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José Antonio Vadillo Vila
jvadillo@editoraperu.com.pe
El 70% de los peruanos considera que la corrupción ha sido el principal problema del país durante los últimos 50 años. Lo precisa la Encuesta Nacional de Valores y Ciudadanía 2020, elaborada por el Proyecto Especial Bicentenario de la Presidencia del Consejo de Ministros (PCM). Es, de lejos, el principal problema en nuestro país.
Carlos Contreras, historiador de la PUCP, recuerda el trabajo vital que dejó su colega, Alfonso W. Quiroz (1956-2013), Historia de la corrupción en el Perú (2008), un clásico para reflexionar sobre el tema desde finales del siglo XVIII, hasta la caída de gobierno de Alberto Fujimori y su asesor Vladimiro Montesinos, en el 2000.
“La corrupción en la esfera pública tiene que ver con las operaciones financieras del Estado. Desde el préstamo de Juan García del Río [1822, tiempos del general San Martín] se incurre en la mala práctica; los banqueros londinenses le ofrecen una comisión por cada punto de tasa interés. De esta época, también, es el gran festín de los generales de Independencia, quienes se reparten minas, casas, haciendas, esclavos. Lastimosamente, la patria nace manchada de corrupción con esa gestión de bienes”, opina.
Contreras explica que la corrupción tiene un ojo sobre las obras públicas, sucede desde el primer ferrocarril Lima-Callao hasta el reciente megacaso de la constructora brasileña Odebrecht. “Hay un largo collar de obras públicas; de irrigación, carreteras, ferrocarriles, hospitales, que fueron un asidero de la corrupción”.
Otra característica es que estas malas artes son aliadas del financiamiento de los políticos. “La Casa Gibbs financió las aventuras políticas de Ramón Castilla como la Casa Dreyfus a Nicolás de Piérola. Y así llegamos hasta actualidad. Los políticos se apoyaban en empresas a las que luego debían favorecer”, dice Contreras.
Tiempos de “bonanza”
Para Contreras, desde la Colonia a la República, las épocas más duras de la corrupción se dan en “períodos de desorganización del Estado”. Por ejemplo, tras la guerra de la independencia, la del salitre, las dictaduras del gobierno militar o las situaciones de emergencia nacional. Es decir, cuando se debilitan los organismos de control.
El otro período en el que la corrupción ha campeado fue durante las “bonanzas exportadoras”, con la consecuente bonanza fiscal. Expone: para ser consignatarios del recurso guano hubo una negociación entre gobernantes, ministros y las casas comerciales. Sucedió también con los permisos de pesca o los accesos a los recursos minerales.
Un tercer elemento que traen las bonanzas fiscales son las grandes obras y las asignación de estas. Lo que ha dado pie al encarecimiento de las obras públicas o la construcción de los “elefantes blancos” “para satisfacer apetitos venales de las empresas”, acota.
Casos emblemáticos
La periodista Romina Mella, del IDL-Reporteros, recuerda que llegaremos al bicentenario con cinco exgobernantes con arresto o en proceso de investigación. “Desde el retorno de la democracia, todos los presidentes han estado envueltos en algún caso de corrupción o están siendo procesados”.
Los dos grandes casos que engloban los patrones de corrupción de los últimos años son 1) el caso Lava Jato, el más importante caso de corrupción política y corporativa en América Latina, transversal a los partidos de todas las tiendas políticas; y el caso Lava Juez o de los Cuellos Blancos, el cual reveló la corrupción sistemática en el Poder Judicial.
Opina que fue posible desnudar estos casos gracias al trabajo de los periodistas de investigación, a un grupo de fiscales honestos y la ciudadanía movilizada, a escala nacional, para exigir la rendición de cuentas a sus autoridades.
Sociedad de familias
Cartier-Bresson definió la corrupción como “el abuso de autoridad pública para lograr ventajas privadas”. Y el economista Óscar Ugarteche, investigador de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), acota que la corrupción “siempre es fea, pero no siempre es delito”.
Para Ugarteche, nuestra sociedad, desde la Colonia, continúa siendo una “sociedad rentista”, que “vive de lo que puede lograr sin mucho esfuerzo”. Por ello, la modernización productiva del Perú fue tardía: recién en los años sesenta del XX se inauguró la primera facultad de Economía en el país, mientras que en el resto de América Latina se dio 20 años antes.
“Somos una sociedad de familias, de sangre, intereses o ideológicos, que sigue funcionando desde la Colonia. No tenemos un Estado de derecho moderno y hay una falta de meritocracia que se ve en las instituciones públicas”.
Megacorrupción
Ugarteche, autor del libro La arqueología de la modernidad, recuerda que los tres intentos que hubo para modernizar el país se quedaron truncos. Que desde la década del noventa las “magnitudes” de la corrupción cambiaron. Fue inédito ver cómo los medios de comunicación vendían su línea informativa al Servicio de Inteligencia Nacional (SIN) de Vladimiro Montesinos. “Todo el patrimonio nacional era vendible”, opina.
Lo positivo
Pero no todas son noticias negativas. Ugarteche destaca que el Perú se ha convertido en un referencia para toda América Latina. “Lo de tener a varios presidentes detenidos por vinculaciones con Odebrecht no se ha visto en ninguna parte. En Colombia se mató al testigo y en México no queda claro qué hacen”, dice.
Paula Muñoz, de la Universidad del Pacífico, define tres etapas en las que se ha manifestado la corrupción en las últimas décadas, desde el inicio de la transición a la democracia en 1980.
La primera se dio en esa década. Fue una corrupción política-partidaria: se vieron desvíos de dinero, en muchos casos, para favorecer a los partidos políticos y entregar puestos a sus militantes.
Dicho patrón cambió en la década siguiente, los noventa, con una corrupción fruto de la coalición entre las altas esferas políticas y militares “con dos fines: el enriquecimiento personal y político”, dice la investigadora. Se consolidó el autoritarismo.
Dispersa y diversa
Para Muñoz, la corrupción peruana del siglo XXI es distinta. “Hay corrupción política, personal, de partidos pero más dispersa y diversa, ligada a un contexto de fragmentación partidaria y a que no se invirtió en un aparato de control anticorrupción tras conocerse los casos de Fujimori y Montesinos”, comenta.
Existen otros elementos para esta diversificación de la corrupción: el proceso de descentralización, que permite la presencia de más actores, y el boom fiscal, que se dio a partir del boom minero que llegó las arcas estatales. A la par, han tenido continuidad otras formas de corrupción en las compras y obras públicas, con magnitudes diferentes en distintos períodos de gobierno.
La “primavera anticorrupción” tras la difusión de los vladivideos, en el 2000, es bastante corta, no solo en las altas esferas, en los gobiernos regionales y municipales el “diezmo” se populariza, dice Muñoz.
Óscar Ugarteche está de acuerdo en que la forma de la corrupción cambió desde los noventa, cuando los actores privados compraron el poder político. “Se dio una suerte de subasta pública de candidatos a la presidencia y a cargos congresales, algo que no se había visto jamás en el país”.
El caso más emblemático de “la captura del Estado”, sostiene, fue el del desaparecido empresario y político Jorge Camet, quien luego de ser ministro de Estado y presidente de la Confiep logró contratos y su empresa se convirtió en la tercera más importante del país, comenta el economista.
De ahí en adelante, comenta Ugarteche, “la corrupción cambió y perdió el pudor”, gracias a la falta de jurisprudencia. Por ejemplo, el retraso de obras de construcción, en cuyo proceso los costos subían sustantivamente, era un tema no penalizado.
Ojo con la economía ilegal
El historiador Carlos Contreras pone al debate un problema vital cuando se habla de corrupción: la economía ilegal. Mueve un dinero difícil de rastrear y puede comprar a funcionarios de diversos niveles de gobierno. Al respecto, el economista Óscar Ugarteche dice que para tratar de entender lo que el narcotráfico o la minería informal del oro pueden hacer en un país tenemos el caso García Luna: el exjefe de Seguridad Pública de México se encargaba de luchar contra el narcotráfico y, a la vez, recibía sobornos para dejar operar al cartel de Sinaloa. Ello demuestra cómo el narcotráfico puede escalar posiciones en un gobierno. “No ha ocurrido en el Perú, pero habría que estar alertas para que no ocurra ese tipo de cosas”, advierte.
(*) Los panelistas participaron en la cuarta mesa de debate de la Cátedra Bicentenario,“La corrupción en el Perú”, que se realizó el 23 de setiembre. Más información: https://bicentenariodelperu.pe/catedra/.