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UN SUPLEMENTO DE DIARIO OFICIAL EL PERUANO
POESÍA

Entre sensibilidades y adrenalinas

Un repaso a la poesía escrita por mujeres en el Perú, en el que figuran Magda Portal, Blanca Varela, María Emilia Cornejo y Carmen Ollé, entre otras hembras insumisas.
12/06/2026 - Escribe: Helio Ramos Peltroche

La poesía peruana tiene connotados nombres: César Vallejo, Martín Adán, Jorge Eduardo Eielson, Javier Heraud, Enrique Verástegui. Están, además, César Moro, Juan Gonzalo Rose, Lucho Hernández y Blanca Varela. Como ven, ocho hombres y una mujer. 

Así las cosas, pareciera que las mujeres no han existido para el canon cultural. Pero ellas siempre han estado allí, a menudo invisibilizadas y excluidas por la estructura patriarcal. José Carlos Mariátegui, en sus Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana (1928), analiza el “proceso” de la literatura peruana y establece una línea temporal en la que pasa revista a la producción literaria desde el grupo Colonia, para luego continuar con trece poetas, entre ellos, Ricardo Palma, Manuel González Prada, Mariano Melgar, Abraham Valdelomar, José María Eguren y Vallejo. 

Reseña también a Magda Portal. Para Mariátegui, esta fundadora del aprismo auroral y luego militante comunista, además de feminista activa y pionera por la lucha del sufragio femenino en el Perú, es un “valor-signo”, la primera poetisa del Perú, dice. Cito a Mariátegui: “[Portal] es hasta cierto punto, en la historia de la civilización occidental, un fenómeno de nuestra época. Las épocas anteriores produjeron solo poesía masculina”.


Amarilis, la primera poeta

Empero, la aseveración no es del todo cierta. Pareciera que ignora a Amarilis, poeta anónima del siglo XVI, nacida en Huánuco, que escribió la Epístola a Belardo, dirigida a Lope de Vega, uno de los puntales del Siglo de Oro español. 

Se desconoce su identidad de género. Ricardo Palma aseguró que no era mujer, sino hombre. Como sea, para Martín Adán inicia el barroco en el Perú. Análisis textuales sobre su poema de largo aliento revelan un discurso propio y femenino dentro de una lírica masculina. 

Amarilis escribe con un yo femenino a contrapelo del canon masculino y europeo del Siglo de Oro, que muy bien encarnaba Lope de Vega. Pero también representaba una identidad mestiza (la del Nuevo Mundo) como respuesta al eurocentrismo supérstite con el dominio colonial. 

Anterior a Amarilis no hay registro de una tradición literaria con los pueblos originarios, quechuas y aimaras, sobre todo, como sí lo hubo, por ejemplo, en la Grecia Antigua, con el legado de Safo, la primera lesbiana de la historia. 

No obstante, hay un dato: la primera poesía escrita en quechua por una mujer es Yaraví, publicado por Clorinda Matto de Turner en sus Tradiciones cusqueñas (1884). Según esta escritora, lo hace para preservar el “idioma de los incas”.

Blanca Varela (1926-2009) es vista como una de las poetas más importante del siglo XX. Sus principales poemas los escribió en los años 50, cuando lo femenino se asociaba a tareas domésticas o a salones de belleza. Junto a ella también hubo otras poetas que buscaban abrirse paso en un ámbito dominado por el patriarcado cultural: Yolanda Westphalen, Lola Thorne, Carmen Luz Bejarano y Cecilia Bustamante. Esta última ganó un concurso de poesía en 1965. El premio se lo entregaron con desdén. 


Muchachas malas

Para Rocío Silva Santisteban, la poesía de Varela no tiene un “yo-femenino”. Si bien es una de las principales voces de la Generación del 50, ella no inaugura una tradición poética femenina como tal, la cual empieza dos décadas después de manera activa. En los 70 insurgen María Emilia Cornejo, Sonia Luz Carrillo y Carmen Ollé. 

En sus poemas intimistas, la primera de las nombradas reconoce su cuerpo de mujer y el papel dentro de un orden que recusa. Todas estas beben de varias fuentes: la poesía beat, el psicoanálisis y el feminismo de la Segunda Ola. 

Ollé, por ejemplo, publica Noches de adrenalina (1981), un corpus que causó un impacto considerable en las generaciones posteriores. Como dijo Ricardo González Vigil, esta autora bosqueja un autorretrato poético con tanta desnudez, impudicia y autocrítica, que muestra autodevelamiento, catarsis, búsqueda del tiempo perdido y afirmación de su condición de mujer liberada. 

Con su influjo, en la década siguiente aparecen voces trasgresoras como las de Silva Santisteban, Giovanna Pollarolo, Magdalena Chocano, Dalmacia Ruiz-Rosas, Mariela Dreyfus, Rosella di Paolo y Victoria Guerrero, entre otras. Si bien todas son capitalinas, desde las provincias también hay voces muy potentes. Es el caso de la huancaína Carolina Ocampo y la jaujina Idaluz Solís.

En los 90 y dosmiles, la poesía femenina goza de buena salud. La mejor muestra son autoras como Isabel Matta, una de las pocas mujeres, o quizás la única, que integró el Movimiento Neón en la última década del siglo pasado. Lo mismo Katherina Estrada, Flor de María Pachari, Francisca Huamaní, Claudia Risco, Noyara Ccoyure y Giovana Torres. Aportan nuevas perspectivas: exploran el duelo, la migración y el cuerpo para registrar desde la poesía estos tiempos violentos a través de nuevas sensibilidades.

- Lea en este enlace la edición completa del suplemento Variedades n.° 653.

(FIN) HRP/JVV