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Fiestas Patrias: ¿Cómo era el país de aquel 28 de julio de 1821?


Editor
José Vadillo Vila

Periodista

jvadillo@editoraperu.com.pe


Cuando ese sábado atípico –por soleado y por sus nuevos vientos– del 28 de julio de hace doscientos años, a las 10 de la mañana, “el Aníbal de los Andes”, el general argentino José de San Martín, subió al tabladillo instalado en la plaza de Armas de Lima y dijo que el Perú es libre e independiente por la voluntad general de los pueblos, el país lo habitaban poco más de un millón doscientas mil personas.

Los historiadores calculan que cerca del 60% eran indígenas (o “indios”, como se les llamaba). País de castas y jerarquías sociales, en su carta de despedida de 1820, el virrey Pezuela afirmaba que indios, negros y criollos se odiaban entre ellos.

Socialmente, “el Perú inició su vida independiente como una república de propietarios y hacendados criollos, pero también de chacareros mestizos, pastores indígenas y esclavos negros”, recuerda el historiador Raúl Palacios Rodríguez en Construcción política de la nación peruana (Lima, Fondo Editorial de la Universidad de Lima, 2021).

El paso de colonia a república no significó un gran cambio en la estructura social. Por el contrario, permaneció casi intacta. Si bien los españoles perdieron sus privilegios políticos, económicos y sociales, esos roles los asumieron los criollos blancos. De este grupo social, el explorador suizo Juan Jacobo Tschudi, en 1838, escribió que no eran dados al trabajo; y que los más adinerados solo se dedicaban al ocio.

La independencia legitimó a los mestizos, grupo poblacional menospreciado en el virreinato. Se convirtieron en el sostén de los criollos, la nueva aristocracia. En cambio la situación de los negros e indígenas no varió. Incluso, en algunos aspectos, hasta se agravó, a pesar de que participaron en las gestas libertadoras.

País agrario

Era un país básicamente rural, agrario y disperso. Con 5,000 comunidades además de cientos de haciendas y chacras. También era un Perú con un alto índice de analfabetismo.

En Penas y gozos. 200 hechos que no conoces del Perú (Lima, editorial Perú Bicentenario, 2021), el investigador Ítalo Sifuentes explica que, de acuerdo con el empadronamiento de 1818, las haciendas de los valles Bocanegra y Carabayllo tenían más de 700 esclavos. Y en 1822, el precio de compra de una criada era de 200 pesos.

A pesar de que en 1821 la producción minera se valoró en tres millones de pesos y la agricultura la duplicaba (gracias a la exportación de azúcar, cascarilla, lana, cueros y otros), ya en la temprana república se dio un signo que 200 años después continúa: el diputado Ismael Contreras, en el primer Congreso Constituyente, rechazó cualquier apoyo al agro. “¿Para qué repartir tierras si no tenemos arados? Acá no hay más riqueza que la minería”, dijo.

Nuevos actores

En la costa había 300 haciendas, todas propiedad de las grandes familias y de la Iglesia católica. Y continuaron en igual situación. San Martín y Bolívar (que no aceptaron jamás tierras ni dinero) premiaron a los altos oficiales que participaron en la gesta emancipadora con propiedades. Nacían así los nuevos terratenientes.

Los comerciantes españoles y americanos realistas que se marcharon a España fueron reemplazados por anglosajones. Los marineros italianos establecieron espacios en el Callao donde lograron solvencia económica. Otro grupo extranjero importante fueron los franceses, que en Lima dirigían negocios de artículos de lujo y moda.

El número de habitantes de las ciudades era reducido. Y en los años de la gesta emancipadora (1821-2826) no había ciudad del Perú con “rasgos urbanos”; es decir, con la indispensable “vinculación a la actividad industrial”.

Mulas comunicantes

La comunicación entre ciudades era escasa. Las recuas, conformadas por miles de mulas, y sus arrieros indígenas, unían la difícil geografía del país. Recién en 1840 arribaría el primer barco a vapor al Callao, para reconfigurar el transporte y el país, al permitir el cabotaje entre los puertos; luego, en 1851, otra reconfiguración de las comunicaciones la daría el ferrocarril.

Como escribió el historiador José de la Puente Candamo, las recuas no solo transportaban mercancías sino que permitieron difundir las nuevas ideas de la libertad.

No eran usuales los viajes de otras ciudades a Lima y viceversa. La travesía tomaba, en promedio, un mes y era onerosa. Para los amazónicos la desintegración era mayor: una persona desde Iquitos tenía que salir por Brasil, viajar por el Atlántico hasta Panamá, dar la vuelta, desembarcar en el Callao, y de ahí a Lima para hacer sus diligencias.

Ya en 1820, solo se podía ingresar a los pueblos que se liberaban portando pasaportes y a través de los controles establecidos por los patriotas.

Cuidado con la capital

Lima era la ciudad más importante de América del Sur. Y fue, desde siempre, la urbe más poblada del país. Ese 28 de julio de 1821 tenía alrededor de 60 mil habitantes.

De ellos, 16 mil asistieron ese día a la plaza Mayor y vitorearon cuando San Martín dijo, flameando el Pabellón Nacional, “¡Viva la Patria!, ¡Viva la Libertad!, ¡Vida la independencia!”. Había alrededor de 300 familias “nobles” de Lima, con séquitos de criados y esclavos, preocupados sobre todo en mantener sus privilegios y propiedades.

Trasladarse fuera de las murallas de la ciudad era un reto mayor. La ruta más comercial y “segura”, de Lima al Callao, estaba llena de malhechores y los viajeros preferían transportarse en grupo o, los más pudientes, contratar su propio cuerpo de seguridad privado.

En 1822, frente a la gran inseguridad ciudadana en Lima, se tuvo que crear el “Servicio de Patrulla en los Barrios”, para hacer frente a la delincuencia.

Lima se dividía en 10 distritos y 46 barrios. Tenía 34 plazas públicas y 56 iglesias y conventos. Ciudad de piques, repiques y redobles de campanadas, con tamaña contaminación sonora que en 1822 el Gobierno tuvo que sacar un decreto para ordenar y dar horarios a las campanadas.

Economía y negocios

Palacios Rodríguez recuerda que llegamos a 1821 sin estabilidad en las finanzas públicas por varias causas; la más reciente, la larga guerra entre patriotas y realistas; la más antigua, la necesidad de España para su guerra contra la ocupación napoleónica; y la acción evasiva de españoles que volvieron a Europa y se llevaron sus fortunas.

Además de una dependencia económica de Gran Bretaña, que se consolidaría con los años. El historiador Heraclio Bonilla explicaba que el carácter colonial de nuestra sociedad se mantendría hasta inicios del siglo XX.

Con las cifras en rojo, con una “pobreza absoluta y generalizada”, se iniciaba la República. De eso habló el primer ministro de Hacienda, Hipólito Unanue, en 1822, cuando expuso las memorias de su gestión ante el Congreso.

Gracias solo a su genio, su lealtad a San Martín y a la independencia, Unanue logró capear el manejo económico valiéndose de donativos, empréstitos, contribuciones y moneda provisional, sin agobiar sin impuestos a la población. También reorganizó las aduanas, fomentó la actividad minera, habilitó para el comercio exterior al Callao y Huancacho, entre otros. Y dio protección a la actividad artesanal local.

Pero las altas tarifas aduaneras por derechos de importación permitieron el crecimiento desmedido del contrabando. A ello se sumó que la ocupación del Real Felipe por Rodil, hasta 1826, impidió el uso del puerto del Callao y se tuvo que habilitar caletas para el tráfico marino.

La agricultura (sobre todo la industria azucarera) y la minería se afectaron por las guerras entre realistas y fuerzas libertadoras. Los españoles dueños de minas las sobreexplotaron y destruyeron la infraestructura antes de irse. Se dio una falta de mano de obra de indígenas (minería) y esclavos africanos (haciendas) por las guerras de la independencia.

En el país de aquellos primeros años de la República se tuvo que crear el Banco Nacional de la Emisión, ya que había carencia del circulante (moneda) que se había agravado desde el virreinato. Circulaban en las ciudades distintas monedas americanas (de Argentina, Chile, Ecuador, Bolivia, Nueva Granada y Venezuela) y en las provincias se usaba cacao, coca, sal, ovillos de algodón y otros productos. Así nacía el Perú.

Datos:

El 28 de julio de 1821, desde el tablado de la plaza de Armas de Lima y de los balcones del palacio se tiraron medallas a la multitud con la inscripción “Lima libre juró su independencia”.

La proclama se repitió en la plazuela de La Merced, la plaza de la Inquisición (hoy plaza Bolívar) y en el frontis del convento de Los Descalzos.

La canción “La chicha”, que se escuchó ese día, hace referencias a la chicha, el cebiche, el chupe, la guatia, el quesillo y el ají amarillo.

El 28 de setiembre de ese año, San Martín emitió el Reglamento Provisional de Comercio que constaba de 27 artículos, con medidas proteccionistas y también de libre comercio.