Opinión
Periodista
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En el contexto de una economía precaria y sin rentas importantes, la fortísima demanda por el fertilizante natural y el alto precio que pagaban las entonces potencias industriales representó una oportunidad de oro para usar las ganancias en la construcción de las bases de lo que debió ser un desarrollo nacional sostenible.
No obstante, como parafrasea el mismo Basadre, “en el Perú es extraordinario lo que no sucede”. Ante su incapacidad por hacerse cargo del negocio, el Estado entregó la venta del guano a privados. Pero el arrendamiento de las islas primero, el sistema de consignaciones después (a extranjeros y peruanos) y finalmente el monopolio no fueron tal vez las mejores alternativas. La riqueza que obtuvieron los capitalistas extranjeros la invirtieron en sus países de origen y los consignatarios peruanos se convirtieron solo en empresarios algodoneros, azucareros y en banqueros. El Perú no se industrializó.
Finalmente, el Estado despilfarró de forma clamorosa los ingresos pagando los sueldos de la burocracia estatal y en ferrocarriles defectuosos. Todo terminó en deudas y en bancarrota fiscal, una de las causas que explican nuestra derrota en la Guerra del Salitre.
Pienso en este deprimente pasaje de la historia del Perú y no puedo evitar encontrar paralelos con el caso de los commodities que ahora exportamos. Han pasado más de 160 años y pareciera que estamos repitiendo el mismo patrón. La explotación de los metales y el gas, por ejemplo, están concesionados en su mayoría a consorcios internacionales. Nos pagan impuestos y regalías, es cierto, pero esas ganancias son insuficientes para atender la demanda social como lo subraya el Ministerio de Economía y Finanzas. Somos el segundo productor de cobre en el mundo, pero en algún momento también registramos la tasa más alta de mortalidad por covid-19. Tenemos suficientes reservas de gas natural, pero muchos puneños compran gas boliviano por ser más barato que el peruano. Nuevamente, nuestro Estado es incapaz de gestionar la riqueza y de convertirla en bienestar para todos.
Y a todo esto, ¿qué pasará cuando se acabe la bonanza de los metales? ¿Las ganancias que percibimos están sirviendo para cambiar la estructura productiva del Perú? Cuando el cobre caiga en desuso por la aparición de algún otro material ¿nuestra economía estará tan diversificada que no sentirá el efecto? ¿O caeremos en el caos tal como ocurrió cuando se descubrieron fertilizantes más baratos que el guano?
Como apunta el exministro de Economía Waldo Mendoza, la era del guano y la del boom de los metales (2002-2011) se parecen bastante porque luego del auge volvemos a la normalidad. La prosperidad es falaz.
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