• MIÉRCOLES 2
  • de setiembre de 2026
UN SUPLEMENTO DE DIARIO OFICIAL EL PERUANO

“La Crónica Universitaria”: Historia de la obstetra Ruth Cueto. Foto: Cortesía UNSA

Vocación. Servir a la sociedad

Ruth Cueto: un ángel para Jesús

La obstetra tenía 20 años cuando, a más de 3,000 m s. n. m., atendió un nacimiento en un bus interprovincial que se negó a parar. Este hecho marcó su carrera.
Marian Verónica Laynes Hancco Alumna de la Universidad Nacional de San Agustín
02/09/2026 - Era 1978. Ruth dormía profundamente en un bus interprovincial que atravesaba la zona más fría de Huancavelica con destino al distrito de Castrovirreyna. Viajaba junto a su amiga Vidalina para disfrutar de sus vacaciones luego de haber culminado su primer internado en el Instituto de la Maternidad de Lima (actual Instituto Nacional Materno Perinatal).

A lo lejos, en medio de sus sueños, oyó los gemidos de una mujer que estaba a punto de dar a luz. Los sonidos se hicieron cada vez más cercanos e intensos hasta despertarla por completo. Eran las tres de la mañana, y lo único que se escuchaba era el ruido del motor avanzando entre las curvas de la carretera y aquellos gemidos que reconoció de inmediato gracias a su experiencia en el internado.

Ruth se levantó y buscó a la pasajera. Tras un breve diálogo en quechua, supo que tenía nueve meses de embarazo y viajaba junto a su esposo. El bus continuaba avanzando; era evidente que el momento del parto había llegado.

La examinó y comprobó que la dilatación estaba completa. Su amiga Vidalina llevó rápidamente el equipo que siempre cargaba consigo. La oscuridad era tan intensa que comenzaron a trabajar iluminándose apenas con pequeñas linternas. Primero se acercaron al chofer para pedirle que detuviera el vehículo, pero este se negó. Sin otra alternativa, prepararon los medicamentos, las mantas y el clamp para cortar el cordón umbilical.

El esposo permanecía sentado en el suelo, en silencio, esperando. Nadie hablaba ni murmuraba. Ruth solo pudo cerrar los ojos y pedirle a Dios que todo saliera bien.

***

Ruth Cueto ha dedicado su vida entera a su vocación, la obstetricia. Actualmente, trabaja en el Hospital Regional Honorio Delgado de Arequipa y suma más de 20 años de experiencia. Como si se tratará del relato bíblico y la figura semejante a la de un ángel, conoció al pequeño Jesús, quien llegó al mundo en medio de lo que ella califica como “valentía en medio de la pobreza y resiliencia humana”.

Tras todo el trabajo de parto, los ánimos y los rezos silenciosos de Ruth, el pequeño finalmente lloró. Su llanto marcó para siempre la vida de la joven obstetra: “No sé qué hacía allí en ese momento, pero estuve presente. Me impactó tanto el nacimiento de ese bebé en un ómnibus de una empresa altoandina, en medio de la nada”. 

Ella lo narra con emoción. Los demás viajeros, también personas campesinas y quechuahablantes, dispusieron sus mantos y pellejos de corderos para que el bebe estuviera bien abrigado. Nadie decía nada, pero todos estaban emocionados.


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Sin embargo, la misión de Ruth aún no terminaba. Todavía temerosa, rogó a Dios para que la placenta pudiera salir completa y de forma natural. Tras cuarenta minutos de tensión, finalmente salió, y sí, estaba completa. A la mamá le administraron la ampolla de Methergin y la pusieron a descansar. Al fin todo había terminado. El pequeño Jesús dormitaba acurrucado al pecho de su madre. Dieron las 5 de la mañana cuando llegaron al pueblo. Junto a la madre y al bebé se dirigieron a la posta y se reportaron.

Lo que no sabían es que un policía dentro del bus había presenciado todo el hecho y lo había informado a la comandancia. Todo el pueblo estaba enterado.

Una mujer alta y morena llegó a la posta y con fuerza gritó: “¿Dónde están esas señoritas que han atendido el parto?”. Ellas, asustadas, se presentaron. No sabían qué había pasado o adónde las llevarían. Solo pudieron obedecer a la mujer desconocida que las condujo a su choza de paja en medio del pueblo. Entraron, y para su sorpresa allí estaba la mujer y su bebé, descansando. Les trajo comida, les brindó su casa y dio las gracias por lo que habían hecho. 

La madre del niño, agradecida, le pidió a Ruth que le pusiera nombre, y ella lo llamó Jesús. Han pasado los años y Ruth jamás olvida ese día. Ahora, con el transcurrir del tiempo, porta con orgullo el característico color guinda de su traje de obstetra. 

De estatura baja, Ruth ahora usa lentes, lleva el cabello corto y oscuro, y una sonrisa que transmite ternura. Está convencida de que la obstetricia es una vocación dada al amor. “El valor de la vida es lo más hermoso que existe; por eso amo la vida y soy obstetra. Siempre animo a mis colegas obstetras a que sigamos haciendo el servicio. Porque lo máximo en nuestra profesión es la caridad; es decir, el amor y hacer el bien”, asegura.


Dato: 

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(*) El suplemento La Crónica Universitaria es una apuesta del Diario Oficial El Peruano y la Agencia de Noticias Andina para poner en valor los textos de periodismo narrativo elaborados por estudiantes de las diferentes universidades de todo el país.


(FIN) MLH/JVV