A inicios del siglo XX las letras peruanas dieron a un tipo de personaje muy peculiar: el huachafo. Debemos ubicarnos en la época para entenderlo.
El país se urbanizaba más. Surgían el obrero de fábrica u otros oficios relativos a las ciudades. En ese cambio de patrones de vida se coló un tipo particular de persona que en ese momento se miraba con desdén: aquel que quería aparentar un abolengo del cual carecía. En buen peruano: un huachafo o, la mayoría de las veces, una huachafa.
En 1905 se tiene registrado su primer ingreso en las letras en la novela de Manuel Moncloa y Covarrubias –dramaturgo que firmaba como Cloamón– bautizada Las Cojinovas. Tuvo a bien ponerle muy acertadamente de subtítulo ‘Costumbres cursis limeñas’. El prólogo corrió a cargo de José Santos Chocano, quien, tal vez, era el más indicado para hablar temas de huachafería. El tópico, que se repitió en distintas novelas como Bajo las lilas (1923), de Manuel Beingolea, o Cartas de una turista (1905), de Enrique A. Carrillo, con algunas variantes, era en líneas generales una madre y dos hijas solteras, quienes se ganaban la vida con la costura, pero que aparentaban ser de una clase acomodada.
Visto con ojos del siglo XXI, la percepción es distinta y veríamos a este grupo familiar como mujeres emprendedoras. Pero este leit motiv surgió en otro contexto, previo a la aparición de partidos de masas, en medio de la llamada República Aristocrática y el posterior Oncenio de Leguía.
Nace doña Caro
Es en dicha circunstancia que surge una suerte de columna cómica que, en algunas ocasiones, se tituló ‘Doña Caro: vida y milagros’ y que firmaba Fausto Gastañeta Espinoza (1872-1945). Curiosamente, tanto Cloamón, Beingolea, Carrillo y este último compartían un oficio: el periodismo.
Este personaje lo paseó en diferentes medios de comunicación. Por ejemplo, se ha documentado su presencia en El Comercio y la revista Mundial. Y en la primera etapa de la revista Variedades, dirigida por Clemente Palma, hijo del tradicionalista Ricardo Palma.
Un clásico escondido
De acuerdo con un texto de Luis Alberto Sánchez, quizá la persona más enterada en los inicios de la literatura peruana, son los personajes de Doña Caro y sus hijas Zoraida y Etelvina el epítome de la huachafa.
Existe la leyenda urbana que estos personajes, suerte de bisabuela y tías abuelas de la China Tudela, de Rafo León, saltaron a la radio en la voz y libreto de Serafina Quinteras, madre de la poeta Blanca Varela, pero dicho dato aún no ha sido refrendado.
Los textos de Gastañeta destacan por lo sagaz que es para atrapar esos modismos de esa naciente clase de peruano. El que está atrapado en una clase media que no termina de surgir del todo.
Por ejemplo, en su artículo titulado ‘Diner’, en el que describe los disfuerzos de sus anfitrionas –porque mucho se quejaba de la huachafería pero su alter ego no dejaba semana a semana de visitarlas– para hacer una cena en honor a unas amistades que llegaban de visita. Describe cómo usaban préstamos del francés sin a veces atinarle al significado.
El Mario Vargas Llosa que escribió esa columna titulada ‘Un champancito, hermanito’ hubiera estado encantado de compartir mesa con Doña Caro y aceptarle un té con pastas al final.
Problema social
Visto con la distancia que da un siglo de la aparición de dichos personajes se puede entender que lo que Gastañeta está describiendo es un problema social real. Mujeres solas a las que la sociedad no les brindaba más oportunidades laborales que la costura, y cuya instrucción no alcanzaba más allá del colegio en el mejor de los casos, luchaban por tener un lugar en el nuevo mundo que nacía.
Gastañeta recurría al humor para describir esa cruda realidad. Lo hacía con una sonrisa, mientras describía cómo la familia de doña Caro nos servía un vino de Chincha, envuelto en una servilleta, como si fuera el mejor tinto francés.
Nace una palabra
Un libro del periodista Willy Pinto Gamboa, Lo huachafo: trama y perfil, asegura que fue otro hombre de prensa y poeta quien creó el término huachafo: Jorge Miota (1871-1926). No obstante, hay consenso en que en realidad es un préstamo del habla colombiana. De acuerdo con Martha Hildebrandt, este vocablo significa ‘alegre’. Una hipótesis es que derivaría de unas fiestas que organizaban unas hermanas colombianas cerca al antiguo cuartel Barbones, entre fines del siglo XIX e inicios del XX, donde se vivía la bohemia, y que a las dueñas de casa las describían como ‘huachafas’.
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