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Suplemento La Crónica Universitaria. Antioquía, el pueblo que pintó su historia. Andina/Difusión

TURISMO. SIERRA LIMEÑA

Antioquía, el pueblo que pintó su historia

A pocas horas de Lima, esta localidad encontró en el arte una nueva oportunidad para impulsar el turismo sin dejar atrás su tradición agrícola.
Alumna: Johana Romaña Reyes Centro de estudios: Universidad César Vallejo
29/10/2026 - Es viernes, y Antioquía despierta entre las montañas de la provincia de Huarochirí, a pocas horas de la ciudad de Lima. En la plaza del pueblo, los niños salen del colegio y algunos visitantes recorren las calles mientras se detienen frente a las casas para tomar fotografías. Los restaurantes ofrecen camarones y trucha rosada, los helados artesanales esperan a los turistas y, alrededor, los huertos de manzanas y membrillos recuerdan que estamos en un pueblo ligado a la agricultura.

Pero hay algo que lo distingue de otros pueblos de la sierra limeña: sus paredes. Las fachadas antioquianas están cubiertas de colores y dibujos que representan parte de la vida del lugar. Por esta particular transformación, Antioquía ingresó en 2007 al Libro Guinness de los récords como “el retablo más grande del mundo”. Sus calles son una galería de pintura al aire libre.


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Antioquía no siempre fue así. Antes hubo un pueblo de paredes sin pintar y calles de tierra. Las manzanas y los membrillos formaban parte del sustento de los pobladores, aunque llevar las cosechas al mercado no siempre resultaba sencillo. La vida transcurría entre los campos, los huertos y las montañas que rodean al pueblo.

Fue en ese contexto que nació Colores para Antioquía. En 2003, el Centro de Investigación, Educación y Desarrollo (CIED) impulsó este proyecto con un propósito que iba más allá de cambiar la apariencia del pueblo: generar nuevas oportunidades económicas y atraer visitantes mediante el turismo. La idea era convertir las fachadas de Antioquía en obras de arte.


Para concretar la propuesta artística se convocó a un concurso internacional. Entre las postulaciones estuvo la del artista peruano Enrique Bustamante Coloma, quien resultó ganador. Un año después, en 2004, sus primeros trazos comenzaron a cubrir las escuelas, la iglesia, la municipalidad, las viviendas y otros espacios públicos.

Los diseños recogieron elementos relacionados con la vida de la comunidad. Los frutos recordaban la actividad agrícola, mientras las figuras religiosas reflejaban la relación de los habitantes con la iglesia Espíritu Santo. Así, aquello que ya formaba parte de la vida cotidiana comenzó también a aparecer en las paredes. El pueblo empezó a contar una parte de su historia sin necesidad de palabras.

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Sin embargo, el cambio no fue inmediato. Al principio, algunos vecinos no comprendían el valor turístico que podía tener el proyecto. Para quienes habían vivido siempre de la agricultura, pintar las casas no parecía una respuesta evidente a sus dificultades. Las charlas y las capacitaciones cambiaron poco a poco esa percepción. Las fachadas comenzaron a ser entendidas como una nueva carta de presentación.

Después llegaron los visitantes. Alrededor de la plaza aparecieron restaurantes, negocios de artesanía, helados y otras iniciativas relacionadas con el turismo. La transformación no hizo desaparecer la agricultura, pero incorporó una nueva actividad económica a la vida del pueblo.

Más de veinte años después, las pinturas continúan formando parte del paisaje. Algunas fachadas han necesitado nuevas capas de pintura, pero la imagen construida desde aquellos primeros trazos permanece. Los huertos siguen recordando el pasado agrícola de Antioquía, mientras el turismo ocupa un lugar visible en la vida de la comunidad.

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Entre quienes hicieron de esta transformación parte de su vida está la artesana María Alixcita Huaringa Rosado. Nacida en el pueblo hace 62 años, hoy trabaja en la Casa del Turista, donde elabora pequeñas casas de madera que reproduce y pinta a mano.

Una de sus reproducciones más especiales es la iglesia Espíritu Santo. Sus manos reproducen a menor escala lo que el proyecto hizo con el pueblo: tomar un espacio cotidiano y transformarlo en una imagen que puede ser observada y llevada como recuerdo. Lo que alguna vez se inició como una intervención sobre las casas terminó formando parte de su propio oficio.

Afuera el viento recorre nuevamente las calles antioquianas. Los turistas caminan por la plaza y las fachadas reciben una vez más sus miradas. En la Casa del Turista, María observa una pequeña casa recién terminada antes de colocarla junto a las demás. Su pincel ha dejado una nueva marca sobre la madera. Afuera, las paredes de Antioquía hacen algo parecido: conservan una historia que comenzó en los campos, pasó por las calles y terminó pintada en las fachadas.

Los colores siguen contando lo que el pueblo es y lo que alguna vez fue. Antioquía no solo cambió el rostro de sus calles, tomó su propia historia y decidió expresarla en colores en sus paredes para que las aprecien quienes lleguen a visitarlos.

Datos:

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(*) El suplemento La Crónica Universitaria es una apuesta del Diario Oficial El Peruano y la Agencia de Noticias Andina para poner en valor los textos de periodismo narrativo elaborados por estudiantes de las diferentes universidades de todo el país.


(FIN) JRR/JVV