libremente: o se van o se quedan. Si esta es su opción, adoptan los tres principios que rigen en la casa hogar CIMA: respeto, amor y compromiso. 

El movimiento en casa empieza a las 6 y 10 de la mañana, con la oración comunitaria en la que participan los niños y adolescentes, los voluntarios extranjeros, los tutores y los especialistas. “Somos un hogar católico, pero respetamos a quien profese otra religión”, explica el fundador de la institución, Jean-Louis Lebel.

El 80% de los chicos entonces parte al colegio. Son menores que vienen de hogares de todo Lima y también llegan desde provincias.

Durante el día, dos psicólogos, dos asistentas sociales y otros especialistas trabajan con el resto, a los que se les ofrecen también 10 talleres “terapéuticos” que les brindarán herramientas para la vida.

Participan, sobre todo, los que por los problemas que superan no pueden regresar a las aulas. Y un par de veces a la semana llega un profesor del Centro de Educación Básica Alternativa (CEBA) para nivelar a los que se han quedado rezagados en los primeros años y ya no tienen edad para vestir uniforme de primaria.

La casa hogar CIMA les abre un abanico de posibilidades para relacionarse con el mundo, digo: habilidades de cocina, carpintería, manejo de animales de granja, etcétera. A los valores católicos les suma el del cuidado del medioambiente (a diario practican el reciclaje y saben hacer compost). A las 9 de la noche, el silencio volverá cuando los chicos más grandes, de 17 años, apaguen las últimas bombillas de luz de sus “casas”.

Un concepto familiar

CIMA es una pequeña villa en la que hay 6 “casas”, amén de talleres, de espacios para el deporte, de corrales de animales. El amplio terreno en el que estos niños reciben una segunda oportunidad en la vida fue donado por Federico Jhancke.

Viven hoy 50 niños y adolescentes de 9 a 17 años. Ellos están a cargo de tutores y el fin es su reinserción familiar. No hay un pago por su estadía, solo que “cuando ingresa un niño, ingresa toda la familia porque tienen un compromiso”, dicen la trabajadora social Jessica Sánchez y la psicóloga Katherine Soto. Se agota esta posibilidad, y si se ve en las visitas familiares que no hay cambios ante los problemas domésticos que llevaron a esta situación límite, se busca reinsertar a los chicos en la casa de “familias alternativas” de tíos, abuelos.

Para eso son las terapias familiares. A algunos padres se les dificulta asistir a las sesiones porque son comerciantes y trabajan los fines de semana, o la larga distancia se vuelve un factor en contra. A veces son solo peros.

En sus 25 años de historia, la casa CIMA ha ayudado a más de 2,000 niños y adolescentes en situación de riesgo.

Son casos en los que los padres han perdido el control y los niños viven en situaciones de abandono o tienen problemas, como consumo inicial de marihuana, violencia, ludopatía (hoy en incremento por los aparatos celulares), pandillaje. Inclusive ha habido casos de violencia sexual, pero son los menos: 5%.

Compromiso social

¿Cómo se inicio esta historia? Lebel se había dedicado durante 21 años a la docencia en Canadá y decidió tomarse un año sabático recorriendo los países pobres, cuando en el Perú, en 1990, conoció a los pirañitas que vivían en la plaza San Martín, y empezó a trabajar con ocho de ellos en la calle.

Desde entonces, no solo da cobijo a los menores, sino que también busca integrar a las familias en el proceso, para reinsertarlos: el pedido es que vengan cada 15 días, por lo menos, a visitar a los chicos y participar en los talleres para que los menores puedan volver a un hogar mejor. Algunas veces, ha tenido ocasión de dar cobijo hasta a 4 chicos de una misma familia. En otras, han retornado a CIMA, cuando las cosas no han ido bien por casa. Los chicos le dicen “padre” a Lebel, aunque el filántropo canadiense no es religioso. Hay más de 300 casos de menores que después de años han vuelto para presentarle sus hijos al “abuelito”, al hombre que les salvó la vida.

El “padre” Lebel ahora tiene 77 años y quiere volver a dar la máxima atención, como cuando cobijaba a 96 menores que pasaban por situaciones de alto riesgo, pero las donaciones del extranjero han disminuido desde el año pasado, cuando Europa empezó a preocuparse por los problemas en el interior de sus fronteras, con migración. Ahora, dice Lebel, es el turno de que los peruanos pongan la mano en el bolsillo y colaboren.