• MARTES 7
  • de abril de 2026

Opinión

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REFLEXIONES

¿Día del docente universitario?

El desafío de una apresurada educación virtual, al inicio caótica, se ha tornado ya en una posibilidad de incluirlo inmediatamente a las formas de enseñanza contemporánea. Pero es el docente, sin el debido reconocimiento, quien ha puesto su patrimonio personal para ello.

Editor
Rubén Quiroz Ávila

Presidente de la Sociedad Peruana de Filosofía, profesor universitario


Cientos de nuestros colegas han caído y, en su mayoría, golpeados por la ineficiencia y la mala distribución de los recursos. Incluso, como en el vil caso del ‘Vacunagate’, algunos, muy elásticos con la ética, vieron una ocasión de ventaja y, aprovechando su situación de privilegio de información y gestión, sin descaro, se vacunaron. Mientras sus compañeros universitarios no tenían la oportunidad de hacerlo. Esa crudelísima paradoja de salvarse unos pocos y condenar a los demás, sin pelear por ellos, es uno de los eventos más inmorales de nuestra historia de la infamia reciente. Se supone que la comunidad universitaria es profundamente autorreflexiva, pero, una vez más, la corrupción triunfó.

Considero que hay dos tipos de docentes universitarios. Un grupo se dedica exclusivamente a la enseñanza y sufre las vicisitudes de ello. Los magros salarios lo obligan a ofrecer sus servicios a las diversas instituciones privadas y públicas. Un todoterreno que traspasa sus conocimientos según lo necesitan y cada año se adscribe a la demanda de su convocante. Y suele ser un trabajo a destajo, fabril, serial. Sin embargo, con ello completa el flujo de caja familiar. Otro grupo ve en la docencia un complemento de sus otras dedicaciones. Es decir, el presupuesto no proviene principalmente de la enseñanza. Por lo tanto, es marginal a nivel financiero. En todos los casos, la docencia en sí misma no es suficientemente atractiva para quedarse en una sola institución, ya que la carrera por ella, incluyendo los sueldos, no tienen alicientes competitivos. Por supuesto, hay excepciones, de una vocación épica y extraña para estas épocas.

El desafío de una apresurada educación virtual, al inicio caótica, desesperada, parchando en el camino, se ha tornado ya en una posibilidad de incluirlo inmediatamente a las formas de enseñanza contemporánea. Pero es el docente, sin el debido reconocimiento, quien ha puesto su patrimonio personal para ello, además de la irrupción repentina en su privacidad. Por ello, su dedicación merece todos los agradecimientos. Eso significa mejores remuneraciones, homologación docente ya, más recursos concretos, y no solo los fútiles aplausos protocolares.

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