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Año de la Universalización de la Salud
MIÉRCOLES 30

de setiembre de 2020

ANDRÉS AVELINO CÁCERES

El guerrero indómito

Nació en ayacucho el 10 de noviembre de 1836. Hijo de Domingo Cáceres Oré y de doña Justa Dorregaray Cueva, escribió, acaso sin advertirlo, una de las gestas más hermosas de nuestra historia.

31/8/2014


Domingo Tamariz Lúcar PERIODISTA



Tenía 18 años de edad cuando experimentó por primera vez el poder del fuego en carne propia. En 1854, en el combate de La Palma, cuando apoyaba la causa de Castilla, el joven alférez Andrés Avelino Cáceres resultó herido en un pie. Era el bautizo del soldado que a lo largo de 30 años se elevaría como uno de los grandes guerreros de nuestra vida republicana.



Ingresó en el ejército cuando el poder se defendía o conquistaba en el campo de batalla. Estuvo en la guerra civil que alentó Vivanco, batiéndose al lado de las fuerzas del gobierno. En esta acción fue nuevamente herido, pero esta vez en el rostro.



En 1859, ante la pretensión ecuatoriana de reclamar territorios inmemorialmente peruanos, fue enviado a la frontera; el 2 de mayo de 1866 estuvo entre los bravos defensores del Callao; y en 1874, jugándose la vida, dominó una sublevación de sargentos. Cinco años después fue enviado al Cusco como prefecto y comandante general de esa región. En esa coyuntura estalló la Guerra del Pacífico. Cáceres se alistó y salió resueltamente al sur comandando el batallón Zepita. Peleó en Pisagua, San Francisco y Tarapacá, donde fue el que inició el ataque contra las fuerzas chilenas. Gracias a su empuje y al de otros bravos militares peruanos, se ganó aquella batalla que, a la postre, fue la única que obtuvo el país en el conflicto del 79.



Pero como el invasor era poderoso, las tropas peruanas tuvieron que abandonar, muy a su pesar, esa histórica provincia. Atravesando las calcinadas arenas del desierto, se retiraron para renovar fuerzas y así contener al enemigo. En el Alto de la Alianza apareció otra vez Cáceres, luchando y viendo, impotente, cómo iban cayendo 2,000 soldados peruanos y bolivianos bajo una descomunal carga chilena.



Pero la guerra debía continuar. Al enemigo había que detenerlo costara lo que costara. En la defensa de Lima, luchó bizarramente, desplazándose a caballo, primero en San Juan y después en Miraflores. Cáceres fue herido, esa vez en la pierna, pero nada lo arredró. Huyendo bajo las sombras de la noche, llegó a la ciudad para curarse en un hospital. Lo obsesionaba una sola idea: volver a luchar. Con la ayuda de algunos compatriotas, se escondió en un convento de jesuitas, después en una casona del Centro Histórico y, finalmente, en su casa de la calle San Idelfonso, adonde el enemigo llegó repetidas veces a buscarlo. A los pocos días retomó su fusil. Tratando de salir de Lima, se embarcó en un tren a La Oroya, pero se bajó en Chilca para no ser capturado. De allí, a caballo, pasó a Jauja, donde estaba Piérola, quien lo nombró jefe superior político y militar.



Comenzaba su nueva aventura, la más fascinante y heroica de todas las que ha conocido el país. Con unos cuantos oficiales y gendarmes del Hospital de Jauja, inició su campaña de La Breña o de los Andes, a la que él, en sus memorias, llama más propiamente “de la resistencia”. Hermosa resistencia que abarcó gran parte de la Sierra durante casi tres años, sin pausa. En esa heroica etapa, en la que infligió serios reveses a las tropas invasoras, dejó a salvo el honor de la patria.



No obstante que para entonces frisaba ya los 50 años de edad, su salud era robusta, lo que le permitía superar todas las contingencias de una lucha dura y desigual. Se desplazó por accidentados caminos, desiertos y quebradas, en marchas que se prolongaban por muchos días, al frente de un numeroso grupo de oficiales y soldados, entre los que estaban el general Silva, los coroneles Tafur (padre e hijo), Leoncio Prado y otros. Incapaces, todos ellos, de resignarse a la derrota, y acaso mordiéndose los labios, tomaron el fusil, la ametralladora y hasta un cañón que les llegó a través de unos patriotas en una lucha agobiante, llena de dificultades, pero en la que el coraje superaba todas las contingencias y privaciones de una patria en desgracia.



“Solo le faltó una cosa a Cáceres –dice Basadre– para que su consagración hubiese sido apoteósica: morir en Huamachuco. Salvada su vida hubo en ella una transmutación: el guerrero se volvió caudillo. No fue él a la política, sino ella lo buscó en su tienda de campaña”. Ocupó dos veces la Presidencia de la República. En su primera gestión se mostró moderado... Pero cuatro años después, en 1894, insistió en retornar al poder y, desventuradamente, perdió la brújula.



“Comenzaba su nueva aventura, la más fascinante y heroica de todas las que ha conocido el país.”