Todo el equipo de sonido está conectado a una extensión que se escurre como serpiente por el pavimento hasta llegar al medidor eléctrico de uno de los locales vecinos. Y suena: boom, bap; boom, boom, bap; y la gente, que forma un círculo en derredor, espera pacientemente por su turno para pasar al centro y cantar sus canciones o improvisar en este miércoles por la noche, en el distrito de La Victoria, en Lima.
-¿Por qué vienes a Miércoles de Freestyle? -pregunto a uno de los asistentes.
-Porque esta es la verdadera esencia del hiphop.
Nos envuelven graffitis que cubren toda la calle. El animador toma el micrófono, grita: “¡una bulla por esta fiesta que es el hiphop!”. La gente, algunos con vaso en mano, alza los brazos, los agita. La calle está cerrada: solo pasan quienes se incorporan a esta “ceremonia”. Es una fiesta.
Dos tornamesas
Las fiestas del barrio son un fenómeno presente en diversas partes del mundo. Sin embargo, en los Estados Unidos, especialmente en el Bronx, adquirieron una relevancia decisiva para la cultura musical contemporánea.
Durante la década de 1970, estas reuniones constituían una de las principales formas de entretenimiento para comunidades marcadas por la pobreza, la marginalidad y los conflictos entre pandillas. En ellas, los vecinos se reunían para bailar al ritmo de géneros como el funk, el soul y la música disco.
Fue en ese contexto que un joven jamaicano, posteriormente conocido como DJ Kool Herc, descubrió que usando dos tornamesas podía aislar la parte más rítmica de una canción y repetirla en bucle infinitamente, provocando la exaltación de la gente. Este recurso es ampliamente reconocido como uno de los orígenes del hiphop.
Con el tiempo, otros participantes comenzaron a enriquecer estas celebraciones, dando lugar a una cultura más compleja. Así, junto al DJ emergieron nuevos personajes: el MC (o maestro de ceremonias, encargado de animar y luego rapear), el b-boy o b-girl (dedicados al baile) y el grafitero (responsable de la dimensión visual). Todos estos personajes cruzaron el tiempo y se encuentran presentes esta noche.
Contra lo convencional
Miércoles de Freestyle surge desde la inconformidad del formato convencional de eventos musicales. Esta tarima rodante (porque si bien nace en La Victoria, ha tenido ceremonias en diversas locaciones de Lima), fue ideada por un equipo de cuatro personas: Luis Rodríguez, conocido como “El Dedos”; Pedro Urrutia, “Peko”; José Lévano, “Doken”; y Jordi Martinez, “Manikary”.
Esta es la “ceremonia” número 79 que celebran. Han pasado ya dos años desde que comenzaron. Como en las fiestas de antaño, cada ceremonia consiste en la invitación de colaboradores de los elementos fundadores de la cultura hiphop. Algunos deciden bailar, otros hacer DJ, otros prefieren pintar o rapear. Todos pueden participar de todas las actividades.
Al tratarse de una iniciativa completamente autogestionada, la organización recauda fondos mediante el cobro de una entrada simbólica en algunas ceremonias. Gracias a ello, han podido adquirir equipos de sonido y, en otras ocasiones, brindar apoyo a artistas callejeros de la comunidad. “Todo se trata del respeto, el cuidado hacia las hermanas, el amor al barrio y al hiphop”, dice El Dedos.
Observo los rostros afilados por la emoción. Muchos aficionados a la música sueñan con llenar estadios y cosechar muchedumbres fanáticas. Sin embargo, algo me dice que estos ángeles de la calle, que patean el asfalto en una noche de día laboral, buscan algo más sencillo: un minuto –o acaso dos– en el que puedan fundirse con la pista, y que esta, como si fuera el confidente que nunca tuvieron, escuche cada una de esas intimidades que solemos ocultar.
Pasa un camión de basura. Un joven de mirada insegura entra al centro del círculo. Vacila al sostener el micrófono, pero cuando por fin lo hace, dice: “hoy me levanté bajoneado, por eso estoy acá”. Boom, bap; boom, boom, bap.
(FIN) EB/JVV