• SÁBADO 4
  • de abril de 2026

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Conozca a Flor Pucarina, distinguida póstumamente como Personalidad Meritoria de la Cultura

Editor
José Vadillo Vila

Periodista

jvadillo@editoraperu.com.pe



Leonor Chávez Rojas (1935-1987), Flor Pucarina, es una de las heroínas de la música andina. En vida y en eternidad, fue llamada de muchas formas: “La única”, “La Faraona del Cantar Huanca”, “La Incomparable”, “La reina del Centro”. 

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Mi último canto 
Los diarios de la época decían que ese 7 de octubre de 1987, Flor Pucarina fue acompañada a su última morada por 40 000 personas. El ataúd con los restos de Leonor Chávez Rojas salió con dirección al cementerio El Ángel a las nueve de la mañana desde la Casa del Folclorista, en la cuadra tres de la avenida Alfredo Mendiola. Día raro en Lima, estaba soleado.

Bailando y coreando las mulizas, huainos, huaylarsh y santiagos que inmortalizó “La Faraona del Cantar Huanca”, su cuerpo, vestido con un traje típico de color morado –era devota del Señor de los Milagros, de la Virgen de Cocharcas y del Señor de Chilca–, primero recibió una medalla cívica del distrito de San Martín de Porres. 

De ahí, acompañada por cantantes, músicos y miles de personas que habían venido a despedirla de todo Lima, de Huancayo y otros rincones del ande, enrumbó hacia la iglesia de Santo Domingo, en el Centro de Lima, para recibir una misa en cuerpo presente. 

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La multitud siguió con dirección a la Plaza Mayor y el entonces alcalde de Lima, Jorge del Castillo, le rindió homenaje a Flor Pucarina por sus 27 años de difusión de la música vernacular. 

El cuerpo fue llevado al viejo local del Instituto Nacional de Cultura, al club Huancayo, atravesó la avenida Grau, le dieron misa de responso en la iglesia de Santo Cristo e ingresó alrededor de las cuatro de la tarde al camposanto. 

Finalmente, a las siete de la noche, más de 10 horas después, “La incomparable” fue enterrada a los pies del cuartel San Anselmo, entre cantos y lágrimas de miles. 

Por esos días, el sociólogo Rodrigo Montoya escribió ante la conmoción limeña, que solo había visto estas despedidas a la muerte de Lucha Reyes: “Flor Pucarina debe ser vista como una heroína popular, como una mujer que supo encarnar el sufrimiento, la amargura, las frustraciones, esperanzas y alegrías de los migrantes”. 

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Déjame no más
Leonor Chávez Rojas, “Flor Pucarina”, había fallecido el lunes 5 de octubre, a las 11 de la mañana, en una cama del hospital Rebagliati. La cantante y compositora huanca padecía un mal renal y esperaba una donación de riñón. Un lector, una cantante de cumbia y otros se habían ofrecido como donantes para la “Pucacha”, como la llamaban con cariño sus devotos admiradores.

Casi un año había permanecido en la cama número 133 del Rebagliati, y los últimos meses asistía a diario al nosocomio para dializarse. Al enterarse de sus males, en Huancayo se creó el Comité Cívico Pro Salud de la “Flor Pucarina”, le abrieron la cuenta corriente y le organizaron una telemaratón que recaudó 82 000 intis. Y aunque le cantó al Valle del Mantaro toda su vida, en su lecho de muerte hizo jurar a sus allegados que la enterrarían en Lima. “En Huancayo no, porque allá voy a estar olvidada”, reclamó. 

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Canto, maestra
“Cuando Flor Pucarina canta, se goza o se llora”, escribió Darío Chávez de Paz. El 31 de diciembre de 1980, había llenado nuevamente el teatro Municipal de Lima con el “Segundo Recital de Canciones Huancas”. Se dio el lujo de cantar con tres orquestas típicas y escenificó una cantina de La Parada, que tenía desde mesitas hasta borrachos reales y rocola, en la que se ponía una moneda y ella cantó 30 canciones. No cabía un alma más en el teatro Municipal de Lima. La Lima migrante tomaba el bastión cultural de la Lima criolla. En 1983, La Faraona repitió el plato. 

Veintisiete de sus 42 años de vida los dedicó al canto, con 13 longplays editados. La singularidad de “Flor Pucarina” era que no fingía el sentimiento, lo vivía en cada célula de su cuerpo. Junto a las orquestas Los Alegres de Huancayo, Los Engreídos de Jauja, Los Rebeldes de Huancayo y Los Pacharacos, eternizó el cantó a la madre, a la vida, al trencito macho huancavelicano, al caminito de Huancayo. 

Sobre todo, dio forma a las canciones con letras de despecho, ella, que se había casado y que rápidamente se separó del ayacuchano Humberto “Huachito” Sarmiento. La Pucacha, aunque bella mestiza, decía que no tenía suerte en el amor y elevó clásicos, como la muliza “Falsía” (con la que debutó a los 15 años, en 1958, en el desaparecido Coliseo Nacional), “Sola, siempre sola”, “Mala, malita mala”, “Déjame no más”, “Llorando a mares”, “Tú no más tienes la culpa”, “Dile”, “Ayrampito”, el sencillo que vendió un millón de copias. Hasta el premonitorio huaino “Mi último canto”, que grabó meses antes de fallecer.

“En mis canciones dejo el recuerdo de esta mi vida. Los amigos yo sé que pronto han de olvidarme. Así es la vida, así es el mundo de ingratitudes”, decía al iniciar el canto “Vida bohemia”.

A ella, solo a ella, los compositores (Zenobio Dagha, Juan Bolívar Crespo, Emilio “Moticha” Alanya y otros) le componían canciones con manos de sastre: hechas a su medida. 

La guapa y espigada mujer, que llegaría a tener más de 20 trajes típicos, salió del distrito de Pucará, a 20 kilómetros de Huancayo, para primero sobrevivir y luego hacerse leyenda. Tenía solo 10 años cuando empezó a trabajar como empleada doméstica, luego vendió tubérculos en La Parada mientras soñaba con el estrellato. 

Fue el presentador Máximo Alanya  (hermano de “Moticha” Alanya) quien le bautizó como Flor Pucarina, y los hermanos Teófilo y Alejandro Galván reconocieron su talento y la llevaron de gira por los pueblos de tierra adentro. En 1960 firmó por la disquera El Virrey.

La Puca se paraba frente a las orquestas típicas que la acompañaban y guapeaba a los músicos como a los hijos que nunca tuvo, “¡jajayllas!”, para que toquen lo mejor posible. Testigos son los miles que abarrotaban estadios y locales de la carretera Central solo para escucharla. 

Un antes y un después 
Lo más importante es que el huaino tiene un antes y un después con Flor Pucarina. Si antes se consideraba lastimero, tristísimo, en su voz había cólera escondida, protesta, queja sin dolor, reclamo. 

Los domingos, cientos de provincianos llegaban como acólitos al coliseo Nacional, de La Victoria, para escucharla. “Yo he redescubierto el huaino en Lima gracias a personajes como Flor Pucarina. Si no hubiera sido por ella, no habría tenido la oportunidad de reencontrarme con mis ancestros y los Andes”, juraba con conocimiento de causa el escritor Toño Muñoz Monge, autor de la novela Peregrina (2018), inspirada en la Pucacha. 

Cuando ella bajaba de los escenarios, la protegían de la multitud seis bordadores y estilistas, entre ellos Vicente Roque Luque y Aquilino Ramos. 

Le gustaban sus tragos, lo cual no es un delito, diré yo, inclusive llegó a ser dueña de una cantina en La Victoria. Los lunes iba a casa de alguno de sus modistos a probarse los trajes que utilizaría el siguiente fin de semana. (Se dice que su fortuna estaba mayormente en sus vestidos, heredados por una cantante).

Se casó y divorció, y luego tuvo un amante por muchos años, que le obsequió un anillo que la diva siempre llevaba. El resto es historia y leyenda. 

Grande, Pucacha.