Opinión
Presidente de la Sociedad Peruana de Filosofía, profesor universitario
Sin embargo, esa preciosa oportunidad no siempre está al alcance de todos. En el país, la mayoría de la población no accede a las condiciones básicas de una vida digna y, ahondada por la pandemia, las prioridades siguen siendo aquellas referentes a la búsqueda de recursos para la sobrevivencia. Por ello, parece un despropósito solicitar a nuestros compatriotas que lean cuando carecen de accesos para una educación adecuada y, encima, tienen que buscárselas cada día. Es evidente que, en el país,durante todos estos últimos años, se ha distribuido la riqueza de tal manera que ha acentuado la desigualdad. Además, una red de corrupción en sus diversas capas sociales se ha instalado sistémicamente. Entonces, en esta situación tan crítica ¿Cómo podemos pedir, con un optimismo quijotesco, que lean?
Porque es de las mejores maneras democráticas y legítimas de cambiar el rumbo. Leyendo, uno accede a información, a un grado de explicación tal que puede modificar nuestra percepción de las cosas, que, más allá del goce estético, en esa continua plática, podemos descubrir nuestras potencialidades para ampliar el conocimiento y, con ello, tener nuevos escenarios y caminos por explorar. Al revisar activamente un libro, los saberes de cientos de antepasados y contemporáneos nos son ofrecidos como un gesto de amor, una extraordinaria acción solidaria. Nos transmiten una visión del mundo. Ese ofertorio de letras nos guía a tomar mejores decisiones, acompañados de un leal y permanente grupo de consejeros.
Por ello un gobierno que se preocupe por sus ciudadanos debe impulsar resueltamente una red de bibliotecas públicas y espacios amistosos que combinen la lectura con la formación ética y cívica. Así como existe una red primaria de salud, en todos los pueblos del Perú debería haber un sitio de cultura donde se puedan juntar los niños y jóvenes para intercambiar sus experiencias como lectores. Imaginen a inmensas multitudes leyendo en todo el país. Para ello se debe facilitar la infraestructura básica, un área mínima para que sea una vital intersección de coloquios comunitarios. Pero también un catálogo contextualizado y con sus historias surgidas de la comunidad.
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