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DOMINGO 15

de setiembre de 2019

EL DÍA A DÍA ENTRE EL MONTE Y EL RÍO

Guardaparques: La vocación verde

Conozca la vida de los guardaparques e investigadores de la Reserva Nacional Pacaya-Samiria. Trabajan de la mano de la población en el manejo sostenible de los recursos.

25/6/2019


José Vadillo Vila jvadillo@editoraperu.com.pe

1. 

A las nueve de la noche el mundo, tal como lo conocemos los encerrados en la modernidad, se detiene. El motor diésel deja de rugir –ahorro es progreso– y las sombras toman el control absoluto en el Puesto de Control Número 1 o PV1, en la pequeña cuenca del Yanayacu Pucate, perteneciente a la Reserva Nacional Pacaya-Samiria (RNPS). Los animales del monte son ojos que –imaginamos– nos aguaitan; las aves son un coro, a veces escalofriante, que solo calmará al amanecer o trastornará a quien no está acostumbrado a su monocorde canción de cuna. 



Todas las habitaciones del PV1 tienen mosquiteros. Así, los aletazos de los murciélagos y los insectos gigantes serán una pesadilla para quienes se atrevan a ir con una linterna a los servicios higiénicos al otro lado de este puesto de control, administrado por el Servicio Nacional de Áreas Naturales Protegidas por el Estado (Sernanp). Los guardaparques, en cambio, duermen plácidamente. Antes del amanecer ya estarán en pie, preparándose el desayuno. Luego, subirán a sus lanchas y empezarán sus labores cotidianas.

El PV1 se ubica a la entrada de la Reserva Nacional del Pacaya-Samiria, saliendo desde la ciudad de Nauta, Loreto. En su cocina nunca faltan las galletas de agua, las latas de atún, arroz, azúcar, algunos filetes de pollo. El resto es ingenio para las dos únicas comidas del día. La vida en un puesto de control exige que todos sus guardaparques, hombres y mujeres, se pongan el mandil y se involucren en las labores de cocina y limpieza.

“Todos hacemos turno”, cuenta Jacobo Rodríguez, coordinador de los 13 guardaparques de la cuenca. En el PV1, que también cuenta con sala de información para turistas, trabajan cuatro guardaparques. Los visitantes llegan entre las 6 de la mañana y las 6 de la tarde. Y Rodríguez coordina las acciones con los otros tres PV y los dos puestos de vigilancia comunal (PVC) por radiofonía. Es el método más seguro de comunicación. En el Pacaya-Samiria hay que tener suerte para captar la señal de las dos empresas de telefonía que, en teoría, tienen alcance.



“Los guardaparques trabajamos mano a mano con los grupos organizados de las comunidades. Hacemos la vigilancia y control todos los días, supervisamos los derechos otorgados por el Sernanp; el control de los visitantes, incluido el personal de las entidades que trabajan en la zona, debe coordinarse con Sernanp”, resume Rodríguez. (La policía solo participa de los “patrullajes especiales”, que son excepcionales, junto a los fiscales, el jefe de la reserva, los guardaparques y las autoridades de la comunidad, por ejemplo, cuando se decomisa madera ilegal lista para ser embarcada).

En los otros puestos de control cumplen funciones dos guardaparques; ellos se la ingenian para alimentarse, peces no faltan. Tampoco las galletas de agua.

Al final de la jornada, y sin televisor, las anécdotas corren en el PV1. La guardaparques Katia asegura que, aunque los turistas no le crean, es dificilísimo ver un jaguar en la RNPS: en cinco años que labora aquí, solo ha visto tres veces al animal. La última, atravesando el río por su lado, así que agradece no verlos casi nunca. Más común es ver a los monos o avistar las aves, de 6 a 9 de la mañana.

2. 

El ingeniero Walter Herrera dice que el secreto para mantenerse tantos años trabajando y viviendo en la RNPS es sentirse a gusto con la comida y acostumbrarse a viajar en bote “pelacho” o pequepeque (ideal para ingresar a las pequeñas quebradas).

“Deben volcar todo lo que aprendieron en las aulas y ser unas esponjas para absorber toda la experiencia que puedan. También es estratégico que se involucren con la población local, si no, no podrán hacer nada”, recomienda.



Limeño del barrio de Monserrate y cantante aficionado de valses, desde el 1 de julio de 1980 trabaja en la RNPS. Ha visto a muchos especialistas y guardaparques dar la media vuelta en la puerta de la reserva. No aguantan esa vida dura, de sacrificio; donde hay temporadas del año en que solo se come pescado, o plátano y pescado, cuenta Herrera.

Hace décadas que este especialista en Recursos Naturales solo va a Lima de visita. Prefiere, mil veces, el contacto con la naturaleza, pero ninguno de sus cinco hijos ha seguido sus pasos, “aunque los tiré al agua y los hice caminar por el monte; nada”.

Herrera es la biblia viviente de la RNPS, desde que solo había dos “estaciones biológicas”, una en el Pacaya y otra en el Samiria; y ha visto nacer cada uno de los 23 PV que hay en la reserva. Recuerda los primeros proyectos, que fueron para recuperar taricayas y charapas. “Poco a poco se fueron asumiendo más responsabilidades, como la conservación de recursos, de ecosistemas, otros recursos como el paiche, manatíes, lobo de río, lagarto”.

3. 

El PV1 del Yanayacu Pucate también es epicentro del programa de voluntariado. Dayan y Raquel son estudiantes de ingeniería en ecoturismo de la universidad Federico Villarreal y están cumpliendo tres meses como voluntarias. Para ellas, el Pacaya-Samiria es un espacio mágico y de aprendizaje.

Mitzi Luque tiene 23 años; estudió ingeniería forestal en Iquitos, y hace mes y medio se graduó como guardaparques de la RNPS. Es la más chibolita de sus compañeros. Su amor por el Pacaya-Samiria y esta profesión de sueldos magros (entre los 1,600 y 3,000 soles) nació tras una etapa de voluntariado aquí mismo. “Como voluntaria conocí cómo era el trabajo de cuidado del medioambiente con las poblaciones y me enamoré”, dice la ingeniera-guardaparques.

4. 

“Los que estamos acá es por vocación, porque nos gusta el trabajo. Trabajamos para el bien de todos, cuidar los recursos naturales, el medioambiente”, dice Jacobo. Lleva un cuarto de siglo trabajando en la RNPS y en su caso es cuestión de herencia: su padre fue guardaparques.



El ingeniero Herrera grafica otros tiempos. Recuerda cuando una de las poblaciones, Victoria, era “zona roja” para guardaparques y especialistas. Tiempos del terrorismo, los infractores aprovechaban para colgar en los árboles banderas con la hoz y el martillo, y una lista con los trabajadores del Sernanp. Tienen sus propios héroes: en 1998 asesinaron a dos biólogos y un guardaparques del PV1 Samiria en la desembocadura del río homónimo.

Hay huellas en aquellos que tienen varios años; huellas de esos tiempos difíciles. Un machetazo en el brazo derecho recuerda que Jacobo vivió esos tiempos difíciles, cuando había problemas con los pobladores locales que infringían las normas. Ahora, paradójicamente, la población de cazadores, pescadores, extractores, lo secundan: han visto que manejar adecuadamente los recursos por cuotas es bueno para su economía y le avisan cuando llegan cazadores ilegales o madereros ilegales.

Lograr que la realidad sea 180 grados distinta fue un trabajo a largo plazo que hicieron acercándose paulatinamente a las poblaciones. A veces, convenciéndolos a uno por uno. “Comprendimos que los moradores relacionados con las actividades ilegales no eran todos los moradores”, resume el ingeniero Herrera. Ahora los grupos de manejo colaboran con el control de la conservación en los sectores que le corresponden. Solo hay un pueblo que no quiere saber nada con los guardaparques, pero es cuestión de estrategia; ya entraron junto con el Reniec y están conversando con el comité sobre cómo manejar los recursos. Es parte de su chamba para la sostenibilidad del bosque.




Cifra

74 guardaparques y especialistas trabajan en la RNPS.