Opinión
Centre for Global Public Health, Queen Mary University of London (UK)
En un (ahora) lejanísimo 2017, un irascible Recep Tayip Erdogan le espetaba “república bananera” al gobierno holandés por impedir la realización de un mitin político de dos ministros turcos en Róterdam. Más allá de las señas particulares de ambos actores –uno, como polémico gobernante del próximo Oriente y el otro, un gobierno recientemente denunciado por discriminar a migrantes–, consideramos que era esa precisamente la confirmación de una política emocionalizada, producto de una transformación silente de los códigos y formas de hacer política de los últimos cincuenta años de Occidente. Hoy por hoy, las dificultades para hacer y ser gobierno, los enjuiciamientos a expresidentes, o los extremismos populistas, ya no son realidades excluyentes del Sur global, la precarización de la política es también, como todo, un asunto global, en un contexto de marcado deterioro neoliberal.
Las emociones políticas tienen interconexiones e historia. Las democracias emocionales hipermodernas son acumulaciones fragmentadas de símbolos y pautas cívicas, que se articulan a culturas sentimentales, a historias encarnadas y epigenéticas. Buscar comprender o explicar artefactos socioculturales tan centrales para nuestras vidas como las democracias, sin hacer dialogar estos tres componentes, siempre será insuficiente. Una manifestante negacionista del coronavirus en Berlín, un asaltante del Capitolio en Washington o un rebelde del reguetón en San José, comparten el ADN digital, son todos novísimos y esforzados miembros de una difusa comunidad global que ‘siente y estalla’ –con variadísimas formas y consecuencias– y ya no necesariamente “piensa, analiza y reflexiona críticamente” a la manera ilustrada. Imágenes y emociones son auténticos protagonistas, mientras que discursos y datos son actores de reparto a medio camino entre la conmoción y la resignación.
Las “food riots”, las cazas de judíos, las lógicas esclavistas, las colonizaciones abstrusas, los odios etnoidentitarios y las más recientes revoluciones digitales son todos fenómenos que han surgido en torno a emociones políticas a lo largo de centurias. La democracia presidencial o parlamentaria –con monarquía o sin ella – es algo relativamente reciente en el horizonte histórico. Por ello, no tiene sentido seguir planteando una configuración de mundo dividida por desarrollo y subdesarrollo, ricos y pobres, golpistas violentos y odiadores estables. Dichas categorías simplemente refuerzan geopolíticas coloniales que impiden comprender las complejidades de nuestras sociedades insertas en diferentes modelos democráticos.
Nuestros complejos sistemas sociales desafían las añejas estabilidades modernas en el presente siglo. Lo que parecieran solo rasgos emocionales individuales son más bien una representación de sistemas democráticos inestables con transiciones en curso que atraviesan desde lo institucional hasta lo tecnológico, desde lo biosférico hasta lo religioso. La ecoansiedad alimentaria, climática y planetaria, la incitación al odio online u offline, el terrorismo doméstico, la asfixia de la prensa libre, el antisemitismo al alza, las distopías de bienestar digital, las comunidades intolerantes como los INCEL, los supremacismos de Oath Keepers o Proud Boys son inquietantes y recurrentes fenómenos muy protagónicos en el Norte global, como para no tomarlos en cuenta. Tal vez lo más preocupante de una mirada política del odio como el “de un espacio público lleno de gesticulaciones sin consecuencias” (Champeau & Innerarity dixit) sea el pensar las emociones como una prolongación de la propiedad privada, del fuero interno o de las narrativas reflexivas del yo que sale a dar irascibles al tiempo que fugaces bocanadas, desde su atribulado balcón anímico –y ahora, también pandémico.
Superar este incordio no es una empresa fácil, habrá que radicar una mirada del odio que incorpore decididamente la historia de las emociones y sus vínculos con el ecosistema político y planetario. Una mirada que aborde un mundo que cierra brechas por obra de la incertidumbre, la metamorfosis institucional y el cognitariado; un mundo donde el paro, los desalojos, la xenofobia, las crisis, y ahora las pandemias, abren nuevas zanjas e intensifican la desigualdad e injusticia a escala planetaria. En ese theatrum mundi pierde cada vez más sentido pensar la democracia y los regímenes políticos del siglo XXI, con las coordenadas del siglo XX: orden y tecnología vs. caos y atraso, estabilidad y bienestar vs. violencia y pobreza. El trepidante y actual mélange cultural global ha derrumbado esas antiguas dicotomías, y también sus efectos tranquilizadores y balsámicos.
Cuando hace algunos años Gilles Lipovetsky recomendaba que a las pasiones destructivas había que combatirlas con pasiones constructivas, no creemos que en su razonamiento había una vivisección de mundo, en la cual la pasión violenta cruenta y descarnada era una exclusividad surífera y la pasión odiadora inofensiva y catártica, una adscrita al Norte global. El muchas veces olvidado siglo XX también se llevó consigo esa forma de reflexionar la política y pensar las relaciones entre países, y el 19 de noviembre de 1946 la Asamblea General de Naciones Unidas ya alertaba y condenaba en una de sus resoluciones la persecución y discriminación raciales. En adelante, no ha dejado de condenar una y otra vez el odio y la intolerancia, el odio y el terror, el odio y las prácticas totalitarias. ¿75 años después deberíamos desandar ese camino?
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