El sargento primero Orestes López Córdova es el orgullo de la ciudad de Casma, Áncash. Foto: Rolly Reyna / Ministerio de Defensa.
El sargento primero Orestes López Córdova es el orgullo de la ciudad de Casma, Áncash. Foto: Rolly Reyna / Ministerio de Defensa.
En su casa, apoyado en su bastón, trata de mantenerse en posición de firmes, como en sus tiempos de la escuela. Lo hace sin mucho esfuerzo, con las piernas fuertes; porque eso le ordena su pasado militar y, sobre todo, porque es terco y así avanzó por los caminos de la vida.
Rebelde al paso del tiempo, Orestes López aún mantiene sus recuerdos en orden, firmes, como si fueran un batallón de soldados siempre listos para partir a una misión.

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“Ay, señor, yo recuerdo todo. Nací el 16 de julio de 1921 en Casma [Áncash]. Cuando ingresé en el Ejército tenía 19 años. Al comienzo estuve en el cuartel Grau, de Piura; de ahí fui enviado a Tumbes, al cuartel Coloma”, evoca como quien cuenta el inicio de una película.
Los recuerdos en su mente toman su posición, se alinean y empiezan a marchar. Hace una pausa de unos segundos y mira alrededor de su sala, como revisando una zona de combate. El pasado descubre su formación. Fue soldado y explorador montado. Estaba bajo su responsabilidad leer planos, memorizar caminos y, sobre todo, la supervivencia de la tropa: avanzar conduciéndolos por el camino seguro para evitar alguna emboscada. Él iba delante de todos.

Ahora en las paredes de su casa no hay enemigos, solo siete cuadros inofensivos cuelgan como testimonio de su valor. La única amenaza en este mundo quizá sea el olvido: él, Orestes López, es en la actualidad el último combatiente.
“Ya en Tumbes, pertenecí al batallón de infantería n.° 20, con ellos entré a combatir a Chacras, Santa Rosa, Arenillas, Zapotillo, Zarumilla, en el Ecuador. No fue nada fácil dominar estas zonas; bala por aquí, bala por allá; caía uno, caía otro. Después nos agarramos a pelear. Fue una lucha con bayonetas. Cuando nos creíamos ganadores nos salieron al paso más tropas ecuatorianas con machetes, y con lo que tuviéramos a mano seguimos luchando, cuerpo a cuerpo. Ofrecieron resistencia, fue duro, muy doloroso. Hubo bajas de ambos lados, pero al final triunfamos”, dice.

¿Qué significa la guerra para el señor López? El veterano no duda en responder: “La guerra es desastre; la guerra es temor, es miseria”.

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En Casma el sol está fuerte. Hace mucho calor. Le sugiero sacarse el saco para su comodidad. Responde rápidamente que no es problema, que en la zona que combatió hacia más calor, y peor, no tenían qué comer. La falta de agua los aniquilaba de sed.
“Yo debí recibir una bala en la cadera, pero, por suerte, hice un movimiento espontáneo y la bala fue a dar en mi cantimplora. Se hizo un hueco y ahí perdí toda mi agua, pero me salvó la vida. El casco también me salvó. Yo quería mucho a mi casco, con él dormía”.

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La geografía y el clima de la zona fueron los verdaderos enemigos: la lluvia, los insectos y el calor sofocante de la selva lo devoraban poco a poco. Puso a prueba su resistencia física y mental. La verdadera guerra fue sobrevivir a todo eso y vivir 105 años para contarlo: que la guerra fue un episodio que no debió suceder y que Ecuador es un país hermano.
Invito a Orestes para hacerle unas fotografías. Accede sin dudarlo. Saco de una mochila una bandera que traigo, la mira, la coloca sobre su escritorio, pone sus dos manos sobre ella, la acaricia y pregunta: “Esta me la vas a dejar, ¿no?”. Luego explica, como el maestro que es: “La bandera para mí es el alma, la vida. El día que yo me muera que me envuelvan en un pabellón como este”, pide.
Besa la bandera, y claro, ahora la tiene con él para siempre.
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(FIN) RR/ JVV