• SÁBADO 4
  • de abril de 2026

Opinión

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Precisiones

Impacto mundial de la pérdida de alimentos

Sara Granados

Consultorade la FAO


El 29 de setiembre se conmemoró por primera vez en el mundo el Día de la Concienciación sobre la Pérdida y Desperdicio de Alimentos.

Esta celebración ocurrió en medio de la pandemia, uno de cuyos efectos ha sido un aumento en la cantidad de alimentos que se pierden y desperdician en el mundo debido a las múltiples restricciones que los países han implementado para enfrentar el covid-19.

América Latina y el Caribe pierden cerca del 11% de los alimentos que producen, unas 220 millones de toneladas al año. Pero no es solo la comida la que se pierde, sino también debemos considerar el agua, la tierra, las horas de trabajo y el esfuerzo humano y tecnológico que hay detrás.

De acuerdo con la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), la huella de carbono que deja la pérdida y desperdicio de alimentos a escala mundial es de 3.3 gigatoneladas de dióxido de carbono (CO2), el 7% de las emisiones de gases de efecto invernadero en el orbe.

En el proceso de producción de los alimentos que se pierden o desperdician en el ámbito global se utilizan 1,400 millones de hectáreas de tierras, lo que equivale al 30% de las tierras agrícolas del mundo. El uso de agua atribuible a los alimentos perdidos o desperdiciados representa cerca del 6% de la extracción total de agua a escala mundial.

Reducir la huella ambiental que deja la pérdida de alimentos es una de las claves para avanzar a la transformación de los sistemas alimentarios. Antes de la pandemia ya se proyectaba como un desafío complejo alimentar a la población mundial de forma sostenible desde el punto de vista ambiental. Satisfacer esa demanda se traduciría en una presión aún mayor sobre los recursos naturales; sin embargo, un uso más eficiente de los recursos existentes, a partir de la información y conocimientos disponibles, constituye la respuesta para garantizar una alimentación saludable en un planeta sano.

Pero ya tenemos soluciones innovadoras. Una es aprovechar los procesos culturales y tecnológicos en marcha para prevenir las pérdidas, con aplicaciones digitales que permitan monitorear puntos críticos. Otra es la creación de alianzas público-privadas que generen un mejor uso de los recursos mediante la innovación. Otro camino es la resignificación de los objetos descartados y obsoletos, transformando los alimentos que están destinados a desecharse en recursos.

Eso generaría una economía de lo vital y disponible, y no una producción y consumo serial que equipara al alimento con un producto genérico.

Los gobiernos, las empresas, la sociedad civil y la academia ya vienen sumando esfuerzos, desde el levantamiento de información, las inversiones en capacidad, infraestructura y tecnología, hasta esquemas colaborativos donde el alimento es valorado en todos sus ámbitos.

Este primer día internacional nos recordó que no todo está perdido, y que juntos podemos recuperar y transformar.

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