Opinión
Rubén Quiroz Ávila
Presidente de la Sociedad Peruana de Filosofía, profesor universitario
En 1929, el decano de la Facultad de Letras de la Universidad de San Marcos, José Gálvez, funda la revista de humanidades más importante del Perú y ahora, 90 años después, está completamente digitalizada y al alcance de todo lector gracias a un equipo comprometido. Es que el conocimiento debe compartirse.
Letras es una bitácora de memoria intelectual universitaria del siglo XX puesta al servicio público y denota una etapa gloriosa del pensamiento peruano. Las publicaciones de este tipo, cual muestrario de los académicos del momento, son signos de los niveles que alcanza la reflexión y la investigación en áreas que han explicado, analizado y leído los sucesos del país.
En su manifiesto original proponían su agenda programática: “Procurará recoger, de manera muy especial, todas aquellas obras que tiendan a penetrar y revelar aspectos de la realidad nacional, en los matices arqueológico, histórico, literario, filosófico, educativo y sociológico, y servirá de estímulo propulsor a toda dirección o empeño que conduzca a dar una personalidad genuina a nuestra cultura”. Desde sus inicios, los fundadores crearon una atmósfera de diálogo y de profunda preocupación por estudiar los acontecimientos nacionales y de la cultura en general. Vieron en la revista el canal adecuado para presentar ideas cuestionadoras, explicaciones sugerentes, vértices de disquisición, conjeturas brillantes, acercamientos teóricos audaces.
Nombres como los de Jorge Basadre, Mariano Iberico, Julio C. Tello, Honorio Delgado, Alberto Ureta, Alcides Spelucín, Luis Alberto Sánchez, Horacio Urteaga, Enrique Peña Barrenechea o Rafael de la Fuente Benavides aparecen como autores en ese número auroral, prefigurando la estela de un compendio fascinante de textos.
Asimismo, los números siguientes van desplegando la variedad de los estudios y, varios de ellos, verdaderos descubrimientos. Contiene notas, crónicas de visitas, memoriales institucionales, reseñas bibliográficas, necrológicas, como las hechas por Basadre ante la muerte del maestro Alejandro Deústua, contundentes palabras como un resumen de lo que significa ser buen profesor y apasionado intelectual: “Llevó a la docencia una consagración que logró otorgarle, sin gesticulaciones y sin miedo, el difícil derecho de ser exigente y de convertir por eso, a veces, el aula en un tribunal. Leyó y viajó mucho para asimilar, ensamblar, comparar y exponer en perenne inquietud. Habló y escribió sobre cosas altas y bellas. Dio todo lo que pudo dar de sí”.
Es una vez más, nuestro historiador más lúcido quien acierta lo que es la vida en la universidad. Dar todo de sí. Por eso, Letras es una declaración fascinante de amor intelectual. Es también una hermosa metáfora de lo heroico de las humanidades, de su desafío permanente e incansable, de su futuro, aunque difícil, esperanzador.
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