• JUEVES 2
  • de julio de 2026
UN SUPLEMENTO DE DIARIO OFICIAL EL PERUANO
TRUJILLO. MERCADO LABORAL

El cementerio, mi chamba

Manuel Gamboa labora desde que tenía 10 años como limpiador de tumbas en el cementerio Miraflores, en Trujillo. Aunque es un trabajador puntual, él forma parte del 46.8% de jóvenes peruanos que trabajan en la informalidad. (*)
02/07/2026 -

Alumno: Robert Flores Liñán

Centro de estudios: Universidad Privada del Norte

Para la mayoría, el Cementerio General de Miraflores, el más antiguo y representativo de Trujillo, personifica la muerte; para los trabajadores informales que laboran dentro y fuera de este camposanto es una herramienta para sobrevivir. 

Al ingresar, observamos a un joven trepado en una vieja escalera de madera. Lleva dos trapos en la mano, ambos impregnados ded la suciedad que recoge de la lápida de una difunta a quien pocos recuerdan. El origen de limpiar tumbas se relaciona con la costumbre de honrar a los difuntos y preservar sus espacios en buen estado. 

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El joven se llama Manuel Gamboa, tiene 20 años y trabaja en el cementerio desde hace que era un niño de 10. Su vida está unida a las tumbas y mausoleos de uno de los lugares más antiguos de Trujillo: este cementerio se inauguró en 1831 para terminar con la práctica de enterrar a los muertos en las iglesias.  

Manuel viste pantalón plomo, polo y zapatillas negras, una combinación elegida por costumbre. Parece que el suelo le pesara, pues arrastra los pies al caminar. Al final de la jornada, sus zapatillas negras terminan blancas por el polvo que se les impregna.  

Si el cementerio Miraflores fuera una empresa, Manuel sería su empleado más puntual: todos los días llega a las 8 de la mañana y se retira a las 5 de la tarde. Pero en el mercado informal su disciplina pasa desapercibida. Solo descansa mientras espera afuera a potenciales clientes. Carga la escalera sobre su hombro izquierdo, como si fuera una parte más de su cuerpo, solo que más deteriorada.  

El objetivo diario de Manuel es reunir 30 o 40 soles; lo que al mes le permitiría obtener el equivalente a un sueldo básico. Sin embargo, no siempre logra la meta diaria, pues no hay un precio establecido para sus servicios. Es más, el cobro es a voluntad: Manuel recibe las monedas que los samaritanos quieren darle. Solo a veces, en fechas especiales, como el Día de la Madre, puede recibir algún billete.  

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Caminar entre los pasillos del cementerio Miraflores es, también, recorrer la historia. Aquí descansan figuras como el fundador del APRA, Víctor Raúl Haya de la Torre, el expresidente del Perú Luis José de Orbegoso y José Ignacio Chopitea, cuya tumba de color negro es la más imponente del cementerio, y da miedo. 

Manuel trabaja solo, y, en ciertas oportunidades, comparte el espacio con cinco o seis limpiadores más. En tiempos mejores, eran más de 30. Algunos dejaron el oficio a causa de la pandemia; otros fueron retirados por generar conflictos, porque hasta servir a los muertos da problemas.  

“Estoy haciendo las cosas bien, mano. No le hago mal a nadie. Tranquilo estoy”, dice Manuel con orgullo; respeta a los visitantes y es solidario con los demás trabajadores.  

A pesar de las dificultades económicas, sonríe al hablar de fútbol y de su admiración por Messi y Neymar, jugadores que, al igual que él, fueron pobres. Los domingos, cuando puede, se junta con otros trabajadores para jugar un partido cerca del lugar. Ese es quizá su único respiro en medio de una rutina marcada por el polvo, la soledad y la informalidad que lo convierte en un cadáver social.  

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En Trujillo, región La Libertad, según el último reporte del Ministerio de Trabajo y Promoción del Empleo, un total de 418,500 personas laboran en la informalidad. De ellas, 83,400 son jóvenes de entre 18 y 29 años. Los hombres representan el 46.8% de este grupo.  

Quienes trabajan en los alrededores de los cementerios de la ciudad, como las floristas y los limpiadores, lo hacen sin un contrato y sin que su esfuerzo quede registrado en ningún lugar, porque ellos son, a su vez, jefes y empleados.  

Sin embargo, el tiempo parece agotarse. El historiador Iván La Riva Vegazzo, presidente de la Sociedad de Beneficencia de Trujillo (SBT), entidad que administra el cementerio desde 1847, informa que al camposanto trujillano solo le quedan 57 nichos y 60 días. Una vez ocupados, no abrirán más sus puertas.  

Aunque el número de nichos esté por acabarse, no significa que el cementerio dejará de recibir visitas. Los muertos tendrán alguien que los recuerde y les deje flores u otro tipo de arreglo, y Manuel limpiará lápidas como cada mañana, porque a pesar de que no haya más nichos, todavía existen personas cuya memoria no tiene fecha de caducidad.    

Me retiro del cementerio impresionado de ver cómo estos trabajadores han hecho de un espacio de muerte un lugar de supervivencia. Ellos hacen que el recuerdo de los seres queridos de otras personas sea su fuente de ingreso.   

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(FIN) RFL/JVV

(*) El suplemento La Crónica Universitaria es una apuesta del Diario Oficial El Peruano y la Agencia de Noticias Andina para poner en valor los textos de periodismo narrativo elaborados por estudiantes de las diferentes universidades de todo el país.