Tipo de cambio:

Compra: 3.417

Venta: 3.423


Año de la Universalización de la Salud
LUNES 30

de marzo de 2020

Mario Navarro: Un artista con calle

Desde el colegio, el pintor piurano siempre mostró su interés por el dibujo y el color. Pero no fue hasta cuando estudió en Bellas Artes que supo que lo suyo era retratar el semblante de aquellos a quienes la sociedad no ve o no quiere ver: las personas de la calle.

24/1/2020


Suplemento Variedades


Texto 

Hugo Grández

El gringo Charlie entraba a galerías Boza casi todas las mañanas. Iba por un café y se retiraba. Había llegado al Perú como turista norteamericano quince años atrás, pero sufrió un asalto y el fuerte golpe que recibió hizo que terminará quedándose en el país. Enfermo e indocumentado, primero dormía en hoteles miserables para luego terminar refugiándose en las calles del centro de Lima.

Flaco, desalineado y siempre deambulando, al gringo Charlie nadie lo miraba, nadie lo saludaba; en realidad, a nadie le interesaba. A nadie, salvo a Mario Navarro, un pintor piurano que, tras verlo, lo retrató en un lienzo que colocó en el frontis de su taller-tienda ubicado en aquella misma galería de la cuadra ocho del jirón de la Unión.


Así empezó esta historia. Con el retrato de una persona “invisible” que se convirtió en personaje cuando la gente pasaba por la galería y veía, en un cuadro bien hecho y que al ojo llamaba la atención, a aquel mismo hombre que solía pasar desapercibido a la mirada de todos. Gracias a aquella pintura ya sabían de él; algunos empezaron a pasarle la voz, lo saludaban, le daban la mano y otros hasta querían tomarse una foto con el ahora, ya conocido, gringo Charlie.

Los invisibles

Sus seis años en la Escuela Bellas Artes le ayudaron a perfeccionar el talento que ya mostraba desde el colegio. Geometría, trazo, luz, color, textura, todo le sumaba. Pero, en el fondo, lo que Mario buscaba alcanzar era la maestría en la elaboración de retratos. No quería imaginar personajes, sino embadurnar óleos con rostros y semblantes de personas reales. Y así fue.

Solo le faltaba algo. Y ese algo llegó durante una muestra pictórica por el aniversario de la Escuela, cuando los estudiantes mostraban públicamente sus pinturas elaboradas en clase. Las ubicaban dentro del recinto y en el frontis. Y fue ese día cuando, parado allí, en la vereda de su casa de estudios, Mario Navarro miró a un señor que observaba las pinturas una y otra vez; las miraba y las volvía a mirar, hasta aquel instante en que, tal vez tocado por alguna de ellas, las lágrimas le empezaron a caer.

Mario notó este detalle y otros, como que se trataba de un trabajador de la calle, tal vez reciclador, con una enorme bolsa de rafia a las espalda, vestimenta raída y rostro cuarteado por la dureza de la vida. Fue ese día cuando el joven Mario Navarro, que apenas superaba los 20 años, supo que los rostros que quería pintar era los de las personas de la calle, de aquellos a los que la gente no ve o no quiere ver. 

“Es una forma de reivindicarlos, de darle luz y color a aquellos a quienes la sociedad prefiere ignorar”, dice Mario. Y, por eso, en sus cuadros y polos pintados a mano, están retratados los inquilinos nocturnos de las veredas, los recicladores, los vendedores, los personajes de la calle o, simplemente, los que deambulan sin destino fijo.

Superman y muchos más

Otro de los personajes retratados por Mario es el Superman limeño. Se trata de Avelino Chávez, “jalador” de una agencia de viajes del centro de Lima que, de a pocos, está perdiendo su superpoder de la visión a causa del glaucoma. Su rostro no solo ha sido pintado en cuadros, sino también en polos, al igual que lo ha hecho con muchos de sus personajes. Algunos de estos trabajos han sido vendidos y parte de lo recaudado entregado a don Avelino. Una forma de ayuda del artista a sus personajes. 

Otros de los rostros que han merecido la atención de Mario Navarro son el políglota piurano de la calle, Octavio Zapata; el llamado “hombre de las ratas”, Miguel Ángel Silva, que suele andar con roedores montados en su cuerpo; el “Greco”, quien aún trata de vencer los vicios del alcohol y las drogas; y docenas de vendedores de la calle, recicladores, jóvenes y adultos que piden propinas postrados en veredas y puentes de la ciudad, o aquellos otros a los que llaman locos. Todos ellos han recibido sus polos y han formado, incluso, parte de una publicación pictórica a la que el pintor llamó Noches de cartón.

A Mario Navarro no le interesan los cartones o agradecimientos en actos públicos por lo que hace. A él le basta la sonrisa o el abrazo de aquellos que, desde su dura vida en las calles, lo ven como su amigo. Esa es, quizá, su mejor retribución.

En noviembre pasado, sus pinturas con los rostros de sus personajes ignorados fueron tema de un video documental que recibió el Premio Landázuri de la Conferencia Episcopal Peruana. Fue elaborado por estudiantes de una universidad privada, pero, en el fondo, los laureles fueron todos para gringo Charlie, Supermán, Greco, el hombre rata, para el mismo Mario, y para todos aquellos que, a través de pinturas como las suyas, dignifican a hombres y mujeres a quienes la sociedad suele esconder en el costalillo de su indiferencia.