Opinión
Docente del Departamento de Humanidades de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya
En su Sapiens, de animales a dioses: una breve historia de la humanidad, del 2011, Harari sostiene que podemos comprender la actuación de los seres humanos a lo largo de la historia como el despliegue de una serie de esfuerzos para urdir redes de cooperación masiva sobre la base de ficciones compartidas que generan ordenamientos sociales imaginarios. En este sentido, lo que Harari propone es que, antes que la lucha, lo que organiza la vida humana no es la división en bandos antagonistas para buscar la mutua aniquilación, sino, antes bien, es la articulación de acciones e interacciones para producir lazos sociales que puedan ser estables y que movilicen a diversos grupos e individuos desconocidos entre sí bajo la idea de que todos pertenecen a un mismo nosotros. La lucha sería solo una ficción más para comprender mítica y románticamente el devenir humano, pero una ficción que pretende priorizar la ira, la cólera y el odio por encima de cualquier emoción.
Para decirlo con Sloterdijk en Esferas I, de 1998, las creencias compartidas se producen para establecer esferas de climatización sociocultural de la existencia humana para preservar la vida individual y la perduración de las comunidades. Sin embargo, tales esferas se basan (las más de las veces) en injustas jerarquías imaginarias, pero que de ordinario se imaginan como justas. Por ello, el lazo social, paradójicamente, puede proteger y, a un mismo tiempo, negar la vida. Así, podemos afirmar que creer que la violencia es la partera de la historia o que la vida es una descarnada carrera en la que siempre hay gloriosos ganadores y frustrados perdedores es una percepción segada de la realidad. Siguiendo al mismo Sloterdijk en Ira y tiempo, del 2006, es posible liberarnos del espíritu del resentimiento, que es el que le da sentido a aquella insufrible fantasía de que la vida es una inagotable pelea y la historia, un inacabable despliegue de la guerra por otros medios. Para ello, recomienda el establecimiento de límites a la productividad moral de los movimientos de reproche (socialismo, feminismo, poscolonialismo), y despejar la alianza entre inteligencia y resentimiento. Ello requiere de una voluntad de validación (del otro y de uno mismo) y de la autorelativización.
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