Los padres suelen imaginar para sus hijos un camino distinto al que ellos tuvieron. Aspiran a que crezcan en un hogar donde el amor no falte y que accedan a oportunidades que quizá ellos no tuvieron. Ese anhelo acompaña a Dennis Vidal Llanos. Él prefiere que lo llamen “Taz”, tiene 37 años y es natural de Lima.
Desde niño, convive con el síndrome de Tourette, y, después de años de superar el miedo a transmitir esta condición, hoy sueña con ser padre y formar una familia con su pareja.
Taz es ingeniero agrícola, y trabaja en proyectos de evaluación ambiental ligados a la construcción de carreteras en la selva peruana. Sin embargo, cuando retorna a la capital, retoma su pasión: el stand-up, al cual quiere dedicarse a tiempo completo.
En el ambiente se habla del Día del Padre, y en Taz persiste un temor: que su futuro hijo herede su condición neurodivergente. Pero también aseguró que esto no es un limitante. “Una condición no define el porvenir de una persona”. La autoestima alta, comenta, será el legado que le dejará a su familia.
Los primeros tics
La primera aparición de los tics ocurrió durante una clausura escolar. Mientras permanecía formado en el patio junto a sus compañeros, el cuerpo de Dennis empezó a realizar movimientos involuntarios que, hasta entonces, nadie podía explicar. A partir de ese día, se volvieron parte de su día a día, al igual que los constantes llamados de atención de sus profesores, quienes desconocían el origen de aquellas conductas.
Durante varios años, Dennis pasó por sesiones psicológicas. El diagnóstico llegó cuando un especialista revisó un manual norteamericano sobre trastornos neurológicos y encontró que sus síntomas correspondían al síndrome de Tourette, una condición caracterizada por la presencia de tics motores y vocales involuntarios, rápidos y repetitivos.
Taz disfrutaba contar historias, hacer bromas y llenar de dibujos sus cuadernos mientras esperaba el inicio de las clases. Con la manifestación de los tics también llegaron las burlas, las comparaciones y las miradas curiosas de sus compañeros.
Pero su personalidad, espontánea y extrovertida, terminó acercándolo a compañeros que, lejos de juzgarlo, incorporaron sus movimientos involuntarios como una característica más de quien era. Así construyó amistades que lo acompañaron durante su etapa escolar.
El trabajo dignifica
Desde pequeño, la convivencia de Taz con su madre, Ignacia Llanos Castillo, marcó su personalidad. A corta edad, tras el divorcio de sus padres, veía a su padre una vez al mes. Mientras otros niños salían a jugar, él acompañaba a su madre a vender caramelos y a cantar en los micros.
“Mi mamá nunca tuvo vergüenza de vender para alimentarnos. Me enseñó que hay que seguir adelante con lo que tenga y que el trabajo nunca es motivo para avergonzarse”, asegura. Por ejemplo, recuerda aquella vez cuando entró a bailar a una fiesta de unos desconocidos con la promesa de recibir un caramelo.
Pero el origen de su facilidad para contar historias y conectar con el público se la debe a su padre, Antonio Vidal Grimaldo, quien dibujaba, pintaba y tocaba el bombo legüero en la iglesia.
Monólogos para pensar
Para Taz, la comedia dejó de ser solo un espacio para hacer reír y se convirtió en una forma de desafiar los prejuicios. Lo que durante años intentó ocultar terminó siendo el punto de partida de sus monólogos. Sin proponérselo, descubrió que un chiste podía explicar el síndrome de Tourette con mayor cercanía que cualquier definición médica.
Entre risas, silencios y aplausos, Dennis encontró un propósito que trasciende el entretenimiento. Cada presentación es una oportunidad para romper estigmas y demostrar que una condición neurodivergente no limita la capacidad de estudiar, trabajar, enamorarse o perseguir un sueño.
“Si consigo que alguien vea a una persona con Tourette sin miedo o sin burlas, entonces todo lo que he vivido habrá valido la pena”, concluye, convencido de que el humor también puede ser una forma de educar y transformar.
(FIN) DSC/JVV