Opinión
Director de la Escuela de Filosofía de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya
Esperamos del debate especializado respuestas que las personas legas no podemos dar. Su dictamen debería concluir pronto con una sola respuesta que se haya probado mejor que las demás. Trasladar este modelo a los conflictos que inevitable y deseablemente surgirán en una sociedad democrática, no solo deja fuera a individuos y grupos “incompetentes”, también asume que la verdad tiene forma de una única respuesta que excluye a las otras. Peor aún, genera pseudoespecialistas que difunden disparates interesados –cuando no insultos o etiquetas– que no se sienten obligados a justificar porque no les entenderíamos.
Negociar sí necesita tomar en cuenta los intereses de otros en cuanto pueden coincidir o interferir con los nuestros. Más que buscar la respuesta, esta se construye calculando concesiones aceptables en términos de otras posibles ganancias actuales o futuras. La comunicación es una herramienta y los otros, potenciales aliados o competidores. Ya entendemos así el debate político y escuchamos cada vez más que “todo es una negociación”, incluyendo nuestras relaciones interpersonales. En esa lógica, quien tenga más fuerza –o más votos– podrá prescindir del otro y de cualquier debate hasta que se debilite nuevamente.
Pero el diálogo no necesita reducirse a producir algo, ni siquiera un acuerdo. También puede cultivar la relación misma que hace posible ese intercambio. Hay experiencias valiosas en la educación, la cultura y la minería en las que la comunicación es valorada por sí misma: conocer el punto de vista del otro, familiarizarse con su mundo de experiencia, descubrir la particularidad del propio y, en estos últimos tiempos, constatar que no todos somos vulnerables ni sufrimos de la misma manera esta pandemia.
El intercambio de opiniones diferentes e, incluso, radicalmente opuestas es demasiado importante para que se reduzca solo al dictamen de especialistas o a la negociación cuando los conflictos se descontrolan. Cultivar la confianza solo parece inútil cuando la utilidad es el único criterio para medir la convivencia con otros. Hacer viable la democracia en nuestro país es apostar por los espacios públicos que permiten esos encuentros desde nuestras diferencias. En ese esfuerzo, especialistas y negociadores son una gran ayuda, que no reemplaza nuestra responsabilidad ciudadana de aprender a discutir y a recuperar la confianza.
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