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UN SUPLEMENTO DE DIARIO OFICIAL EL PERUANO

Lima - 20 octubre 2010 / El destacado poeta y activista Leoncio Bueno, voz de la poesía social en el Perú. Foto: Diario Oficial El Peruano / Norman Córdova

La despedida del poeta obrero, Leoncio Bueno (1920-2026)

Hace poco más de un mes falleció el autor de “Rebuzno propio” y “La guerra de los runas” tras 106 años de fructífera vida y poesía. Los hombres y mujeres en su funeral elaboraron su perfil. (*)
Andrea Soto Estudiante de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos
15/09/2026 - Recuerdo el día de su despedida. Recuerdo al poeta obrero, al poeta de la gente, al hombre que ejerció distintos oficios durante una larga vida. Recuerdo que fui a su velorio sin haberlo conocido. 

Sala Nasca. Ministerio de Cultura. Cinco de la tarde. Uno de agosto. Hacía frío. Ese frío particular de los velorios. Un cuadrado de hombres custodiaba el féretro como estatuas. Treinta cabezas no llenaban todas las sillas. Tomé asiento.

Frente a mí había una mujer antigua. No supe si creerle al escuchar que tenía noventa y cuatro años. No soltaba el bastón. A su lado aguardaba una silla de ruedas. Sus ojos estaban llenos de luz, como su nombre.

—Soy la hermana de Leoncio —me dijo.

Era ella quien recibía a los familiares que llegaban con el pésame. Era ella quien lo esperó afuera del Panóptico de Lima. Era ella quien, después, lo aguardó al salir de la isla El Frontón, cuando él fue encerrado por escribir un artículo contra el gobierno del general Manuel Odría. 

Mientras tanto, tuvo que hacerse cargo de El Túngar, el taller de baterías para automóviles, y aprender un oficio que entonces se decía que era para hombres. Era ella quien cruzaba aquel portón enorme para verlo unos minutos. 

Luz sostenía un folleto. En la última página aparecía la fotografía de un joven Leoncio junto a una señora. 

—Es mamita Sara.


***

Los guardias se retiraron. Luz se levantó rápido. Le temblaba la espalda cuando llegó al féretro, pero no se escuchaba su llanto. 

Al rato, me acerqué. Ahí estaba Leoncio, el poeta. Sus cejas dibujaban dos cráteres con su urbe en sus parpados. La piel de los pómulos, pálida y tirante, se pegaba al hueso. Un poco de algodón asomaba en la boca… pero eso no importa.

Estaba acompañado. Arriba, un libro, Sentir y pensar, de Enrique Sánchez Rodríguez. Debajo, unas flores rojas. Más abajo, un sombrero crema de paja toquilla con un listón negro y una escarapela. Así quedará de ahora en adelante, esperando a su chocopano, que ya no volverá a usar. 

Eran las seis. Un joven de cabello ruloso, moreno y vestido de negro se colocó al frente. 

—De poeta a poeta. De amigo a amigo. A quien quiera decir algo, que se acerque. 

Antes de dar un nombre recitó una frase de Leoncio Bueno: “No hay revolución sin poesía y no hay poesía sin revolución”.


***

Empezó Juan Flores. Contó que el padre de Leoncio cortaba leña en el monte, en la hacienda La Constancia, y que era golondrino. Contó que Leoncio cargaba costales desde niño, que aprendió a punta de golpes y que después se hizo poeta para luchar contra todos los males. 

—¡Leoncio Bueno Barrantes! 

—¡Presente! 

Después hablaron otros oradores. Uno recordó que Leoncio fue obrero desde niño, sindicalista, preso por sus ideas. Fundó, junto a Víctor Mazzi, el Grupo Intelectual Primero de Mayo el 7 de junio de 1956.

Contó una anécdota. En un reconocimiento, Leoncio subió a leer “Rebuzno propio”, poema de palabras gruesas, calle y cocina. Una señora se indignó. Leoncio le dijo que tomaría en cuenta su opinión, que ya no escribiría poesía así. Y continuó leyendo... exactamente igual. 

Detrás de mí estaba Yaku, de Villa María del Triunfo. Conoció a Leoncio cuando él tenía cien años, en la Casa de la Literatura Peruana. Después, lo encontró de vecino y empezó a quererlo. En 2023, cuando enfermó de neumonía, vecinos e integrantes de una organización armaron una rifa. Contó que querían hacerle un mural, que no llegaron.

—¿Por qué no lo hicimos a tiempo? —se preguntó.

Pidió que no lo olvidaran. Que se organizaran. Los aplausos que le siguieron sellaron una promesa; una que se debe cumplir el 5 de setiembre.

A mi lado, Martha Vega escuchaba, hasta que no se resistió a contarme su historia.

—Soy de la Asociación Nacional de Adultos Mayores —dijo tragando saliva—. Él me había invitado a su casa. Ese día era mi cumpleaños. Murió a las cinco de la mañana...


***

Un “shsss” anunció mi salida. Antes de irme, me detuvo un parante dorado con marco de madera. Adentro, un letrero con fechas y horas. La tipografía Times New Roman no distinguía al poeta de otro muerto.

Al igual que yo, unas horas antes.

Me fui conociéndolo mientras todavía había un hoy, mientras todavía podía ver su sombrero, mientras todavía estaba ahí el cuerpo exánime de un hombre Bueno.


Dato: 

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(*) El suplemento La Crónica Universitaria es una apuesta del Diario Oficial El Peruano y la Agencia de Noticias Andina para poner en valor los textos de periodismo narrativo elaborados por estudiantes de las diferentes universidades de todo el país.

(FIN) AS/JVV