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IMÁGENES EN EL TIEMPO

Jauría en celuloide

En julio se celebran los 30 años del estreno de La ciudad y los perros, la cinta de F. Lombardi que marcó un hito en la filmografía nacional.

“¡No me mire cadete!, ¿quiere que le regale una fotografía mía calato?”. Es la frase más conocida de La ciudad y los perros, y por ende, de la filmografía hecha en las tierras del indómito inca.

19/4/2015




Curiosamente no pertenece a la novela original de 1962, escrita por el nobel Mario Vargas Llosa, sino a la adaptación hecha por el poeta José Watanabe (1945-2007), por encargo del cineasta Francisco Lombardi. Y el chismorreo señala que fue una frase que salió en pleno rodaje, le gustó al director tacneño, que, con buena oreja, decidió incluirla en el largometraje.



Se da en el minuto 20 de la cinta y la dice, con su vocecita aguda y cara de pocas pulgas, el teniente Gamboa, interpretado por Gustavo Bueno, que se convertirá con los años en actor fetiche de Lombardi en el celuloide y las tablas.



La frase de Gamboa tiene más importancia en la cinta que el deseo de acostarse con ‘la Pies Dorados’, de leer las novelitas “arrechantes” y las cartas que escribe para agenciarse unos cigarrillos Alberto Fernández, ‘El Poeta’ (papel interpretado por Pablo Serra, quien ya había trabajado con el barbado Lombardi en Maruja en el infierno).





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La ciudad y los perros dura 135 minutos y fue rodada, sobre todo, en el hospital psiquiátrico Víctor Larco Herrera, ya que las autoridades castrenses no autorizaron que se utilizaran las instalaciones del Colegio Militar Leoncio Prado.



Costó 225,000 dólares, y la música corría por cuenta del notable compositor Enrique Iturriaga. El filme, que fue seleccionado para el Festival de Cannes (Francia), permitió a Lombardi ganar la Concha de Plata del Festival de San Sebastián (España), el Makhila de Oro a la Mejor Película en el festival de Biarritz y el Coral de Bronce, en La Habana.





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En el reparto figuró una constelación de actores con luz propia: el recordado Luis Álvarez, Alberto Ísola y Gustavo Bueno junto con un grupo de jóvenes artistas Aristóteles Picho (‘El Boa’), Juan Manuel Ochoa (‘El Jaguar’), Miguel Iza (Arróspide), Toño Vega (‘El Rulos’) y Eduardo Adrianzén (‘El Esclavo’); este último hoy triunfa como guionista.



Bueno y Ochoa perdurarán; el primero por su frase, y Ochoa por su interpretación gloriosa de ese antihéroe por antonomasia del universo vargasllosiano: ‘el Jaguar’, que no se deja “bautizar” por los cadetes de quinto de media y logra rápidamente el respeto de sus compañeros.



El Jaguar manda en ‘El Círculo’, un subuniverso paralelo al mundo oficial del colegio militar Leoncio Prado. Como recordaba Ochoa en una entrevista, este antihéroe pegó porque “no arruga, no traiciona”; dos valores indispensables en ese mundo adolescente donde el ritmo de la vida de los cadetes lo marca el sonido de la corneta.





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Será el débil ‘Esclavo’, cansado de continuar consignado por semanas por algo que no cometió, quien denuncia a ‘El Serrano Cava’ como el autor del robo de los resultados del examen de química que todos quieren aprobar porque solo faltan tres meses para terminar el colegio y largarse a vivir lejos.



Es un mundo de ventanas altas. Y al otro lado, la mirada cucufata y racista de la sociedad limeña. La llama pastea en los jardines y la música marcial es tristísima, sobre todo durante la segunda mitad de la cinta, cuando las dudas complotan en ‘El Poeta’ y ya no teme denunciar quién cree que mató a ‘El Esclavo’ durante las prácticas de tiro.



Y el póster histórico de la cinta bien resume ese universo agresivo: un perro que ladra junto a un militar que parece gritar. Se sobreponen. Se envilecen. (José Vadillo Vila)



la película costó 225,000 dólares y fue premiada en festivales de españa, francia y cuba.