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Año del diálogo y la reconciliación nacional
SÁBADO 22

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ENFOQUE

Unidos por la esperanza (II)

En el caso de la honradez, los peruanos nos hemos acostumbrado a pensar en que esta debe ser una cualidad únicamente de quienes ejercen cargos públicos de alto nivel y no de todos los ciudadanos, incluyéndonos a nosotros mismos.

27/2/2018


Celinda Barreto FloresPeriodista

Celinda Barreto

Periodista

Y es que la honradez no es solo el respetar el dinero ajeno, darle el uso adecuado o no apropiarse de él, sino que es también el respeto a las reglas de conducta que nos indica la moral, a aquellas que sin estar penadas por la ley deben ser observadas por todos, para que el mundo sea un lugar de convivencia pacífica, en el que la consideración hacia el prójimo prevalezca por encima de nuestros gustos y conveniencias particulares.

A esos detalles y consideraciones, lamentablemente no estamos acostumbrados la mayoría de los peruanos. Y las infracciones que atentan contra nuestro derecho a vivir bien, las vemos cada día, cuando las personas que transitan por un lugar arrojan a las veredas o a los jardines los envases de lo que están comiendo, cuando los conductores de vehículos públicos y privados ‘cierran’ a otros, cuando dan la vuelta en un lugar prohibido porque así ganan unos segundos de tiempo, o cuando se pasan la luz roja del semáforo porque tienen apuro por llegar a su destino.

Y en las últimas semanas todos hemos visto, en los medios de comunicación, el caso de las playas convertidas en muladares porque sus usuarios no practican ninguna regla de higiene, pensando quizá que, como no es su propiedad, la limpieza debe ser tarea de otros.

Si analizamos nuestra conducta, en grande o en pequeño, todos somos infractores y, por lo tanto, poco honestos. Lo son los empleados públicos que atienden mal a las personas, sin recordar que sus sueldos, vacaciones y hasta la jubilación que tendrán un día se paga con el dinero de aquellos a los que no quieren atender, lo son los “caseros” de los mercados que en cada venta roban 80 o 100 gramos de un producto, y lo son los taxistas que duplican el precio de un servicio cuando ven con cara de apuro a sus posibles clientes. Lo son los médicos que operan a las personas sin que realmente lo necesiten y los ingenieros que ponen menos materiales en una construcción, perjudicando a los futuros habitantes de esas viviendas.

Tanto en el ámbito público como en el privado, las faltas contra la honradez son innumerables. Y no son robos a mano armada, sino faltas en apariencia insignificantes, pero que determinan que la falta de honestidad la veamos como algo corriente, como una práctica diaria en diversos aspectos de nuestra vida.

Por eso, un gran sector de peruanos estamos unidos por la esperanza de que eso cambie, de que el respeto a los derechos ajenos sea una prioridad en nuestras vidas y que la honradez de los demás, que tanto reclamamos, sea una constante en la conducta de todos nosotros.