• LUNES 6
  • de abril de 2026

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FOTOGRAFIA
CRÓNICA

El raymi de la queuña, una reforestación en las alturas

Rolly Valdivia, texto y fotos

Hay esperanza. Se siente. Se mantiene a pesar de la lluvia, inoportuna para los foráneos, necesaria para los cultivos, aunque ahora interrumpa la faena comunal, la jornada compartida, el Raymi (fiesta, en quechua) esperado con ilusión que le dará un respiro y un alivio al planeta.

La Mamapacha está enferma. Ellos lo saben. Basta con mirar al horizonte o escuchar los relatos memoriosos que describen cumbres de pura nieve, solo de nieve. ¿Cuánto tiempo ha pasado desde esas visiones? ¿Treinta o cincuenta años? No hay certezas.

Es un mal año, decían con el anhelo de que todo fuera como antes. Y de nada servían las hojas de coca o el traguito ofrecido a la montaña para remediar el daño. Ni las plegarias en quechua invocando a los dioses antiguos.

“Algo malo estaremos haciendo”, recordaría las palabras de un campesino quechua, uno de los precursores de una fiesta de la reforestación que surgió en el 2014 y que se repitió el domingo 6 de febrero en Sacsa, un paraje del distrito de Ollantaytambo (Urubamba, Cusco), cuyas laderas montañosas a 4,200 metros de altura fueron tomadas por los comuneros de Patacancha y Rumira Sondormayo.

Allí están removiendo la tierra, sembrando agua y vida con sus vistosos ponchos con iconografías de animales, con sus pantalones de bayeta o sus amplias polleras que combinan el negro con el rojo o el anaranjado, con sus ojotas todoterreno que vencen a las pendientes fangosas, con sus sombreros revestidos de flores y de coloridas cintas que son acariciadas por el viento.

Esas mujeres, niños y hombres llegaron ‘bailando’ como huallatas –aves que hermosean los bofedales altoandinos–, arriando fornidas llamas cargueras o caminando a paso de comunero, desde sus pueblos.

Los de Rumira avanzan por una carretera de polvo. Los de Patacancha por un senderito que bordea el río que marca el límite entre ambas localidades. Frente a frente, transportando en sus llamas o en las mantas que cruzan sus espaldas, un ‘remedio natural’ que atenuará, al menos un poquito, los males globales que alteran el clima y afectan al medioambiente.

Y es que aquel agricultor no mentía, hemos hecho muchas cosas mal. El planeta se calienta, se derriten los glaciares, el agua escasea y el aire se hace cada vez menos respirable. Un panorama sombrío como el que se impuso en Sacsa, cuando la lluvia empapó el entusiasmo ecológico y ambientalista.

Una fiesta exitosa

El pequeño diluvio no fue una sorpresa. Febrero es mes de precipitaciones y las nubes desconocen de campañas de reforestación. Se suspende la faena, con la consigna de continuar mañana con la siembra de miles de queuñas, árbol andino que crece entre los 3,500 y 5,000 metros.

Y así lo hicieron. Volvieron para seguir sembrando en sus tierras ancestrales esos árboles heroicos que soportan el frío, las heladas y hasta los embates de pinos y eucaliptos invasores, que los han ido acorralando y desplazando.

¿Qué hacer para rescatar la diversidad de Polylepis (ese es su nombre científico) que existen en el Perú y en gran parte de Sudamérica? La respuesta está en estas laderas, donde se sembraron 98,100 queuñas, provenientes de los viveros comunales, donde fueron cuidados entre 8 y 10 meses.

“Se sembraron 73,000 en Patacancha y 25,100 en Rumira”, precisa Constantino Aucca, uno de los fundadores de la Asociación Ecosistemas Andinos (Ecoan), la ONG que hace 20 años hizo germinar la idea de restaurar y conservar los bosques con una especie nativa que regula el clima, captura y almacena carbono, protege las cabeceras de cuenca y evita la erosión del suelo.

Biólogo de profesión y hombre de campo, Aucca no olvida a ese comunero que le dijo con pena que algo estaban haciendo mal. Por eso se esfuerza en hacer las cosas bien. “Buscamos empoderar a las comunidades, generando capacidades, ofreciendo soluciones económicas y conservando sus raíces culturales”.

No es una tarea fácil. Siempre hay detractores. “Están destruyendo los pajonales”, arguyen los que están en contra de la reforestación con especies nativas. Él los escucha, pero mantiene la “idea de restaurar poniendo lo que antes existió”. En ese esfuerzo, lo apoyan cientos de comuneros que le piden seguir trabajando y que no los abandone.

Aucca no está solo en su misión. Gregorio Ferro, otro de los fundadores de Ecoan, revela que en los 20 años de reforestación se han sembrado dos millones de Polylepis de distintas especies y se trabajó en 20 comunidades. “El éxito en prendimiento es del 85%”, precisa con orgullo.

El proceso no termina con el Raymi. También se hacen monitoreos que han determinado que la falta de lluvia y el daño ocasionado por el ganado son los principales enemigos de esta especie que resalta por sus hojas pequeñitas y su tallo retorcido que parece descascararse, razón por la que es conocido como el árbol de papel.

Así se verán en el futuro los que fueron sembrados en Sacsa. Así empiezan a verse los que ya echaron raíces y crecen vigorosos; y mientras eso ocurre, la Mamapacha respira aliviada porque los bosques nativos se recuperan y los comuneros continuarán trabajando por la conservación, con la esperanza y la certeza de que están haciendo algo bueno para ellos, algo bueno para todos. 

Acción Andina

Es el nombre de la iniciativa basada en la experiencia de Ecoan, que se ejecuta en Ecuador, Perú, Bolivia, Argentina, Chile y Colombia, con el propósito de conservar y restaurar los bosques altoandinos, con especial atención en los Polylepis. Surgida en el 2018 gracias a una alianza entre Ecoan y Global Forest Generation (GFG), Constantino Aucca refiere que por sus características este proyecto es considerado emblemático a escala mundial por el Foro Global de la ONU, lo que implica un constante monitoreo, seguimiento y evaluación de los avances. El objetivo de Acción Andina “es restaurar y proteger un millón de hectáreas de bosques altoandinos mediante acciones efectivas y retribuibles”, como se informa en la web del Fondo de Protección del Agua (Fonag). Aucca comenta que la meta de Acción Andina después de tres años de trabajo (se cumplen este 2022) es sembrar dos millones 500,000 árboles de queuñal en diferentes áreas de los países participantes.

Cifra

400 comuneros de Patacancha y 120 de Rumira Sondormayo participaron en el más reciente Raymi.