Central
Periodista
jvadillo@editoraperu.com.pe
1.
Ser honesta en una sociedad de tapadas, clasista y racista, le costó el que dirán. Pero Alicia Maguiña fue superior. Su carrera artística se definió por la honestidad, la dignidad y la solidaridad. Una elegancia a prueba de modas y una heterogeneidad para hacer gala de la música peruana.
Provenía de una clase acomodada limeña, ergo, pudo mirar sobre el hombro lo popular, pero se enamoró del vals, de las marineras, del tondero, de la música serrana.
Con esa curiosidad artística cobijada en sus enormes fanales, estudió cada género, tomó nota de los maestros para entregar creaciones y versiones de gran calidad.
¡Qué dirían en su círculo social! viendo a esta hija de un vocal de la Corte Superior y esposa del hijo del dueño de un banco, mujer blanca, preocupada yendo al valle del Mantaro a tocar las puertas de una casita en Chupuro, en busca del violinista y compositor Zenobio Dagha.
Qué habrán dicho viéndola de adolescente apurar a su padre para que la lleve de San Isidro al Centro de Lima a tomar clases de guitarra con ese coloso del criollismo llamado Óscar Avilés. Qué, de que se hizo comadre del compositor Luis Abelardo Takahashi. Qué, de admirar el canto cholo de Nicolás Seclén de Los Mochicas. Qué, viéndola asistir a los coliseos donde los migrantes andinos celebraban la nostalgia en música y danza.
Qué dirían cuando se subía vestida de huanca o jaujina al teatro Municipal de Lima para cantar una muliza, un huaino, un huaylarsh, acompañada de una orquesta típica del Centro. O sentida profundamente como si se le hubiera muerto un familiar cuando se suicidó José María Arguedas. Ella asistió a su velatorio en La Agraria y escribió la mejor canción en honor al amauta, “Wiñaytam kawsanki José María”. Búsquela.
Su compromiso y respeto con el universo andino no solo era lírico. Alicia dejaba los salones aristocráticos para –ininterrumpidamente durante 35 años– vestirse de coya y asistir a las festividades de la Virgen de Cocharcas, en el distrito de Sapallanga, en el corazón de Junín.
Ya lo dijo el antropólogo Rodrigo Montoya, Alicia Maguiña era una “mujer puente entre dos culturas: la costeña y la andina”. Fue una adelantada a su tiempo en medio de un país cambiante. Lo único que no le caía bien era lo chabacano, lo vulgar; lo elegante, lo bien hecho, en cambio, sabía que no conoce de colores de piel, giros idiomáticos o niveles socioeconómicos.
2.
La niñez y adolescencia en Ica fueron determinantes para su posterior carrera musical; el escuchar cantar sus penas en quechua a la joven que trabajaba en casa; o las festividades, las danzas. A estas primeras vivencias volverá con su tondero “La apañadora”.
Aunque vio al trío bolerístico Los Panchos en un concierto en un cine de Ica, su descubrimiento mayor fue escuchar a María de Jesús Vásquez cantando el vals “Todos vuelven”, de César Miró. Comprendió que ese era su norte.
A los 12 años cometería el único hurto de su vida: se robó un longplay de Los Morochucos porque le llamó la atención esa voz aguda, que era de Óscar Avilés: en su triunvirato de influencias siempre figurarían tres: Felipe Pinglo, Avilés y Jesús Vásquez.
Si bien su primer vals, “Inocente amor”, lo escribió cuando solo tenía 16, a Alicia Maguiña no le bastaban los aplausos. Prestaba atención a las críticas. Quería hacer suyos esos géneros, y hacerlo bien. Por ello, una característica de su producción fue la investigación y el canto con propiedad. Esta indagación le llevó, por ejemplo, a recopilar marineras, tristes, resbalosas y lundero (género chiclayano). Apunte: fue Maguiña quien recopiló el tondero “San Miguel de Piura”.
3.
Uno de los mayores aportes de Alicia Maguiña para la música popular costeña fue su conocimiento profundo de la marinera limeña.
Su álbum Estampa limeña es una clase magistral con garbo y profundidad, sobre los estilos musicales de la capital que hoy muy pocos cultivan. Es un ejemplo de lo que ella aprendió de la mano de los mejores, como los hermanos Ascuez, Manuel Quintana ‘El Canario Negro’ o Luciano Huambachano, entre otros. Tanto respeto hubo por el trabajo de esta mujer bella que el maestro Eduardo Márquez Talledo compuso un vals en su honor.
A la vez, Alicia Maguiña se abría a otros ropajes para su canto, a los aportes a las modernizaciones de la música popular que tiene impulso en la década de 1950.
El gran músico Carlos Hayre no solo fue su segundo esposo, sino su compañero musical con quien trabajó parte importante de su producción musical. Aparte quedó el escándalo de una mujer blanca casada con un músico negro.
Una pieza mayúscula de Alicia fue su creación “Indio” (1963), que grabó junto con la Sonora Sensación de Mario Cavagnaro. Con ese elenco grabó un álbum progre, que puede calzarse hoy en el territorio de la fusión: acompañada de trompetas, saxos, bongoes, güiro, bajo y piano eléctrico, cantó valses, huainos, marineras y tonderos.
Mientras otros cantaban mambos y guarachas, Alicia imponía su personalidad peruanista musical. Y era un país, repetimos, más vertical que el de hoy.
Ya en sus años maduros, era un placer escucharla los fines de semana en Radio Nacional del Perú; en La hora de Alicia Maguiña compartió sus conocimientos del arte bien hecho y diverso. Nos enseñó a modernizar al Perú. A cantarle al país de todas las sangres a las clases más pudientes. Y a los de bolsillos más vacíos, demostrar que los ricos también zapatean y cantan en octavillas.
Datos:
19 elepés y 10 discos compactos grabó Alicia Maguiña.
Recibió distinciones como la Orden El Sol en el grado de Gran Oficial y las Palmas Artísticas del Ministerio de Educación.
Alicia Maguiña es la única mujer que ha llegado al cargo de presidenta de la Asociación Peruana de Autores y Compositores (Apdayc), en dos periodos (1980-1982 y 1983-1984).
Participan Susana Baca, Javier Luna, Mabela Martínez, José Escajadillo, Walter Humala, Katerine Retamozo, José Vadillo Vila, Julie Freundt y Eduardo Bryce Maguiña.