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Año de la Universalización de la Salud
SÁBADO 30

de mayo de 2020

DE CAZUELA

A la caza del conejo de pura raza aria

Jojo Rabbit es una sátira de un tema muchas veces ridiculizado: la absurda ideología nazi y el fanatismo que generó. Tarea difícil buscar un ángulo novedoso y, a la vez, dar un mensaje trascendente.

21/1/2020


Ernesto Carlín

ecarlin@editoraperu.com.pe

El neozelandés Taika Waititi lo logra con un filme ingenioso y, por partes, melodramático. Jojo (Roman Griffin) un niño alemán fanatizado, que tiene de amigo imaginario al mismo Hitler (Waititi en un papel delirante), quiere convertirse en un nazi a carta cabal. Sin embargo, el muchacho es tímido y no muy predispuesto a pelear a pesar de su adoración por los rituales y trajes de los fascistas.

La situación se le complica cuando descubre que en su casa se esconde la peor de sus pesadillas, que al final no era tan terrible.

La exageración es clave para el éxito de esta película. No es una descripción escrupulosa de los hechos –un pueblo alemán atrapado entre el fuego estadounidense y ruso que lleva una vida relativamente normal por buen tiempo–, pero eso no es impedimento para que muestre el lado sórdido de una ideología demencial y de los padecimientos de la guerra.

Si solo nos quedáramos con los primeros minutos del filme, se tendría la impresión de que es una trivialización del nazismo, con un Hitler simpático e imaginario. Pero conforme avanza la trama, el relumbrón de ese Fuhrer de fantasía se va desfigurando. El protagonista atisba el equívoco en sus creencias y se transforma. El uso de fondo musical fuera del contexto cronológico apuntala el ambiente de fantasía. Imperdible: una inesperada ayuda al final.