Suplemento La Crónica Universitaria. Maribel Rondón Montes (1980-2020) es la protagonista de esta historia escrita por su hija.
Suplemento La Crónica Universitaria. Maribel Rondón Montes (1980-2020) es la protagonista de esta historia escrita por su hija.
En noviembre de 2014, la noticia llegó con precisión clínica: cáncer de estómago en estado avanzado. Todo se dividió en un antes y un después. Vinieron las cirugías, la extirpación total del estómago, 12 quimioterapias y 25 radioterapias. Yo intentaba seguir siendo adolescente mientras aprendía a convivir con términos médicos y silencios largos. Pero algo no coincidía: mi mamá, Maribel Rondón Montes, no parecía una paciente.
Cada mañana ella repetía el mismo ritual: se paraba frente al espejo, se arreglaba, se pintaba los labios y elegía su ropa como si la enfermedad no tuviera derecho a definir su imagen.
“No parece que tuviera cáncer”, decían. Y tenían razón: nadie ve el cáncer en una mujer que decide ponerse su mejor vestido antes de una quimioterapia. Pero yo sí lo veía: las ambulancias, las noches sin dormir, el desgaste tras cada tratamiento. Y, aun así, cada mañana ella volvía a empezar.

Más allá del diagnóstico
A veces, mi madre se tomaba una foto y levantaba la mano con un like. Un gesto simple pero cargado de significado: todo va a estar bien. “Soy la madre, la hija, la amiga... pero también soy la paciente oncológica que lucha día a día por su vida”, escribió. Ella había entendido que hay batallas que no se ganan controlando el final, sino decidiendo cómo atravesarlas.
Con el tiempo, un cambio de gestión en su trabajo significó el fin de su contrato y la pérdida del seguro de salud. La enfermedad continuaba, pero el acceso al tratamiento ya no era el mismo. En los pasillos del hospital comprendí otra dimensión de la enfermedad: los pacientes no solo esperan atención, esperan tiempo.

Seguir siendo, incluso en la fragilidad
A pesar de todo, mi mamá seguía siendo ella. Seguía arreglándose, sonriendo, enseñando, sin proponérselo, que la dignidad no depende del estado del cuerpo.
Años después, la vi en un escenario. Caminó sin peluca, con la misma seguridad con la que se miraba al espejo cada mañana. El público la aplaudía, la llamaban símbolo de lucha. Yo pensaba en las madrugadas, el miedo y en la niña de 13 años que no sabía qué hacer.
Era un símbolo, pero no por vencer a la enfermedad, sino por la forma en que decidió vivirla. “Le estoy sacando la vuelta a la fecha de caducidad”. Lo escribió cuando recibió un pronóstico limitado. Vivía en sus hijos, en cada día que lograba levantarse, en cada intento por sostener la esperanza: “Mis hijos no me dan opción a rendirme”. Y nunca lo hizo.
Lo que permanece
Con el tiempo entendí algo que antes no podía nombrar: hay personas que no luchan para ganarle al tiempo, sino para que el tiempo no las defina. Es la historia de una mujer que eligió no vivir como víctima, que convirtió la dignidad en rutina, que hizo de la resiliencia una forma de amor.
Hoy su lucha no terminó, solo cambió de lugar. Prefiero imaginarla en paz, desde lo más alto, con la misma sonrisa con la que se miraba al espejo cada mañana. Me dejó algo que no se agota: que la esperanza se construye, que la fuerza nace en la incertidumbre y que, aunque no controlamos el final, siempre podemos decidir cómo vivir el presente.
Dato:
- Descargue en este enlace el número 19 del suplemento La Crónica Universitaria.
(*) El suplemento La Crónica Universitaria es una apuesta del Diario Oficial El Peruano y la Agencia de Noticias Andina para poner en valor los textos de periodismo narrativo elaborados por estudiantes de las diferentes universidades de todo el país.
(FIN) XSR/JVV