Durante la última década ha tomado apuntes buscando la afinación perfecta. “Lo que define el espíritu de la quena no son los agujeros, sino el bisel, que puede ser cuadrado o triangular. Entonces, si yo le meto cinco o seis agujeros más para que suene afinado tocar ‘El vuelo de moscardón’ [del ruso Rimski-Kórsakov], por ejemplo, que es un cromatismo puro, no hay problema”, comenta. Su meta es lanzar en breve su propia marca de quenas. Llevará el nombre con el que en el Caribe se le asocia: Quenística.
“Me llena de placer que la gente me reconozca por la palabra que elegí para abrazar ese mundo sonoro: La Quenística, que es el título de mi primer disco (2018), que grabé en Cuba con una banda impresionante de artistas de jazz y de latin-jazz”.
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En su estuche de trotamundos, además de quenas, mamaquenas y “piculos” (quenillas), lleva estudios de la técnica del instrumento aerófono y sueños.
También es un artista fascinado por la estética visual, que se preocupa por la performance sobre el escenario (“la gente que va a un concierto tiene que llevarse otra experiencia”, es su consigna).
Un anillo dorado con la palabra “Quena” es como su pasaporte musical. Para la portada del disco Olokun (2024), que en la religión yoruba es el Dios que vive en las profundidades del mar, tomó por un mes clases de apnea para tomarse esa foto a cinco metros debajo del mar, simulando tocar la quena.
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La sonoridad de la quena de Sosa es distinta. Recorre, desde sus inicios, un camino desemejante al de sus colegas tradicionalistas.
Su infancia en Misiones, una zona argentina alejada del sonido de la quena, estuvo marcada por otros sonidos: el acordeón del chamamé, la polca paraguaya, la música del sur de Brasil y las influencias guaraníes de la triple frontera. Mientras otros aprendían dentro de una tradición más ortodoxa, él creció sintiendo que el instrumento podía dialogar con cualquier paisaje sonoro. Cada verano viajaba a Jujuy para tomar clases con el desaparecido maestro Amaranto Chañi, quien enseñaba los secretos de la quena en su peluquería. De ahí, a los 16 años, Sosa voló a Cuba. Y ya lleva una década de discos, conciertos y palmarés.
Tampoco usa las quenas tradicionales de bambú, sino las de madera, principalmente de ébano. “Tienen un ‘color’ que ensambla muy bien en la tímbrica del world music, del jazz y de la música clásica”. La madera le exige soplar más duro, desarrollar los músculos. Para él, esto le garantiza tener mayor potencia, que es otra característica de su ejecución.
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Estudió por seis años flauta traversa y abrazó la disciplina de los músicos clásicos, lo que para él significa estar en contacto con el instrumento entre 10 y 15 horas al día, lo que le garantiza tener una mejor comunicación con el instrumento, desde el punto de vista técnico y espiritual.
“No quiere decir que porque uno aprenda a tocar flauta va a tocar bien la quena. Son universos diferentes. Pero si uno hace la transición correcta, con mucho respeto, a la quena le viene muy bien, porque la flauta traversa es el instrumento clásico más cercano”, comenta.
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En el disco Olokun versionó canciones del folclor latinoamericano: tangos, milongas, fox…, combinados con influencias del Caribe, con el jazz. Todo se conecta. “Porque no hay forma de hacer música hoy en día sin obtener influencia del jazz, es como no tener influencia en la música clásica”, pondera.
Sosa tiene varios premios internacionales. Fue uno de los productores musicales del disco Vida (2023) de Omara Portuondo, que fue el ganador del Grammy. También ha trabajado con Silvio Rodríguez.
Si Quena mainstream (2021) fue su disco más experimental, influido por el rock, pop y jazz (se grabó con músicos cubanos en el DF mexicano), para Quena barroca (2022) se vistió de frac: con el aerófono andino registró conciertos de Vivaldi para flauta soprano, junto a la orquesta del Orquesta del Lyceum. El material se grabó en directo en la catedral de La Habana. “Hay que tener mucho cuidado –comenta–, porque cuando uno va a hacer música clásica con la quena tiene que hacerlo con las reglas de la música académica”.
Olokun (2024) fue un álbum premiado, que contó con la dirección musical del destacado pianista cubano Roberto Fonseca, quien compuso ocho piezas originales entendiendo el pentafonismo de la música andina. Después de ese disco tan experimental, presentó La quena en la música folclórica latinoamericana (2025), que es su tributo a lo tradicional.
Rodrigo Sosa respeta la experiencia de los músicos en vivo. Y frente a la inteligencia artificial (IA) es beligerante. “Es bastante difícil que un robot toque la quena. Tocarla como la tocamos y sentimos es bastante imposible, porque el mundo sonoro de soplar la quena es vibraciones, sensibilidad, vibrato, diafragma”.
Dato:
5 discos en solitario suma el instrumentista.
(FIN) JVV/JVV