• JUEVES 12
  • de marzo de 2026

Opinión

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ANÁLISIS

La democracia como régimen impolítico

De esto se deduce que lo social está atravesado por una dislocación constitutiva, imposible de obliterar, con lo que siempre lidia la política.


Editor
Arturo Sulca

Docente del Departamento de Humanidades de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya


¿Cómo entender la democracia en tanto régimen impolítico? Aclaremos: lo impolítico no es sinónimo de lo antipolítico, lo apolítico o lo pospolítico; por el contrario, alude a los confines de lo político mismo. En Categorías de lo impolítico (1988), el filósofo italiano Roberto Esposito sostiene que lo político se suele concebir en tanto orden y relación de representación. Dicho de otro modo, lo político se reduce al arché (principio unificador del ordenamiento social) y al telos (fin último hacia el que tendería el orden social). Por el contrario, el concepto de lo impolítico designa el reverso de lo político, del orden y de la representación, esto es, se refiere al conflicto, la irrepresentabilidad, ese punto en el que la relación entre representantes y representados fracasa, y no como una excepción en los procesos políticos, sino como su límite intrínseco.

Para Esposito, no se trata, entonces, de que lo impolítico sea lo opuesto de lo político, sino que esta categoría rinde cuenta de una paradoja de lo político en sí mismo, vale decir, un escollo insuperable entre orden y conflicto, entre la representación y lo que no puede ser representado. En este sentido, lo impolítico apela a lo heterogéneo, a lo múltiple, a lo plural de lo social, a lo que desborda el nomos, a lo que excede esa legitimidad de lo político consolidado con leyes y normas. Así, lo impolítico evidencia que no es posible obturar la imposibilidad de lo social.

En Emancipación y diferencia (1996), el filósofo argentino Ernesto Laclau ha planteado que lo social linda lo imposible, es decir, que, en sentido estricto, “la Sociedad” no existe. No existe en tanto entidad cerrada, clausurada sobre sí misma, en tanto algo que puede ser representado de manera clara en el lenguaje y las tecnologías de lo político. De esto se deduce que lo social está atravesado por una dislocación constitutiva, imposible de obliterar, con lo que siempre lidia la política.

En conclusión, con Esposito y Laclau podemos replantear la democracia ya no meramente como una estructura política consagrada, oficial y estatal. Para forjarnos nuevos horizontes emancipatorios, resulta clave concebir la democracia no tanto como un régimen político, sino, antes bien, como un régimen impolítico, a saber: una organización de las relaciones de poder en la que el impasse, el conflicto, la irrepresentabilidad y lo heterogéneo se revelen como inherentes de toda realidad sociopolítica. Pensar (y vivir) la democracia como una categoría de lo impolítico implica asumir la inexistencia de “la Sociedad”. De este modo, la democracia se devela como un ethos abierto, sin garantías de una verdad absoluta, total y definitiva. Quizá imaginar de esta manera la democracia nos permita tramontar esas servidumbres voluntarias presentes en cualquier régimen social de las que ya nos advertía Étienne de La Boétie en 1576.