• SÁBADO 4
  • de abril de 2026

Opinión

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APUNTES

Cuando la piratería musical viajaba sobre ruedas

El perjuicio ocasionado a la industria peruana del rubro resultaba difícil de calcular incluso entonces.


Editor
Fidel Gutiérrez

Periodista

fgutierrez@editoraperu.com.pe


Dentro de ellas, el vendedor de turno mostraba apilados centenares de casetes de audio, grabados caseramente con música de todo tipo de artistas consagrados. Se trataba de reproducciones sonoras hechas al margen de los músicos y de las empresas que los representaban. Piratería pura.

Pese a su ilegalidad, se vendían a vista y paciencia de las autoridades. Además, por su bajo precio, gozaban de las preferencias de sectores de la población para los cuales resultaba oneroso acceder a los fonogramas originales que se expendían en las entonces numerosas tiendas discográficas existentes en el país. Los más acomodados también los escogían, por contener en un solo registro todas las canciones conocidas del artista elegido. Y lo hacían pese a correr el riesgo de descubrir en casa que la cinta presentaba fallas o que la grabación estaba incompleta.

El perjuicio ocasionado a la industria musical peruana por este tipo de piratería resultaba difícil de calcular incluso entonces. Al tratarse de un fenómeno que se prolongó durante dos décadas, resulta lógico suponer que las pérdidas que generó en artistas y disqueras fueron tan enormes como las ganancias que los ‘magnates’ de la piratería percibieron.

Que tenían contactos en el Congreso; que se trataba de altos mandos policiales o castrenses y que por eso se vendían sin rubor; que uno de ellos había construido una mansión en Trujillo que, vista desde el aire, tenía forma de casete… Leyendas urbanas con las que se pretendía explicar la cotidianidad de un acto delictivo y la inacción de las autoridades.

La creación del Indecopi, a fines de 1992, fue la reacción del Estado para frenar el impacto de la piratería, para entonces ya sumamente extendida también a lo audiovisual y lo editorial. Para entonces, la producción de casetes piratas había masificado su producción y comercialización, y sofisticado su presentación. Esta decayó solamente cuando, a poco de iniciarse el siglo XXI, la piratería de CD le tomó la posta.

Así, en mercados como el peruano o el mexicano (donde los piratas tenían el descaro de entregar ‘casetes de oro’ como ‘galardón’ a los artistas cuya música les resultaba más vendedora) los piratas gozaron de una prolongada buena salud, en desmedro de disqueras locales que quebraron y de artistas nacionales que, como consecuencia de estas reproducciones no autorizadas, vieron mermados sus ingresos. El verdadero precio de la informalidad siempre es caro.

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