Opinión
Presidente de la Sociedad Peruana de Filosofía, profesor universitario
Esos resultados nos indican cuál es el camino para construir esa ciudadanía consciente que nos ha sido esquiva. Porque la educación no solo se trata de fomentar las habilidades y destrezas sino, además, una ética. Por ello, así como hay cursos de diversas disciplinas, que incluyen las artísticas, nuestros niños deberían recibir una formación en ética desde los primeros años. Y, este adiestramiento, debería ser permanente en toda la cadena de formación escolar. Si logramos que nuestra población desde temprana edad sepa distinguir lo correcto de lo incorrecto, lo malo de lo bueno, lo permitido, y que reflexione siempre sobre sus actos y piense en el bienestar también de los demás, podemos apelar luego a su conciencia moral.
Se ha dejado que el ejercicio y la práctica de la moralidad provengan de fuentes más bien porosas y distorsionadas de la ética. Espacios más bien donde se ensalza la competencia salvaje antes que el trabajo cooperativo, en la que es aceptable romper cualquier regla con tal de ganar antes que admitir que muchas veces nos toca perder y que debemos asumirlo. Hemos sido concesivos con un contexto que celebra la mentira, que premia la falacia y el abuso, y más bien ataca la verdad y la solidaridad. Hemos, equivocadamente, aceptado referentes que promueven la tergiversación y las farsas antes de aquellos que celebran la concordia y el esfuerzo basado en acuerdos, en consensos básicos. Esa ausencia de formación cívica nos está costando demasiado caro al país.
Por eso, enfocar la estrategia educativa en un eje ético formativo de manera permanente en toda la etapa escolar ayudará mucho a constituir esa ciudadanía solidaria que apenas tenemos. Necesitamos, con urgencia, que se instale una conciencia ética. Parte de esa posibilidad de recuperarnos como nación está en nuestros niños. Lo han demostrado ya con su cada vez mayor conocimiento del ecosistema y el reconocimiento de que sus actos tienen un potencial de modificarlo. Eso es análogo a la posibilidad de una ética que destierre el racismo, la desigualdad, la injusticia, el autoritarismo y establezca, más bien, cofradías sensatas, camaraderías jubilosas, trabajo en equipo antes que un irracional individualismo.
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