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Periodista
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“Tres reyes españoles se han complacido igualmente en verme arrastrar una existencia degradada y humilde; ya se había perdido la tradición del motivo de mis cadenas, y hasta las instituciones casi todas se hallaban alteradas por la acción del tiempo y la distinta sucesión de monarcas, y solo yo era conservado sin libertad para su recreo”, se lee en la primera página de El dilatado cautiverio, memorias de Juan Bautista Túpac Amaru.
Las publicó aproximadamente en 1825, en Buenos Aires, luego de cumplir más de 30 años de cárcel en Ceuta, el territorio español en el norte del África. Juan Bautista, 80 años y la mirada lucida.
Ceuta fue el último destino del largo encierro de Juan Bautista, que se inició en 1781, cuando su medio hermano paterno, José Gabriel (con quien trabajaba como empleado para hacer mandados), fue ejecutado, y se inició una cacería contra todos los Túpac Amaru por el temor de tener nuevas revueltas encabezadas por otro miembro de la progenie.
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Junto con 60 personas de su familia y allegados (de 3 a 125 años, cuenta), Juan Bautista fue obligado a caminar del Cusco a los calabozos de Lima. Si bien la condena que recibió lo enviaba a San Juan de Ulúa, en Veracruz, México, no se cumplió. Junto con otros prisioneros, fue trasladado en el navío El Peruano, y bajo penosas condiciones, del Callao a Río de Janeiro. Estuvo ahí cinco meses e iniciaría una nueva travesía de diez meses hasta Cádiz, donde empezaría un periplo por cárceles peninsulares, que lo desembarcarían el 1 de junio de 1788 en Ceuta, para padecer un olvido de décadas.
Ceuta es uno de los dos enclaves de España en África. Territorio entre dos mares, el Mediterráneo y el Atlántico, donde según los antiguos navegantes terminaba el mundo. Allá se enviaba a los prisioneros, no solo delincuentes comunes, sino también a los rebeldes americanos. Era una cárcel singular, sin celdas, pero con vida de destierro y miseria, donde el cusqueño soportó el racismo y el desdén de las autoridades españolas.
Treinta y cuatro años después, el 3 de agosto de 1822, Juan Bautista partía rumbo a Buenos Aires, donde Bernardino Rivadavia, figura gravitante de la historia y la política argentina, decretaría que se le otorgue casa y pensión de 30 pesos mensuales con la condición de que escriba sus memorias.
Eso sí, Juan Bautista nunca pudo volver a su tierra, el Cusco. Fallecería y sería enterrado en el cementerio bonaerense de La Recoleta, aunque no se conoce su tumba exacta. La suya es la historia de un sobreviviente.
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El manuscrito
El escritor peruano radicado en Barcelona Juan Manuel Chávez ha dedicado varios años “a desentrañar” El dilatado cautiverio. Sumó viajes a investigaciones en Buenos Aires, Ceuta, Lima, Cusco, Sevilla y Barcelona que le permitieron completar documentación y reunir una bibliografía “bastante rara y desconocida” para dar luces sobre el largo cautiverio del hermano de José Gabriel Condorcanqui.
Para Chávez, en esta empresa académica sobre el otro Túpac Amaru se interceptan dos de sus pasiones personales: la migración, con viajes voluntarios o forzados; y la historia del outsider, del que queda en la sombra. “Tenemos muy bien visto a Túpac Amaru II; me interesaba este personaje, que para mí era un interrogante total”, explica.
Identidad en construcción
Al inicio, en 1781, cuando Juan Bautista es detenido por la supuesta complicidad en la causa de su hermano, en los documentos acusativos siempre negó su participación activa en la rebelión.
Chávez infiere que la negativa del personaje le permitió sobrevivir y no ser ajusticiado como sus demás parientes. Incluso, llega a negar que sabe leer y escribir.
“Son las estrategias de alguien que pertenece a un colectivo que será arrasado”. Mas el anciano “tampoco se apropia de la rebelión. Es decir, no es un farsante; sí un sobreviviente”, precisa.
Datación de la obra
El dilatado cautiverio no tiene una fecha de publicación. Se sabe que fue impresa en los talleres de la Imprenta de los Niños Expósitos de Buenos Aires.
Según Chávez, dicha imprenta (que heredaría el gobierno rioplatense del virreinato) trabajó hasta 1824, aunque halló impresos de un año después. Por ello, en su trabajo pone 1825 como tope de impresión del manuscrito.
Sin embargo, el 15 de mayo de 1825, Juan Bautista envía una carta al Libertador Simón Bolívar, quien era felicitado desde toda América por el triunfo de la batalla de Ayacucho contra los realistas. Mas en la misiva el cusqueño jamás menciona al militar caraqueño la escritura de El dilatado cautiverio. Por ello, Chávez se arriesga a decir que el libro se publicaría en un período comprendido entre después de la carta a Bolívar y el último semestre de ese año.
“Por eso prefiero datarlo como escrito tres años después de su llegada a Buenos Aires y dos años antes de su muerte (1827)”, agrega.
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Durán Martel
Para Chávez, Juan Bautista cumple la misión de la escritura y en ella es auxiliado por los amigos que, como él mismo, han vuelto a América. Entre ellos son importantes el militar Juan Bautista Azopardo y el sacerdote agustino Marcos Durán Martel.
Sobre este último, quien participó en Huánuco de las sublevaciones frente a los españoles, el propio Juan Bautista escribió: “[Durán Martel] hombre que ha desagraviado a la naturaleza de cuanto los demás la habían injuriado en mí mismo; se ha mostrado como una mano tutelar destinada a salvar mis días y hacerme gustar en los últimos de mi vida los encantos de la amistad”.
Fue el religioso que llegó a Ceuta en 1813 quien busca la manera de que Juan Bautista vuelva a América y hará las gestiones para que el cusqueño sea beneficiado con la norma de 1820 que las Cortes de Cádiz dieron para que “los presos americanos por opiniones políticas fuesen puestos en libertad”. Durán Martel dilatará su propio retorno al Nuevo Mundo hasta regresar con el hombre de 84 años; tras 70 días de viaje en muy malas condiciones, llegan a capital argentina.
Edición peruana
Tras la publicación argentina en el siglo XIX del El dilatado cautiverio, no hubo una edición peruana. Al libro original, Chávez agrega hoy dos estudios “que dan sentido al testimonio”: documentos de su etapa en Ceuta, de sus legajos judiciales, porque cuando se publica el libro en Buenos Aires, hace 200 años, hubo algunos historiadores argentinos que tacharon a Juan Bautista de que se inventó un nombre y un linaje.
“Para mí es importante la publicación del libro en el Perú porque no solo es una reivindicación de esta figura, sino también de la figura del sobreviviente brutal. Nos puede ayudar a ver con ojos del pasado los desafíos que tenemos en la actualidad”, dice.
En la edición de El dilatado cautiverio, que se publica este año en Lima bajo el sello Arsam, Chávez ha creído necesario hacer ciertas convenciones a la hora de transcripción para homogeneizar el tratamiento que se le da a este texto de hace 200 años, “no con el deseo de subvertir el ánimo de su escritura, sino para subsanar erratas visibles que no fueron subsanadas por el autor y sus editores en su momento. Luego, intentar corregir la escritura de nombres tal como hoy se utilizan y no tal como en ese momento el autor recordaba que se escribían. Son ajustes que permiten limpiar el texto”, explica.
El volumen tiene por norte presentar a Juan Bautista y sus memorias. Y abrir la conversación “de manera divulgativa e investigadora”. “Mi fin es que el discurso y la memoria de Juan Bautista se entronque en el canon del discurso de la memoria en el Perú, América Latina y en lengua castellana”.
Para Juan Manuel Chávez, el discurso memorialístico del siglo XIX peruano, a diferencia del siglo XX, no ha sido muy claramente estudiado. El libro también se entronca en la escritura antiespañola, que se opone al efecto del virreinato en sus territorios. No dilate su lectura.
Cifra
38 páginas tiene la edición original de El dilatado cautiverio; 218, la nueva edición enriquecida.