A inicios de los años setenta, Miguel Rubio, director de Yuyachkani, vio a Augusto Casafranca actuando en una plaza del Cusco. Lo invitó a integrarse al joven grupo que buscaba hacer “un mapa teatral del Perú”. Cuando Augusto llegó a Lima, en 1975, empezó a “establecer vínculos primordiales” con los Yuyas. Hoy suma 51 de sus casi 72 años al lado de sus compañeros de este portento del teatro peruano llamado Yuyachkani.
–¿Qué significa Yuyachkani para Augusto Casafranca?
–Es un territorio de permanente confrontación. Es la posibilidad de establecer vínculos horizontales con mis compañeros. Es un espacio de amalgamas, debates, propuestas y, por supuesto, de diferencias que nos enriquecen. Lo que nos define es lo que hacemos colectivamente, que nos permite entrar en confrontación con el público, que es la razón de existencia de las artes.
–Estrenaron este año Antes de irnos para siempre. La obra tiene un sabor a despedida.
–Miguel Rubio [dramaturgo y director del grupo] nos planteó un reto: hacer una revisión de cuál ha sido nuestra posición frente al propio oficio. Eso, atravesado por circunstancias que nos han permitido desarrollar personajes, permite hurgar en la memoria colectiva, que ha sido el motivo principal de esta propuesta.
–Es admirable en el Perú que un colectivo sume 55 años de trayectoria. ¿Cuál es el siguiente paso de Yuyachkani?
–Este aniversario nos encuentra en la necesidad de seguir produciendo y constatando que el teatro sigue a pesar nuestro; que los fundamentos de nuestro oficio están vivos. Desde ahí tratamos de dirigirnos a un público en una relación de interlocutores que nos permita dialogar, pues el país se debate en una situación sumamente compleja.
–Ahora reponen Santiago, un clásico del repertorio grupal.
–Santiago [estrenada en el año 2000] es una obra que nos inventamos dentro de una iglesia abandonada y con la estructura de un duelo. Son personajes que, de alguna manera, se inscriben en un rito de celebraciones de la memoria colectiva. Los recuerdos alimentan las memorias pasadas, presentes y las que nos ayuden a vivir en un espacio cada vez más democrático y justo. Entonces, es interesante inscribirnos, otra vez, en las claves que tiene la obra.
–Otro personaje emblemático que interpretas es el Burrito quechuahablante de Los músicos ambulantes.
–En Los músicos ambulantes [1983] se encuentran cuatro animalitos que representan a las distintas regiones de nuestro país. Hablamos del proceso de migración obligada que todavía existe. El Burrito tiene la posibilidad de generar un espacio de respeto sin desconocer las diferencias, y reivindica el derecho a que hablemos nuestras lenguas. Sigo disfrutando muchísimo interpretarlo. El quechua pertenece a una comunidad lingüística dispersa a lo largo de cinco países. Entonces, es un privilegio masticar el quechua.
–También eres traductor. ¿Cómo asumes esta labor en tiempos de la inteligencia artificial (IA)?
–Las lenguas son inclusivas. Se enriquecen, por ejemplo, con la palabra “internet”. Como traductor, me da la posibilidad de seguir jugando al incorporar otras palabras. Y si uno busca, hasta la IA aporta ciertos elementos, pero no debemos hipotecarnos a la IA. Debemos mantener como columnas vertebrales nuestro legado, las tradiciones. La sociedad andina tiene raíces profundas. Y la variedad de este país son todas las sangres de las que nos hablaba José María Arguedas.
–Otra preocupación que asumes es enseñar a las nuevas generaciones.
–Creo que el gran pilar es la educación. Hay que aprender de las maestrías en los oficios, de los artesanos. Los Yuyachkani somos, de alguna manera, actores con alguna experiencia, y estamos en condiciones de poder aportar técnicamente a los compañeros más cercanos para que perciban que el arte es un territorio de resistencia y de aprendizaje permanente.
–Ustedes son un grupo que produce máscaras, toca instrumentos… Es maravilloso.
–Nosotros, por razones de oficio, fuimos educando nuestras manos en modelar un poco el barro y en especializarnos también. No podemos desligarnos de la importancia de reconocer el papel que cumplen las vestimentas, los elementos escondidos en las danzas tradicionales y sus personajes, en las fiestas. Hay mucho que aprender.
–Protagonizaste Los argonautas (2024) con Alberto Ísola. ¿Qué significó salir del teatro de grupo?
–Es un placer. Tuve la suerte de confrontarme en el escenario con un actor y director maravilloso como es Alberto. Fue un diálogo muy bonito: uno que hablaba desde la tradición andina y otro, desde la tradición italiana. Fue un placer acercarnos a cuatro lenguas: cantamos en portugués, italiano, castellano y quechua. Aprendí mucho de esa experiencia porque es importante mantener una actitud de balcones abiertos. Sería lindo volver a dar ese trabajo.
–¿Qué haría Augusto Casafranca sin actuar?
–Creo que nací y renací varias veces en el escenario. La edad es un flujo de la energía que nos atraviesa. Y el escenario es un espacio de enriquecimiento permanente.
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(FIN) JVV/JVV