Opinión
Doctor en Estudios Culturales Latinoamericanos
Si pudiéramos contabilizar las categorías que se usan para describir la política actual en América Latina, “populismo” sería, sin duda alguna, la más recurrente. Periodistas, líderes de opinión y políticos, la usan en desmedro de sus adversarios. Sin embargo, el populismo más que un agravio, es un modelo político con historia propia y características bien delimitadas.
En el 2005, el filósofo argentino Ernesto Laclau publicó La razón populista. En esta obra, explica que el populismo surge en momentos de crisis institucional, en el que la república colapsa debido a un conjunto heterogéneo de demandas insatisfechas en la población. En esta coyuntura, surge un líder carismático que sustituye a los partidos y reemplaza su heterogeneidad de intereses. De este modo, reduce de forma radical la diversidad ideológica del sistema de partidos, por un antagónico “ellos” y “nosotros”.
Por esta razón, el “pueblo” surge como un sujeto político homogéneo en relación antagónica contra los poderosos. El nombre de los poderosos varía según el designio del líder. Hugo Chávez los llamó “oligarquía”, Pablo Iglesias “casta”, Andrés Manuel López Obrador “mafia del poder” y Rafael Correa “partidocracia”. Esos poderosos pueden hacer referencias a medios de comunicación, multimillonarios, políticos tradicionales o empresas transnacionales. La clave narrativa del populismo es: reducir la compleja realidad a una dicotómica relación víctima-victimario.
En esta dicotomía, el conjunto heterogéneo de excluidos representados por el líder, también se reduce a una totalidad. El “pueblo” pueden ser los obreros, pero también los campesinos, los jubilados, las mujeres o los indígenas. Esta es la razón por la que Ernesto Laclau habla de “significante vacío”. Una palabra que unifique la diversidad de exclusiones. Este es el motivo por el que, tratar de ubicar al populismo en izquierda o derecha, resulta forzado. El populismo es un modelo de gestión del poder, no una ideología.
Izquierda o derecha sirve para ubicar ideológicamente a los partidos en una república. El populismo vive en los márgenes de la república y la erosiona permanentemente, porque construye una relación directa entre líder y pueblo sin la mediación de los partidos o instituciones.
Esta gestión del poder tiene como fundamento el vínculo emocional sin mediaciones entre el líder y sus acólitos. Los instrumentos por excelencia para canalizar ese vínculo son dos: El referéndum y la movilización social. Esto es lo que hace tan difícil que la república pueda protegerse de este modelo político. La institución del voto y el vínculo emocional con sus seguidores permite que asedie a las instituciones que le generan contrapeso.
El caso de referéndum es paradójico. Se trata de una consultar popular, en la que el líder formula una propuesta para que el ciudadano decida su aprobación o desaprobación. Ahora bien, la república ya tiene un poder legislativo, en el que los representantes, electos también por el voto popular, tienen la obligación de reformar o enmendar la constitución. Ese proceso requiere de arduas negociaciones y deliberaciones, que permiten regular los conflictos entre las distintas ideologías e intereses. El referéndum ignora ese proceso. Crea una especie de democracia directa que puede llegar a generar derivas autoritarias. Por ejemplo, si el líder carismático propone un referéndum para legislar sobre la pena de muerte, es probable que si hubo algún crimen en ese momento, el humor social traiga como consecuencia aprobar alguna norma jurídica que vulnere los fundamentos elementales del derecho. El líder por lo general aprovecha del vínculo emocional (muchas veces coyuntural) con la población, para evadir los contrapesos tradicionales de la república.
El segundo, es la movilización social. Si las instituciones republicanas son sólidas, podrían impedir un referéndum como el que mencioné anteriormente. Por ejemplo, con un fallo del Poder Judicial que anule el proceso por inconstitucional. Aun así, el líder puede movilizar a la población, a que tome el espacio público en contra de estos jueces, generando desconfianza en la república y en cualquier contrapeso que ose disputar su liderazgo.
Puede ser también al contrario. Primero apelar a la movilización popular, para presionar a los jueces que estén en contra del referéndum a que cambien de opinión o asuman la condena social posterior. El populismo, mediante estos dos mecanismos, tiende a debilitar las demás instituciones necesarias para el sostenimiento de la democracia.
Dicho esto, muy pocas veces se llama populistas a los que auspician y prefieren este modelo político. Probablemente hagan referencia más bien a la “demagogia” y no a este complejo modo de gestión política que he descrito brevemente. La demagogia, como dice Aristóteles en La Política, es una degradación de la democracia. Cuando la democracia se vuelve solo retórica. En esta versión corrupta de la democracia, Aristóteles caracterizaba al demagogo como un “adulador del pueblo”. Esto es muy frecuente en los candidatos presidenciales de todo el continente, que prometen: pobreza cero, pleno empleo o paraísos terrenales en cinco años de gobierno. El demagogo no es necesariamente populista, y el populista tampoco es ineludiblemente un demagogo. Lo que sí hay, qué duda cabe, son algunos populistas demagogos.
Por último, el populismo durante todo el siglo XXI había sido patrimonio de América Latina, hasta que llegó Trump a la presidencia de Estados Unidos. La toma del Congreso, es un ejemplo de la movilización social usada para horadar las instituciones republicanas. Primero, al poder legislativo que fue asaltado, y segundo, al judicial por declarar ganador a Biden. Así que el populismo no es un fenómeno cultural, de países no desarrollados como lo pensaba la sociología de la modernización de Gino Germani. El populismo, es un rasgo atávico de nuestra condición gregaria, que preocupaba a Aristóteles y nos preocupa a nosotros.
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