Con vocación
Periodista
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Violeta Ardiles Poma nació para ser maestra, aunque ella no lo sabía. Su interés adolescente se inclinaba por ser periodista o policía de investigación. “No se me cruzaba por la cabeza ser profesora”, recuerda.
Pero el destino viene escrito para cada persona, dice, porque tal vez un hecho que quedó guardado en el corazón de su mamá fue la luz que iluminó la decisión de sus progenitores para enviarla a la escuela, en una época en la que los varones tenían el privilegio de estudiar y las mujeres no.
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“Yo era medio inútil en las labores del campo y a veces no distinguía entre un toro y una vaca. Una tarde, la señora que ayudaba a mi mamá le dijo en quechua ‘¿no ves que tu hija tiene manos para agarrar un lápiz?’. Eso me lo contaron, yo era muy niña, pero a mi mamá no se le olvidó”, rememora.
La providente frase cambiaría el curso de la vida de “Vio”, como le dicen de cariño sus amigas, pues de Pampas Grande, donde nació, se fue a estudiar a la escuela pública de mujeres de Huaraz, Santa Rosa de Viterbo, en donde nació su amor por la literatura y las ganas de escribir también. Y aunque no viajó a Lima para estudiar en la universidad, su afán por seguir estudiando encontró en la Escuela Normal de Mujeres Mercedes Indacochea el lugar para madurar.
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Profesora rural
Era la década de 1960, en Huaraz no había ni televisión ni radio, cuenta, y fue en esos años que descubrió “lo bueno que era aprender para enseñar y rescatar del olvido a los más necesitados”.
Por eso para Violeta fue una cuestión de principios aceptar ser destacada a Rampac Grande, una comunidad ubicada entonces a dos horas de Huaraz: una hora en ómnibus hasta Carhuaz donde queda todavía la localidad, y una hora más caminando. No había alumbrado eléctrico ni agua potable y la población era quechuahablante.
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“En esa época la mayoría de mis compañeros buscaba vara para no enseñar en una escuela rural. Yo no lo hice. Llegué y no entendía a nadie, se burlaban de mí hasta los niños, pero me dije, esto no me va a ganar, y me propuse aprender quechua sobre la marcha. En Rampac Grande me hice maestra y me quedé 23 años”.
Fue profesora unidocente y directora. La Cordillera Negra fue testigo de sus caminatas, sus juegos con los niños para conquistarlos y animarlos a leer, de los estragos que dejó el terremoto de 1970 en la comunidad, de sus esfuerzos por mejorar las condiciones de enseñanza, del nacimiento de sus hijos a quienes enseñó allí.
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Al rescate de la lectura
La maestra rural no se rindió. La fuerza de sus convicciones le permitió continuar con su apostolado, pues tras cesar tempranamente como docente se dedicó a educar a sus hijos junto con su esposo. Pero observar lo mal que escribían la animó a visitar escuelas para ofrecer lo mejor que aprendió: enseñar a los niños a amar la lectura. Han transcurrido más de dos décadas y la “poeta de los niños”, así la llaman también, no ha dejado de enseñar ad honorem en colegios o en programas de lectura municipales. Más de 20 libros de su autoría dan fe de su entrega ilimitada.
“Con cuentos y poemas les sigo enseñando a los chicos a leer como jugando, de refilón, para que no se asusten. Me hice escritora para captar su atención. A los padres les digo que, si quieren eternizarse en la memoria de sus hijos lean con ellos cinco minutos al día, aunque sea”, dice.
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— Diario El Peruano (@DiarioElPeruano) January 10, 2022