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Periodista
jvadillo@editoraperu.com.pe
A 240 años del martirologio de Túpac Amaru y su esposa Micaela Bastidas, se considera su sacrificio como el inicio del camino hacia la independencia del Perú. Por el bicentenario de la independencia, el Centro Bartolomé de las Casas y el Fondo Editorial de la PUCP lanzan una edición especial del libro De Túpac Amaru a Gamarra. Cusco y la formación del Perú republicano, cuya primera edición data de 1999.
Su autor, el historiador estadounidense Charles Walker, analiza el período entre 1780 y 1840. Si había dudas sobre lo que significó la rebelión de Túpac Amaru II, el académico plantea que se trató de un “protonacionalismo”: si bien no existía la nación como país, José Gabriel Condorcanqui buscaba un país menos centralista, más justo.
Un tema en el cual polemizan los investigadores es si Túpac Amaru quiso o no derrocar al Estado colonial borbónico. “En un momento así, hay que ver las acciones más que los documentos. Lo más importante de Túpac Amaru era lo que hacía con sus hombres. Y sus primeras acciones eran quemar haciendas, saquear obrajes, matar autoridades españolas. Es bastante radical”.
Si bien la historia se concentra en el personaje cusqueño, sin embargo, antes y después de él hay varias revueltas en los Andes. Walker recuerda que su colega la historiadora Scarlett O’Phelan ha realizado un trabajo vital sobre los cientos de revueltas en el siglo XVIII. “Hablamos de cosas muy locales, motines, pero también de movimientos regionales. Tengo la impresión de que todavía no entendemos bien el impacto de estos movimientos”.
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Heterogéneo
En el libro se analizan los aspectos que llevaron a la derrota de Túpac Amaru, entre ellos su vacilación de entrar a la capital del Cusco y las divisiones entre los propios “indios”.
“No podemos hablar de los indígenas como un bloque político o social. Hay esta serie de visiones y obstáculos que debe afrontar. Había muchas divisiones tanto entre caciques y curacas, o de ponerse a luchar cuando ya llegaba la época de la cosecha”, explica Walker, director del Instituto Hemisférico de las Américas en la Universidad de California.
Otro error del movimiento fue que no reclutó a blancos, negros, criollos por esas divisiones raciales coloniales. “José Gabriel tenía una visión multiclasista, multiétnica, para usar los términos muy del siglo XXI. Él quería criollos, pero la ‘base runa’ era quechuahablante, tenía una visión más limitada. Para ellos, los no indígenas eran los explotadores y no querían saber nada con criollos ni mestizos. Los veía como enemigos”. Visiones similares suceden con la Iglesia: Condorcanqui y Micaela Bastidas eran muy religiosos y quisieron parar la violencia contra la Iglesia solo en la primera fase de la rebelión.
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¿Momento de paz?
Se cree que tras la muerte de Túpac Amaru (18 de mayo de 1781), en el sur andino hubo un largo momento de paz que duró hasta 1821. Al contrario, Walker recuerda que hubo muchas sublevaciones y que los disidentes tenían ideas distintas sobre cuál sería el mejor gobierno, o monarquía, o gobierno sin independencia o gobierno de los indios.
“Había una incertidumbre, tanto por el Estado como por los mismos cusqueños. Túpac Amaru rompió una especie de pacto que venía del siglo XVI, que los indígenas tenían ciertos derechos y los españoles más. Y esto [el pacto toledano] se rompe, pero sin una alternativa. Son décadas que los sectores populares e intelectuales buscan una alternativa. Y la república es solo una de ellas”, explica el autor.
Utopía andina
Para el Cusco, un año importante fue 1815, cuando se reduce su importancia militar. Luego, las actividades pasarán a la costa.
En la investigación también se analiza por qué la llamada “utopía andina”, que tuvo como su referente a Túpac Amaru II, no llegó a ser una ideología nacional.
“Hay una especie de antiinca, antiquechua, pero eso está cambiando mucho ahora. Estamos viendo que hay muchos esfuerzos por enseñar y reconocer al quechua. Que los nietos de los quechuahablantes están aprendiendo el idioma y eso es reconocer a millones que hablan y fortalecen ese idioma”, dice el historiador.
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La cuestión indígena
El volumen recoge también la discusión sobre el papel de los indígenas en esa incipiente república, que hereda los tributos indígenas coloniales y una mirada del campesinado como grupo social inferior y distinto. Mirada que compartía el presidente Agustín Gamarra.
“Él sabe que el Perú no puede vivir sin los indios. Los ve como productores agrícolas. Somos varios autores que trabajamos ese tema. Lo curioso es que en ese momento los indígenas suben en porcentaje y cubren el vacío económico cuando se van los españoles y quiebran muchas haciendas. Hay una cierta prosperidad, y ellos son muy importantes para el consumo nacional. Más tarde, en el mismo XIX, ellos enfrentarán el asalto liberal, que intentará expropiar las propiedades comunales”, dice.
El no considerar a los indígenas ciudadanos causará reveses a los propios caudillos. Si en otras zonas del continente ganan porque sus milicias se sienten identificadas, acá no sucedió lo mismo: hay desinterés por integrarse a las milicias o montoneros, que Gamarra llamaba “pumacaguas”. Por esa razón, el militar no triunfó, por ejemplo, en la batalla de Yanacocha, durante la guerra civil de 1835. Incluso se especula que fue asesinado por sus propios hombres.
Centralismo beneficiado
Su asesinato significó también la disminución de la importancia del Cusco como sede de proyectos disidentes, en beneficio del centralismo limeño. “Uno puede asociar distintos proyectos en Cusco que tienen en común un anticentralismo. La idea era que el Perú no era Lima; en esos años el Cusco tenía 60% de la población, un peso importante; había conservadores, liberales y proyectos utópicos”.
En el período analizado (1780-1840) ya se pueden apreciar las diferencias entre la costa y los Andes, y la exclusión política de las clases bajas. “Al final, ganaron las perspectivas conservadoras muy Lima y muy pensar en las clases altas. Creo que estos debates se vuelven muy actuales, dan una especie de déjà vu. Lo mismo le pasó a Túpac Amaru cuando llegó a Lima, en 1777: como socio y amigo hablaba con las clases altas, pero en Lima siente que lo excluyen: él esperaba un buen trato. Hoy, en el Perú el centralismo es tan fuerte que ya no se discute. Es casi natural”. Una herencia colonial.
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El Ángel Negro
Agustín Gamarra (1785-1841), el Ángel Negro, es el militar mestizo que llegó a la presidencia de la República en dos ocasiones. Se le incluye entre los caudillos del primer militarismo en el Perú. Sin embargo, Charles Walker recuerda que es un actor muy importante del país: tanto para la construcción del Estado como para el uso de este.
“Gamarra tiene ideas, una visión del Perú. Era un cusqueño conservador, lo cual le permitió establecer una alianza nacional”. Para Walker estamos ante “el político más importante antes que Ramón Castilla y su examigo Andrés de Santa Cruz”.
Otra singularidad es que no se trató de un militar exitoso. Es un general realista que se pasa a filas patrióticas y, sobre todo, un gran calculador. Al contrario del arquetipo del héroe que tenemos en las páginas de la historia y del imaginario, no se trató de un general exitoso.
“Hay varios caminos en él: militarismo, alianzas, clientelismo, popular, además era quechuahablante y tenía seguidores. Es importante porque podía hablar con las masas en el campo. José de San Martín, muy hábilmente, ve sus cualidades para la presencia en el sur andino y lo capta para la causa libertadora”.
Gamarra también será muy hábil en utilizar la figura de los incas y lo usa para su propio beneficio, con un discurso conservador. “Frente a los pedidos de nuevas leyes tras la independencia, cuando se extraña el orden colonial, cuando hay muchos levantamientos, Gamarra presenta a los incas como algo muy estable, casi conservador”.
A su vez, el periodismo limeño fue también muy feroz contra Gamarra. Se burlan de su dejo cusqueño, por ser quechuahablante, dicen que no escribía bien. “Lo tratan como un indio, en el sentido negativo que usaba la prensa en esos momentos”.
Cifra
4 ediciones suma “De Túpac Amaru a Gamarra”.