La Crónica Universitaria. Rodando con la “picha”: los afiladores de cuchillos de Arequipa. Foto: Jocabed Mendoza Manya/UNSA
La Crónica Universitaria. Rodando con la “picha”: los afiladores de cuchillos de Arequipa. Foto: Jocabed Mendoza Manya/UNSA
Hace más de un siglo, en España, se retrató a un hombre afilando un cuchillo. El oficio es tan antiguo que se remonta a los tiempos de la Revolución Industrial. El pintor Francisco de Goya dejó un vívido retrato de este trabajador en una de sus pinturas al óleo, El afilador. En ella, un hombre apoya la pierna derecha sobre la piedra esmeril. Es ligeramente encorvado, de cabello escaso, brazos gruesos y manos ocupadas en acercar el cuchillo a la rueda. Tiene la camisa abierta y mira directamente hacia nosotros con unos ojos que parecen pequeños bajo la sombra de sus grandes cejas negras. El personaje está afilando un cuchillo.
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Largas caminatas bajo el potente sol de Arequipa forman parte de la rutina de estos hombres atravesados por los años y de piel arrugada, pero con la vitalidad necesaria para recorrer grandes distancias. Empujan su “máquina”, su “picha”, como le dicen, y hacen sonar la flautilla, el “andar”, anunciando su llegada.
Juan Condori suma 78 años. Es un hombre de estatura mediana, ojos muy pequeños y nariz chata. Asegura que “tiene para rato para seguir trabajando”.
Recuerda haber aprendido a manejar estas máquinas durante el gobierno de Alberto Fujimori, y desde hace 14 años transita con un pequeño sombrero plomo, desgastado por el Sol, por distintos distritos de Arequipa: Sachaca, Cayma, Huaranguillo, Yanahuara y Characato.
“Hay que saber adónde ir”, revela.
Su jornada empieza a las siete de la mañana. Su picha tiene un andar viejo. Pese a contar con una nueva, conserva la antigua máquina porque considera que le da suerte. La conversación surge en un patio con piso de tierra. Don Juan cuenta su historia con entusiasmo, y con una sonrisa pícara confiesa:
—Me he tomado unos traguitos.
—Señor Juan, ¿no se cansa de caminar tanto?
—No. Es felicidad.
Juan llegó a Arequipa desde la provincia de Huancané, Puno. Desde hace 27 años vive solo y en el mismo lugar: un pequeño cuarto sin luz. Casi de manera automática, parte desde la calle Dos de Mayo para recorrer, día tras día, diferentes distritos de Arequipa. Cuando no tiene dinero, recurre al Comedor Popular n.° 1 Dos de Mayo, ubicado justo frente al cuarto que alquila.
“Las señoras me prestan; ya me conocen. De uno hasta cinco soles es el precio que tiene mi servicio. Si me quieren dar más, ya es su voluntad”, relata.

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Hoy los protagonistas de esta historia comienzan a desaparecer. Son cada vez más escasas las ocasiones en las que se les puede encontrar. El tiempo amenaza con llevarse a aquellos oficios que no se adquirieron ni en las aulas ni en los espacios académicos; que se aprendieron a través de los conocimientos prácticos, heredados y transmitidos de generación en generación.
“Yo aprendí por un señor que trabajaba en un ferrocarril. En el primer gobierno de Alan García hubo un paquetazo. Yo tenía un negocio vendiendo ollas, y me fui a la quiebra. Vi a un pata trabajando en esto, y me ingenié con este trabajo”, cuenta Germán Cheje mientras afila un cuchillo en medio del bullicio de un mercado de la plataforma comercial Andrés Avelino Cáceres.
Germán lleva 25 años dedicado al oficio. Hoy ya no peregrina por las calles como lo hacía antes. Se le puede encontrar en el mismo lugar, trabajando con un esmeril grande y una máquina más moderna. El oficio ha cambiado, pero el sonido de la piedra contra el metal todavía recuerda a aquellos hombres que recorrían Arequipa anunciándose con una flautilla.
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La cultura de lo desechable y los cambios tecnológicos amenazan oficios tradicionales como el del afilador. La mayoría de quienes aún lo ejercen son adultos mayores que, pese al paso de los años, resisten y mantienen su autonomía gracias a este afilado trabajo.
Dato:
- Descargue en este enlace el número 21 del suplemento La Crónica Universitaria.
(*) El suplemento La Crónica Universitaria es una apuesta del Diario Oficial El Peruano y la Agencia de Noticias Andina para poner en valor los textos de periodismo narrativo elaborados por estudiantes de las diferentes universidades de todo el país.
(FIN) JMM/JVV