Opinión
Periodista
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La doctrina y la praxis demuestran que la política se vale de la controversia y del debate democrático para alcanzar esos propósitos. De esta manera, no puede eliminar la polémica y el conflicto, pero sí propiciar el entendimiento de los problemas que generan las diferencias.
Así, pues, la práctica de la política institucional solo tiene validez en un escenario de permanente y libre intercambio de ideas. De esta manera, la contraposición y el conflicto deben dar paso a los planes y programas que sostengan el escenario democrático.
Lamentablemente, en nuestro país no utilizamos la controversia como un elemento inherente a la buena práctica política, sino como una herramienta para bloquear y alejar las posiciones que apuntan a fortalecer la democracia y a los ciudadanos.
¿Para qué es útil la política? Es probable que la mayoría de los ciudadanos ofrezcan como respuesta un lugar común: “Para nada”. Y esto ocurre porque han perdido la confianza en el sistema que debe garantizar la aplicación y la defensa de los derechos de toda índole y solidificar la gobernanza, que es, conforme con la adecuada definición de la Real Academia, “el arte o manera de gobernar que se propone como objetivo el logro de un desarrollo económico, social e institucional duradero, promoviendo un sano equilibrio entre el Estado, la sociedad civil y el mercado de la economía”.
Promover un sano equilibrio entre el Estado, la sociedad civil y el mercado de la economía debe ser el norte de la política. Pero se ha confundido el objetivo, principalmente porque los partidos políticos son reflejo de la composición de la sociedad peruana, donde más del 75% de sus actividades son informales. Esta condición de informalidad es ahora inherente a las organizaciones que nos representan.
Hoy, la política es la defensa de intereses particulares, lo que es posible por la desorganización y la debilidad de los partidos políticos.
Tenemos oportunidad para escapar de este atolladero. Aceptemos las diferencias, propiciemos el debate democrático, construyamos escenarios políticos que sumen y no que destruyan.
No repitamos una y otra vez la excepción hasta transformarla en regularidad. Así, no es posible observar la ejecución de una medida de aplicación extraordinaria, como la vacancia del presidente de la República, como un asunto de absoluta normalidad. La controversia debe llevar a proponer y no a destruir lo que está ocurriendo hasta ahora.
Ya lo dijo Aristóteles, somos animales políticos porque somos capaces de vivir asociados, de forma colectiva, en comunidad.
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