Central
Periodista
jvadillo@editoraperu.com.pe
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Un país de celebraciones como el Perú no sería lo mismo sin los sujetos enmascarados que arman las coreografías de las danzas, impregnadas de toda la cosmovisión.
Caretas de latas, lanas, maderas y demás materiales. Testas polícromas o monocromas. Con cabelleras afiebradas o calvos como el porvenir. Ojos con distintas expresiones, achinados, huracanados, traviesos, ausentes. Festivas, irreverentes o melodramáticas; para hacer alegrar o causar temor; completas (en su mayoría) o antifaces.
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“Desde tiempos inmemoriales las máscaras cuentan y siguen contando historias entre nosotros. Ser portador de una máscara convierte al danzante en oficiante de una liturgia, con el poder de tener la ventaja de observar sin ser observado. El espectador orienta su mirada hacia los ojos de la máscara; pero el danzante lo mira, a su vez, con sus propios ojos, como quien atisba por una ventana”, escribió el dramaturgo Miguel Rubio Zapata.
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Durante cinco meses, 150 máscaras de su colección particular formaron parte de la exposición El danzante enmascarado, que tomó el segundo piso del centro cultural Inca Garcilaso de la Cancillería, en el peatonal jirón Ucayali, del Centro de Lima.
Rubio, director de ese acorazado teatral llamado Yuyachkani, cuenta que empezó a coleccionar máscaras hace medio siglo –el tiempo que acaban de cumplir los Yuyas en las tablas–, desde que compró en Tarma su primera máscara.
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El papel de las máscaras ha sido también preponderante en el juego escénico para clásicos del repertorio de los Yuyas, pienso en Los músicos ambulantes o Sin título-técnica mixta, por nombrar dos de sus obras representativas.
Para el trabajo de los actores de Yuyachkani ha sido importante, por ejemplo, su relación con las celebraciones de la fiesta de la Virgen del Carmen, en Paucartambo, Cusco, con sus diversos personajes como los saqras, chukchus, abogados, doctorcitos, maqtas y demás personajes.
Sobre esta festividad en particular, Rubio acaba de publicar el libro, dedicado a uno de los personajes, Habla el rey ch’unchu (2021), una conversación con el danzante Efraín Junior Jurado Salas.
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El danzante enmascarado presentó trabajos de los mejores y diversos mascareros del país, que, a su vez, se amamantaron de las tradiciones de sus comunidades, revitalizando y dando un nuevo giro al imaginario colectivo.
Cada zona del Perú es singular y sus máscaras son casi su documento de identidad, con sus personajes, fantásticos (diablos, arcángeles, calaveras) o inspirados en lo cotidiano (viejos, niños, mujeres, tinterillos, animales).
Allá van las máscaras del Gran Maestro de la Artesanía Peruana, el puneño Edwin Loza Huarachi, quien como otros artesanos también fue danzante de los ritmos altiplánicos en honor a la Virgen de la Candelaria.
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Esos rostros de latón altiplánicos parecen molestar a los de madera que Abel Beriche Macha cinceló durante su vida entera en cedros, alisos y quiñuales para los danzantes de la Huaconada de Mito, en el valle del Mantaro. Vidas enteras, como la de don Abel, dedicadas a conservar y promover las tradiciones.
Dialogan también con los diablos traviesos, chucchus y majeños de la Fiesta de Paucartambo, hechos de papel y yeso policromado, del Gran Maestro Santiago Rojas. Los de esta festividad ocuparon un espacio principal en la muestra debido también a la diversidad de danzas (19 grupos, en total, cada uno con sus máscaras representativas).
La exposición también permitió descubrir facetas desconocidas de mascareros como la del maestro ayacuchano don Joaquín López Antay, Premio Nacional de Cultura 1975, cuya fama como retablista había obnubilado otros aspectos de su arte.
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Como escribe Miguel Rubio, hay una historia de las máscaras en nuestras tierras desde hace más de 10,000 años, con evidencias desde Toquepala. A la vez, también una relación particular de las máscaras de muchas zonas del país con la tradición católica. El sincretismo jugó a favor del color y la diversidad de las máscaras.
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Así, contamos con las máscaras de los diablos de Ichocán, que salen en la fiesta de San Isidro Labrador, en San Marcos, Cajamarca, donde estos personajes bailan alrededor del santo (una tradición prima hermana es la de los Diablos de Cajabamba, donde otros enmascarados zapatean elegantes en honor a una diminuta Virgen del Rosario).
Lo de las máscaras es un arte que puede aprenderse en las propias tradiciones, pero algunos de los maestros también han llevado estudios académicos, como el puneño Edmundo Torres Tresierra, formado en las escuelas de Bellas Artes en Lima y Puno, relacionado con el teatro y que hace nuevos viajes desde la tradición.
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Contamos con danzas emblemáticas que están cercanas al imaginario popular, como los personajes de la Danza de los Negritos de Huánuco, cuyas máscaras se elaboran sobre cuero. O los de La Tunantada, señorial danza del valle del Mantaro, que caracteriza a los personajes de la Colonia, como el ‘tucumano’, el ‘boliviano’, la ‘jaujina’, la ‘cusqueña’, el ‘huanca’.
La Amazonía también goza de su propia tradición mascarera, con plumas de aves, telas de cortezas, maderas, recrea la cosmovisión amazónica con sus animales y seres antropomorfos, mucho más alegre y festiva. Ahora póngase la máscara y baile.
Datos:
En el 2007, se creó el premio Medalla López Antay para reconocer las trayectorias de los artesanos nacionales. En el 2010, Unesco declaró a la danza de la Huaconada Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.
La Tunantada fue declarada Patrimonio Cultural de la Nación en el 2012 y en el 2017, la fiesta de San Isidro Labrador, de Cajamarca.