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Periodista
jvadillo@editoraperu.com.pe
La cultura de masas levanta la efigie de Roberto Carlos como el hombre que medía la amistad más por volumen y fuerza vocal que por la calidad del abrazo sincero. El brasileño buscaba el millón de amigos para así más fuerte poder cantar, y eso ni el Facebook te lo da.
Pero hay otro himno que habla de la amistad desde otra perspectiva y se canta gozosamente en la América Morena, el territorio de los países andinos.
“Amigo” es una canción emotiva e introspectiva, lararará. Amigo, amigo, amigo de la tristeza soy, buscando un amor yo voy. Se la debemos al boliviano René Careaga: desde que Los Payas la grabaron a inicios de los sesenta, ha tenido innumerables versiones en Argentina, Chile, Perú, Ecuador, Bolivia, inclusive Europa y el Japón.
Vida dura
Don René, quien esta semana cumplió 84 años, vive desde hace más de medio siglo en Argentina. Tiene la voz cariñosa, que hasta uno quisiera tomarse unas copas con él. A través del hilo telefónico habla de su música. En el folclor tiene un lugar como innovador.
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“‘Amigo’ es un testimonio de mi vida porque sufrí mucho. Mi papá murió cuando yo tenía un mes de vida, y mamá, cuando tenía 8. No tenía hermanos no conocía parientes. No exagero, a los 8 vendí ropita en un mercado para pagar el entierro de mi mamá. Yo sé lo que es caminar de noche por la ciudad de La Paz en pleno frío sin comer ni lugar dónde dormir. Fue muy dura mi vida. Por eso las letras, amigo, amigo de la tristeza soy… Reflejan muchas sinceridades del hombre porque a veces el amor ni es verdadero. Plasmé en el pentagrama que yo no conozco el amor sincero. Cuando estoy para dormirme, no tengo con quién soñar… Casi son confesiones y creo que muchas personas las comparten”.
Olfato musical
En su historia musical es determinante su paso por Los Payas, agrupación punta de lanza en la modernización del folclor andino en el siglo XX, por su forma de ejecutar los instrumentos andinos y un repertorio popular. No solo se paraban como estacas a cantar y tocar, sino que también bailaban, no usaban ponchos ni eran melodías tristes, sino trajes coloridos y canciones para mover los 206 huesos del esqueleto. Y la gente los quería.
Más allá de las coreografías escénicas, el éxito del conjunto folclórico boliviano se debió a las canciones “pegaditas” que compuso don René. Tenía un innato olfato afinado al sentir de las masas. “Fue un buen comienzo. Yo entendía todas sus debilidades y cuestiones de amor. Y supe transportarlas a un pentagrama”, dice.
Careaga abrazó el arte temprano y también las primeras copas. “Tenía más o menos 13 años cuando empecé a hacer mis primeros brindis con los amigos”, recuerda.
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La bohemia embebida le serviría para componer “casi por distracción”, “por alegría” y con conocimiento de causa, otro himno de las fiestas prepandémicas en el mundo andino y las discotecas de La Paz, Cusco, Cochabamba: “Los borrachos”, una de las primeras tuntunas popularizadas por Los Payas en el ámbito internacional, con bombos, charangos y quenas. Sale el sol, siguen chupando; sale la luna, siguen chupando, ¿qué será de estos borrachos tan queridos en Cochabamba?
Careaga empezó a componer con temáticas que no estaban en el folclor de aquel entonces y se siguen cantando hasta hoy. Hace dos años, don René fue a La Paz y las comparsas carnavaleras de febrero continuaban cantando a voz en pecho los versos pícaros de parejas que él había compuesto medio siglo atrás. Alalau, mojadito estoy, pero como contigo estoy ni cuenta me doy.
“Pegaron y yo feliz. Supe llegar al pueblo con todas las canciones”, dice orgulloso. A diferencia de otros compositores, la gran mayoría de sus creaciones tuvo un correlato en grabaciones. “Creo que una canción es como un hijo, así que las respeto muchísimo”.
Entre las más recientes composiciones están “Rebelión de ponchos”, dedicada a Sudamérica, y ha sido grabada en Japón. Va recordando de a pocos la letra porque la memoria le falla un poco. Está seguro de que será el nuevo canto latinoamericano.
Con “gancho”
René Careaga empezó de niño tocando la percusión en las orquestas para ganarse la vida (se pintaba bigotes para parecer mayor y poder ganarse la vida). Pero el instrumento en el cual se especializó fue el diminuto charango. Compone también al piano o con la quena.
Música con psicoanálisis. En lo que se ha profesionalizado es en escuchar a las personas, y si la historia le resulta interesante –que asegura todos los seres humanos tenemos alguna–, él trata de volcarla en una melodía “que tenga sabor”, que tenga mucho “gancho”, como dicen los músicos, y que lo entienda el pueblo.
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De acuerdo con el arte de hacer canciones del maestro Careaga, la canción debe estar bien “enfocada”, así, en ese teorema musical, “una canción triste no puede tener un ritmo alegre. Si es romántico, debe ser romántica; y lo que es alegre, alegre”, aunque es más que todo hipótesis antes que ley física.
Si la letra nace para un valse, explica, debe tener “la misma idiosincrasia” de ese ritmo tan lindo. Inclusive se imagina a las personas bailando la melodía. Su amplia experiencia le ha enseñado que las canciones “sin pies ni cabeza” muy rara vez pegan, aunque hoy la fusión es fuerte y puede pegar, pero es un éxito momentáneo que no perdura. Frente a ello están las canciones emblemáticas, eternas, si lo prefiere.
Relación con el Perú
Con Los Payas empezó a recorrer sobre todo el sur andino del Perú. Recuerda la sensación que le produjo conocer Machu Picchu. Y en el programa radial que dirige, cuenta, siempre da espacio a los charanguistas, que son generalmente peruanos y bolivianos. En Cusco radica el charanguista Freddy Suazo, el más antiguo de Los Payas.
“Me falta componer un valse para unirnos más”, me dice. Porque Careaga se considera un enamorado del género. Asocia sus primeros romances a las letras de los valses. Porque a Bolivia llegaban en gira Los Chamas, Los Dávalos. Y los últimos años ha seguido a Eva Ayllón. “Canta muy lindo y pienso que es la última figura peruana que se está conociendo aquí, en la Argentina”.
El músico conoció a Chabuca Granda. Una gran señora, recuerda. “Teníamos un amigo común, el agregado militar del Perú en Argentina, y cada vez que ella venía a Buenos Aires, se hospedaba en la casa de este diplomático”.
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Careaga es uno de los más prestigiosos de Bolivia, pero ¿por qué se decidió emigrar a la Argentina? “Se lo voy a contar. Me había enamorado de una muchacha que era hija de unos gobernantes de Bolivia, del partido Movimiento Nacionalista Revolucionario, pero a esa familia no les convenía porque yo era pobre e hicieron lo imposible para que no siga con ella. Me persiguieron. Me dieron una paliza en las calles y me pusieron en la frontera y me sacaron asilado a la Argentina. De ahí empecé a trepar hasta llegar a Buenos Aires”.
El camino de la fama
Una segunda historia se inicia en la capital bonaerense. Careaga, con su guitarra y su estilo, fue haciéndose un espacio en el medio musical y tuvo aceptación del público. Ha trabajado con nombres emblemáticos de la música argentina, como el pianista Mariano Mores, el cantautor Horacio Guarany, el director de orquesta Leopoldo Federico y el compositor y director musical Ariel Ramírez. Con este último es con quien cosechó más éxitos como charanguista.
Careaga fue una pieza importante para la difusión del charango en Buenos Aires. “Se conocía muy poco de su dimensión. Yo me he especializado en puntear con el charango y cantar. Me descubre Ariel Ramírez y me hace participe en su elenco. Y así empecé a trepar por ese camino tan difícil pero no imposible que es la fama”.
Era folclorista, mas la disquera Odeón le propuso grabar boleros con mariachis. Tuvo que declinar seguir tocando con Ariel Ramírez, pero le presentó a Jaime Torres, con quien Ramírez grabaría su famosa “Misa criolla”. “Me arrepentí en el alma por haberlo dejado; tiempo después volví con Ariel. No me fue bien en lo de cantar boleros acá en Buenos Aires porque había que tener un poquito de facha y yo era peticito y morochito, pero después llegó Armando Manzanero con su ‘Adoro’ y se olvidaron de la pinta”, sonríe.
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¿“Amigo” le dio muchas regalías? Todavía no, asegura, pero me ha dado bienestar en Buenos Aires. A sus 84 años no se queja, tiene sus propiedades, una peña y su hijo administra un canal de televisión local. “Supe prepararme porque sufrí y no quiero que mi familia sufra”, dice. “En el arte hay que saber manejarse porque te da una vitrina muy linda, conoces mujeres lindas, pero hay que saberse manejar. Y pasa lo mismo con el deporte: grandes jugadores mueren en la miseria porque no supieron comercializar su fama”.
La pandemia lo tomó protegido por sus hijos. Dice que su esposa lo cuida desde el cielo. “Le agradezco a Dios y la vida el haber tenido esta familia porque me cuidan bastante y por eso estoy disfrutando de todo lo que he luchado en este difícil camino”.
Queda la promesa de encontrarnos en Buenos Aires y comernos un asado cuando pase la pandemia. “Vamos a tocar y cantar ‘Los borrachos’”, me dice. Por mientras, escucho sus canciones.