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Año de la lucha contra la corrupción y la impunidad
VIERNES 6

de diciembre de 2019

REPORTAJE GRÁFICO

Fiesta de Todos los Santos

En la ciudad de la fe peruana, Ayacucho, el 1° y 2 de noviembre tienen tradiciones muy diferenciadas. En el primer día se visita a familias y amigos; en el segundo, se honra a los difuntos con misas, visitándolos en los camposantos y con platillos huamanguinos.

2/11/2019


Los buses ayacuchanos parten llevando en sus bodegas la nostalgia hecha sabores. Bajan a la costa preñados de encomiendas. Con wawas, bizcochos, cuyes, chicharrones. Las wawas han sido preparadas con días de anticipación en los tradicionales hornos huamanguinos (hay uno en la calle 9 de Diciembre, a media cuadra de la plaza Sucre). 

Desde anoche, también, en los alrededores del Cementerio General, en las avenidas Mariscal Ramón Castilla, Abancay, Los Ángeles, los comerciantes han empezado a armar sus puestos de comida para la gran feria…

En el Día de Todos los Santos, en la ciudad de las 33 iglesias, el 1° de noviembre rige la costumbre de visitar a familiares, amigos, compadres, ahijados. La tía Delfina, aunque convaleciente de una operación delicada, ha llamado temprano a sobrinos, hijos y nietos para hacer hincapié en que vayan a su casa para almorzar mondongos y puca picantes.

Fecha querendona para vivos y muertos, se acostumbra en Ayacucho llegar con wawas –hoy de forma de bebés y de caballos– y la infaltable botella de vino dulce. Y es que con una copita, el pan tradicional de estas fechas se convierte en delicatesen para apus, dioses y mortales. Los ahijados reciben una pequeño propina de sus padrinos.



Herminia Vila lamenta que se esté perdiendo esa tradición entre los jóvenes, que, eso sí, salen corriendo a celebrar la noche de brujas del 31 de octubre. Y el 1° de noviembre están sin ganas de saludar a nadie. Otros lo llaman alienación.

Misa, flores y rezos

Ciudad de tradición católica, “la Sevilla de América”, hoy, 2 de noviembre, las familias ayacuchanas hacen romería. Primero irán a misa. Y después, llevando flores y coronas ingresarán al Cementerio General para visitar a sus difuntos o los pequeños cementerios distritales, como el de Carmen Alto.



 Ayacucho es ciudad musical y no faltarán las guitarras y quenas para conmemorar a los que ya partieron con huainos, carnavales, mulizas y hasta lastimosos wawa pampay en quechua. La idea es recordar con lo que le gustaba al muertito. Honrarás a tus padres.

Como una Babel moderna, se confunden en el camposanto quechua y español. La religiosa Doris Alcázar recuerda la presencia de los rezadores, que ofrecen sus servicios y oran para cada difunto en particular. Algunos lo hacen hasta en latín. Los sacerdotes también recorren la ciudad de los muertos.

Da detalles de la costumbre la periodista Pilar Rojas Gutiérrez: “Algunos colocan ante el nicho una ofrenda que consiste en una mesa o mantel con viandas que al difunto le gustaban en vida; esta práctica se explica en la creencia de que este día las almas se encuentran libres y de que san Pedro les da permiso para visitar a los suyos y regresar a una hora señalada. 

Las almas que no regresan a tiempo se transforman en animales domésticos y caminan con mortajas blancas, si sus pecados han sido perdonados, o con mortajas negras, si todavía no recibieron perdón. Por este motivo, existe la costumbre de matar animales domésticos días después y enterrarlos con bailes, cantos y rezos, ya que se cree que podría tratarse de almas en pena.



 El entierro de estos animales tiene lugar cerca del cementerio. También se sepultan wawas, caballos y muñecos de pan, como un simulacro, una ofrenda y un ritual en homenaje a la muerte y su fecha conmemorativa”.

Como dice mi madre, recordar a los difuntitos es, en Ayacucho, sobre todo un pretexto para reunirse con los nuestros; probar los potajes regionales; tomarse una chichita de jora y sentir cerca y presente a nuestros padres. La peor muerte, como dice el huaino de Hugo Almanza, es el olvido. (José Vadillo Vila)