Central
Periodista
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I
Un rompecabezas llamado Inca Garcilaso de la Vega (1539-1616). Un hombre atrapado bajo el umbral de dos mundos. Un espejo donde nos miramos todos los peruanos. El nombre con el que lo conocemos todos fue el último de los tres patronímicos que adoptó a lo largo de su vida el cusqueño bautizado como Gómez Suárez de Figueroa. Garcilaso fue el vocero del “Nuevo Mundo” en España.
Hay miradas distintas sobre él. Se dice que fue un testigo parcial del encuentro de ambos mundos, de vencedores y vencidos, de españoles e incas. A la vez, los investigadores han criticado su memoria y recuerdos, que sintetizó en su obra mayor, Los Comentarios Reales de los incas (1609).
Portador de símbolos
El doctor Max Hernández apunta en Memoria del bien perdido (Lima, Paidós, 2020), el gran logro de este militar y escritor del siglo XVI: “Logró verter en la estructura canónica e imperial de la lengua española los símbolos con los cuales se identificaba la sociedad incaica. No fue, pues, solamente un observador-participante, fue un portador de símbolos”.
Si bien no es un libro apodíctico, la novedad del volumen radica en la mirada que desde el psicoanálisis explora el doctor Max Hernández sobre el personaje histórico: lo puso por vez primera en el diván. Se llama psicohistoria. Porque el psicoanálisis permite indagar entre autor y obra, postulando una relación tanto necesaria como conflictiva.
El también secretario del Acuerdo Nacional dice que fue “un aventado”. Porque una cosa es psicoanalizar a una persona en presente, cuando psicoanalizado y psicoanalista comparten el mismo tiempo en que viven. Y muy distinto hacerlo con un personaje que partió siglos atrás.
Para esta empresa intelectual, Hernández se documentó con toda la bibliografía posible escrita hasta la fecha sobre el personaje, la historia sobre la conquista de los incas, la de España y la Europa del siglo XVI.
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Además, de largas conversaciones con estudiosos que habían trabajado sobre el personaje, que enriquecían y discutían con la mirada de Hernández. Con el historiador Carlos Araníbar y el novelista Miguel Gutiérrez (ambos fallecidos en el 2016), por ejemplo.
En su momento, el doctor Antonio Cornejo Polar comentó que el psicoanálisis practicado por Max Hernández le permitió comprender aspectos del Inca Garcilaso que permanecían incomprensibles, por su drama íntimo de personaje atrapado entre dos mundos en eclosión.
En movimiento
Porque hubo varios Garcilasos. El primero es un niño que recibe la mejor educación en el Cusco y está signado tanto por la partida del padre español como por la herencia cultural inca de la familia materna. Otro es el joven que, a los 21, enrumba a España. O el que pelea contra los moriscos en las Alpujarras. El escritor que traduce del italiano Diálogos de amor. “Y el último, que se dedica a escribir su lápida”, apunta Max Hernández.
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Varios episodios y no uno solo que van moldeando la figura del inca. Por ende, estamos ante una figura en movimiento. “Durante un tiempo, el psicoanálisis se ciñó a los primerísimos años de la vida, cuando evolucionó el psicoanálisis, se pensó que había cambios posibles a lo largo de una existencia, y es lo que he querido remarcar en este libro”, precisa el autor.
Identidad en formación
Y Garcilaso sirve de parangón para hablar del Perú, un país, como señala Hernández, donde perviven los efectos traumáticos de la conquista española.
“El Perú es una identidad en formación. Cada momentos nos replanteamos quiénes somos de diversas maneras. Para el peruano, preguntarse ‘¿quién soy?’, es también preguntarse ‘¿dónde y cómo estoy?’ Si creo que mi identidad es como una piedra, no voy a procesar los cambios que estamos viviendo”, apunta Hernández.
En este Estado multinacional ad portas de conmemorar sus 200 años, mirar al primer mestizo es vital. “La gran metáfora de Garcilaso es que estuvo en los inicios de la globalización. En ese momento, donde la idea del mestizaje no existía sino como desdén o abuso, él se pudo decir ‘mestizo’ a boca llena. Se sintió doblemente orgulloso de ese padre y de esa madre. Creo que nosotros debemos de aprender a sentirnos orgullosos de nuestras tradiciones”.
Max Hernández advierte que si bien nos definimos como un país mestizo, cobijamos discriminaciones raciales. “Se discrimina de dos maneras: una diciendo que soy más blanco que tú y te miro de arriba a abajo; o el desprecio al mestizo porque no tiene la pureza autóctona del indígena americano. Es nuestro sino”. El doctor Hernández, quien trabaja por varios años con los partidos políticos, las organizaciones y el Gobierno desde el foro del Acuerdo Nacional, subraya que solo el consenso y la integración nos ayudarán.
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Tres mestizajes
Mas Hernández sostiene que hay no una sino tres formas de mestizaje presentes en tres grandes cronistas. Por un lado Garcilaso, el mestizo por antonomasia, que representa “un mestizaje in corpore”. Segundo, Guaman Poma de Ayala, un indio hispanizado, que escribe en un castellano muy singular y simboliza “un mestizaje lingüístico”. Y, tercero, Juan de Betanzos, un español aindiado, quien se casa con una noble inca y se indianiza. Este representa un mestizaje cultural.
¿Pero es el mestizaje del Inca Garcilaso de la Vega el más representativo y masivo? “Nuestras grandes mayorías responden a diversas ‘tonalidades’ del mestizaje. El Perú ha ido incorporando sucesivas presencias, desde lo afro, muy tempranamente. En nuestra independencia hubo presencia no solo argentina, chilena y colombiana, sino también inglesa e irlandesa. Posteriormente, muy fuertes presencias italianas, palestinas, chinas, japonesas, judías, árabes, de la Europa nórdica, del África subsahariana, entonces nuestro condición mestiza es a la vez plural”.
El psicoanalista cita al investigador Eusebio Manga Quispe, quien desarrolla el concepto quechua de “paqcha”, que conjuga pasado y presente, espacio y tiempo, quietud y movimiento. “Yo quisiera darle también a la palabra mestizaje esa movilidad que debe de tener. Incluso hablar de un pensamiento mestizo, como señalan muchos pensadores”.
Porque solo hablar de Garcilaso es mencionar un plural. “Hay un Garcilaso de la Vega de María Rotworoswki, quien no lo quería mucho. Otro, de Rodrigo Montoya, para quien Garcilaso es una especie de precursor fallido de José María Arguedas. El de Aurelio Miró Quesada es un Garcilaso que apunta a un mestizaje ideal. Para Luis Alberto Sánchez se trató del primer criollo, extendiendo el término más allá de los hijos de españoles nacidos en esta tierra. Otro es el de Hugo Neira, para quien es la unión de las ‘tres mitades’”. Diversos mestizajes a partir de las lecturas sobre el inca, acota.
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II
Memoria del bien perdido se editó en 1992, en Madrid, y en 1993, en Lima, en medio de las celebraciones por los 500 años del descubrimiento de América. Tres décadas después, aparece una nueva edición, en medio de otra efemérides: el Bicentenario de la Independencia del Perú. Porque mirar a Garcilaso es también mirar nuestro colectivo, decíamos.
El psicoanalista señala que en estos seis lustros se han dado temas importantes que permitirían repensar el libro y al Inca Garcilaso.
La primera es la visibilidad que ha tomado “el tema mujer” y los nuevos trabajos que han salido al respecto, entre ellos los de Sara Beatriz Guardia [quien investiga el papel histórico de la mujer en las sociedades latinoamericanas]. “Son capitales para entender el rol de la mujer frente a la conquista y durante la conquista, y probablemente hubiera dado unos giros mayores”.
Y es importante, señala, para analizar a Garcilaso, si se toma en cuenta que en el caso de los padres de Garcilaso pudo existir una incomunicación verbal, que escondiera el abuso de una violación o, por el contrario, de repente, hubo un amor genuino.
Quipus
Otro tema ausente son las nuevas indagaciones sobre los quipus. “No sé si llegan a ser una escritura, en el sentido que la entendemos luego del alfabeto fonético y el triunfo del libro, pero sí es posible que los quipus fueran el registro de un sistema de signos que, según el filósofo francés Jacques Derrida, sería una protoescritura sin la cual el lenguaje no sería posible”, dice.
En ese sentido, Hernández cree que su texto sobre el primer mestizo de América tal vez peque de excesivamente logocéntrico, “demasiado anclada en la escritura, tal como empezó a emplearse después de la imprenta y del Renacimiento”.
Al tratarse de un personaje hijo de india y español, podría pensarse que el autor reduce la gran idea del mestizaje e implicancias simbólicas. Sin embargo, en su libro Hernández subraya que el inca fue el producto en los inicios de la globalización. “No olvidemos que en 1532 regresa la nave que da la vuelta al mundo, con Juan Sebastián Elcano [quien completa el trabajo de navegación de Magallanes]”.
Una tercera “ausencia” de su investigación, señala, es sobre lo afroperuano, pues los africanos llegaron tempranamente a América.
Una última ausencia se refiere al campo que han desarrollado los grandes quechuistas en los últimos años, como Alfredo Torero o Rodolfo Cerrón Palomino.
“Ellos señalan que Garcilaso no es un buen referente con respecto a la lengua quechua. Sin embargo, digo que es el primer migrante, como nuestros migrantes de hoy, que hablan, en Estados Unidos, el spanglish: piensan el castellano en lógica inglesa y se olvidan de esas palabras”. Son las lecturas sobre un personaje siempre vigente.