• JUEVES 5
  • de marzo de 2026

Opinión

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Enfoque

La impunidad es tan grave como la corrupción


Editor
Ricardo Montero Reyes

Gerente de Publicaciones Oficiales

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Uaset fue la capital del antiguo Egipto durante la época del Imperio Medio y del Imperio Nuevo. Los historiadores la describen como la urbe de los templos grandiosos, las estatuas colosales y las tumbas ricamente decoradas, como la de Tutankamón. Los griegos la llamaron Tebas y ha llegado a nuestros días bajo el nombre de Luxor. Ahí vivió Peser, un funcionario de la corte del faraón Ramsés IX que lideraba una banda de saqueadores de tumbas. Fue denunciado, atrapado, juzgado, pero ni él ni sus compinches fueron condenados.

El griego Demóstenes es recordado por su impresionante oratoria, También porque muchas veces fue señalado por violar la ley. Fue acusado, por ejemplo, de hurtar fondos del estado griego. Fue denunciado, atrapado, juzgado y sentenciado, pero no cumplió la condena porque huyó. Años más tarde regresó y fue recibido como héroe.

La corrupción ha existido desde tiempos tan remotos que si nos remontáramos más atrás de egipcios, griegos y romanos, encontraríamos que el desenfreno por enriquecerse ilegalmente alcanzó incluso a la corte celestial, sino recordemos a Luzbel, un ángel que atraído por la codicia despertada por el demonio se reveló contra el mismísimo Dios.

“Lo grave –diría el filósofo Fernando Savater– no es la corrupción misma, es la impunidad”. Tal pensamiento del maestro español nos debería llevar a preguntarnos, ¿por qué somos tan permisibles y tolerantes hasta el punto de mirar a otro lado cuando se comete un acto de corrupción?

Los peruanos reconocemos a la corrupción como uno de los problemas más serios del país, pero no solemos otorgarle la misma magnitud de gravedad a la impunidad, quizá porque se entiende como insuficiente el poder de los jueces para enfrentar al gigantesco poder del corrupto. De ahí que haya devenido en popular, en una suerte de justificación y de derrota, el pensamiento: “Roba, pero hace obra”.

De esta manera, los peruanos le hemos añadido, contradictoria y paradójicamente, al concepto líder, que el diccionario de la Real Academia Española define como la persona que va a la cabeza entre los de su clase porque es el mejor, el adjetivo corrupto. En simples palabras, si el líder es eficaz no importa si es corrupto.

Este es un racionamiento muy pragmático, casi de abandono y rendición ante la corrupción, y total descreimiento en el sistema democrático y en los órganos e instituciones que lo sostienen. De ahí la apatía de los ciudadanos, por ejemplo, ante los candidatos a la Presidencia de la República.

La difícil tarea es disminuir los niveles de corrupción. Para cumplirla debemos denunciar al corrupto, aportar pruebas y vigilar que se dicte castigo. La corrupción nos está hundiendo, y con ella la impunidad. Por ello, escuchemos a Savater: “Que se aplique la justicia y que se aplique en todos los casos y sin excepciones es tranquilizador”.