Opinión
Periodista
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En el caso de esta producción, las deficiencias expuestas en pantalla han motivado las críticas de uno de los miembros estelares de su reparto, en un hecho inusual en la televisión local y mundial. Así, el experimentado Reynaldo Arenas, encargado de personificar al tío y consejero de Túpac Amaru II, usó sus redes sociales para cuestionar aspectos del producto final que –en su opinión– desmerecen por completo los objetivos y la narrativa de la serie.
Pero no es necesario ser actor o un experto en televisión para detectar deficiencias gruesas en cada episodio. Un guion contradictorio, precariedad logística manifestada en una pobre reproducción de locaciones y objetos de la época, y una edición confusa son moneda común, y merman el trabajo de varios de los actores principales (Arenas, Carlos Victoria o Magali Solier). Son ellos los que hacen soportable, en cierta medida, vaivenes en la construcción de personajes que, en un pestañeo, convierten a una inicialmente implacable Micaela Bastidas en una arrodillada fuente de lágrimas que ruega por su vida. Es su talento lo que nos hace soslayar, hasta cierto punto, el descuido que hace que Túpac Amaru sea ejecutado frente a la iglesia de San Francisco, en Lima, y no en la plaza de Armas del Cusco, o que José Olaya use redes sintéticas para pescar.
Inevitable contrastar este trabajo con El último bastión (TV Perú, 2018), serie que exhibe un laborioso cuidado en la ambientación de época y cierta profundidad en la historia narrada. Esta, antes que centrarse en los próceres y héroes, privilegia la experiencia de peruanos de a pie, pertenecientes a diversos estratos sociales, inmersos en la gesta independentista cuyo bicentenario celebramos este año.
Posiblemente sea esa la más lograda reproducción audiovisual que se ha hecho de aquel momento de nuestra historia. Melgar, el poeta insurgente (1982) y Túpac Amaru (1984), dirigidas para el cine por Federico García, se atascaban en un acartonamiento actoral y en guiones en los que las acciones y motivaciones de los personajes principales carecían de matices que los humanizaran. La espectacularidad del segundo filme –cercano a lo que en esa época se entendía como una superproducción– no terminaba de atenuar ese déficit de naturalidad y profundidad dramática. Defecto similar es el atribuido a Los montoneros (1970), de Antonio Samaniego, que reconstruía la historia de los campesinos que apoyaron al ejército bolivariano en las batallas de Ayacucho y Junín. Su precariedad y deficiencias llevaron a Juan Bullitta, crítico de un diario local, a señalarla como ejemplo de anticine.
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