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MARTES 15

de octubre de 2019

ÍCONO DE LA TELEVISIÓN PERUANA

Un trampolín llamado Ferrando

Locutor hípico, empresario, descubridor de talentos y presentador de TV, Augusto Ferrando cumpliría 100 años. Hablar de él es mencionar a Trampolín a la fama, programa que reinó por 30 años.

20/1/2019


José Vadillo Vila

jvadillo@editoraperu.com.pe

Cuando encendí la televisión, Ferrando ya estaba ahí. Augusto Ferrando (Lima 1919-Ibid., 1999) reinó en los televisores con antenas de conejo cada sábado, desde las 16:55 hasta las 20:00 horas. Si querías un sábado por la tarde en familia –solo había un televisor por hogar–, existía Trampolín a la fama, siempre contigo.

El ‘Negro’ se despedía con una frase que ya forma parte de nuestra peruanidad: “Un comercial…”, y los 170 asistentes del set completaban al unísono la frase: “Y regreso”.

Otras frases con las que pobló el imaginario colectivo fueron: “No nos ganan, por mi madre que no nos ganan”, “No te pares, negrito”, “Sale caliente”, etcétera.

Trampolín a la fama, el programa estelar de Panamericana Televisión, duró 30 años en el aire, entre 1966 y 1996. Se cuenta que en sus mejores años, el espacio sabatino logró rating similar a los partidos con los que el Perú tentaba ir a un mundial de fútbol.

De niño, cuando pasaba por la avenida Arequipa, veía hombres y mujeres, con diversos bultos, que hacían colas interminables desde la noche del viernes, en la primera cuadra de Mariano Carranza, de Santa Beatriz, para ingresar al set de Panamericana TV. Un estudio de Alex Huerta señala que la mayoría de los asistentes al programa eran provincianos y personas de estratos socioeconómicos bajos: amas de casa, empleados.

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En 1999, el gran féretro de Ferrando –era un oso de 1.90 metros– se fue envuelto en olor a multitudes y tres días de adioses. Llegó al set donde había logrado sus éxitos. Miles pelearon por tocar su ataúd, lo lloraron y acompañaron hasta el cementerio El Ángel. Se fue con ese honor que solo se otorga en el Perú a héroes, cantantes y a los potrillos del Alianza Lima. Ferrando, el animador que hacía reír y olvidarse de las pobrezas materiales cada semana, lo merecía.

Pero el presentador empezó a morir mucho antes y ante cámaras. El programa de televisión Fuego Cruzado (ATV) lo invitó a celebrar sus 25 años ininterrumpidos en el aire, con un panel de críticos que le dio palo a Ferrando aquella noche del 27 de abril de 1991.

Le enrostraron que se aprovechaba de la pobreza de las personas, los sometía a bromas pesadas, les ponía sobrenombres y los hacía participar de concursos aberrantes. Un Ferrando sudaba como en los saunas que tanto le gustaban y trataba de defenderse: “Seré grosero, patán, pero no estafador”. “Yo solo llevo alegría al pueblo”, dijo como pidiendo chepa al cargamontón.

Su espacio era el paso obligado para los aspirantes a cantantes, a imitadores o cómicos. Gérmenes de estrellas se sentían bendecidos cuando el animador, con su gran olfato, aprobaba que salga en televisión. A mérito, gritaba la frase “¡Yo lo descubrí!”. También fue paso obligado para políticos en campaña (juró que renunciaba si no ganaba Mario Vargas Llosa en las elecciones de 1990, no lo hizo).

Para la periodista Patricia Salinas, esa noche de 1991 nacieron oficialmente los reality shows en el Perú: el rating iba en aumento haciendo leña del árbol caído. Luego, la presentadora Laura Bozzo maximizaría la fórmula, haciendo de los pobres el público objetivo y sujetos de burla, con venia del fujimontesinismo.

En 1996 le dieron el diagnóstico del cáncer y una semana antes del Día de la Madre, el hombre de las guayaberas chirriantes y los relojes de oro se despidió con un programa grabado. Por primera vez dijo: “Un comercial y no regreso”. “El llorón que nos hace reír”, como lo bautizó Pablo de Madalengoitia, se fue derramando mocos.

Otros especialistas señalan que su ocaso televisivo se inició cuando llegó al país la TV por cable: los peruanos nos liberamos del corsé de las veintiúnicas alternativas televisivas. La teleaudiencia se dispersó y solo los sectores C y D le mantuvieron fidelidad.

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Cinco de oro. Se autocalificaban como “los 5 del 5 a las 5”. Para el país de esos años, Ferrando y sus coanimadores eran arquetipos del Perú de todas las sangres, el sueño arguediano visto desde lo popular y lo criollo (algunos agregarán lo chabacano). ¿Unían al Perú con sus diferencias o perpetuaban las diferencias?

Porque Trampolín a la fama era la pituca miraflorina sin ápice de tonta Violeta Ferreyros; la extranjera inocentona Ingerborg Zwinkel, “la gringa Inga”; el cholo acriollado, el actor chalaco Leonidas Carbajal, quien intentaba editorializar sobre la coyuntura, pero su ampuloso verbo se volvía un sketch ante la concurrencia; y Felipe Pomiano Mosquera, “Tribilín”, el negro servicial y risueño. Al elenco se sumarían el hijo del propio Ferrando (Chicho, quien igual que su hermano Rubén moriría a causa de la diabetes).

El de Trampolín a la fama era un humor descarnado y único (no había otro, ya lo dijimos). Los que lo veían y los asistentes firmaban un pacto. Ferrando pedía los objetos más inimaginables y, del público, tras muchos “¡aaah!”, alguien sacaba cuyes vivos, pelotas de golf, planchas de carbón, etcétera.

El dinero de los auspiciadores –cuyos nombres aparecían en marquesinas en ese sencillo escenario del set 5 de Panamericana Televisión, cuando era una “antena caliente”– se entregaba en efectivo a quienes adivinaban con los ojos vendados qué persona, animal o cosa tocaban sus pies descalzos; escogían una lata (de un producto auspiciador) en la que suponían estaba encerrado un premio o se colgaban de un pasamanos resbaladizo sobre una piscina de agua.

Trampolín… era el reino de lo espontáneo, más del 90% de su producción carecía de guion. Risas y lágrimas al recibir las camas Comodoy, las cocinas Surge, los muebles América, las refrigeradoras Coldex, que entregaba Panchito Gutiérrez Mirabal, “cara de nalga” (Ferrando era el rey de los chaplines, el “Zambo Batidor”). Otto de Rojas ponía la música incidental y los “viejitos lindos”, personas en muletas, en sandalias domésticas, hacían lo que sea para ganarse sus 10 kilos de arroz, sus 5 kilos de azúcar (tiempos de inflación del primer gobierno de Alan García).

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Ferrando llegó al mundo con olor a leyenda y solípedos. Nació en el stud Alianza, donde el presidente Augusto B. Leguía criaba sus caballos. Ahí el padre del futuro animal televisivo trabajaba como preparador de bayos. Era el mundo que dominaba y, por eso, a los 14 ya era preparador; dos años después, debutaba como narrador de carreras de estilo singular, que paseó su labia por los hipódromos de Santa Beatriz, San Felipe y Monterrico.

Estudió contabilidad mercantil, mas había nacido para las comunicaciones. Creció como locutor en radio Nacional, Excélsior, Victoria. En esta última nacería su Peña Ferrando (1965-1975), que recorrería los rincones de Lima y del país, junto a cantantes y comediantes como Nicomedes Santa Cruz, Augusto Polo Campos, Guillermo Rossini, César Ureta, Lucha Reyes y más.

En 1960, empezaría su relación con la TV. Y seis años después, nacería Trampolín de la fama, como un bloque televisivo. Luego sería Trampolín a la fama. “Un comercial”. Y no regresó.