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  • de abril de 2026

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viva la Tradición

Carnaval Marqueño: danza originaria

Distrito de Marco, en Jauja, la capital folclórica del Centro del Perú. Como dice el profesor Darío Núñez Sovero es “tierra de hombres que han hecho de su comunidad un verdadero santuario a donde acuden anualmente para gozar de su estampa bandera: el carnaval marqueño”.

Y nuestro más ilustre folclorista y defensor de los derechos de los pobladores del ande, José María Arguedas, escribió en 1942 sobre el carnaval: “Es la fiesta más grande de los pueblos indios peruanos. No conocemos bien su verdadero origen. Pero tiene danzas propias y su música propia. Y es la más hermosa música de todo el folclor peruano. Debe tener un lejano origen indio puro; porque en el norte, en el centro y en el sur la música de carnaval tiene un genio común… los instrumentos que tocan son universal: el pincullo y la tinya”.

No le faltó razón, los carnavales son una mezcla de alegría, dolor y esperanza de una raza, con lamentos y llantos de arrepentimiento en la iglesia o capilla, del espíritu andino que se desata, brota su mundo interior sensible y lastimado.

Gracias al Taita Cruz

Los carnavales de origen fueron una propiciación celebrativa, ritual, de amor, plegaria y gratitud a sus deidades, a la naturaleza, a la “Pachamama”; en síntesis, al “Taita Cruz”, por los favores recibidos, sus cosechas y sus vidas.

En el Incario, gran parte de las fiestas fueron religiosas. Es allí donde los españoles encuentran la oportunidad para el tinkuy de la “idolatría” a la Pachamama, en el tiempo del hatun pokoy, la fertilidad, la alegría de los jóvenes en buscar pareja, el verdor del paisaje, los trinos melodiosos de los pájaros y las primeras cosechas.

Se cuenta, que antes de 1870 ya salían a bailar en Marco. Y fue en torno a una de las tres grandes cruces de madero, toscamente labradas en Cebada Cumu, primer barrio del carnaval de Marco, su ritual de plegarias y ungidos de fe, pidiendo perdón por las heridas y los clavos de Jesús, humillados rogaban al “Taita Cruz”, brotaba de lo más profundo de su mundo interior de temor, inseguridad, rociándole pétalos de flores naturales del campo, hojas benditas de coca, al madero y a la Pachamama, además la chicha, entonando canciones tiernas y danzando a su rededor.

Posteriormente, con intervención o influencia de la parroquia de la localidad, constituirían la primera Cofradía de Santa Cruz de Cebada Cumu. Luego vendrán otras.

Se cuenta que la música y la danza del carnaval marqueño eran por entonces pobre, primitiva y monótona, Y las fueron mejorando en la década de 1950.

Sobre el nombre

En Lima, los migrantes empiezan a deleitarse con las notas del huaino, abriéndose espacio y escenario como cultura andina, incomprendida, menospreciada.

Por un hecho fortuito, Arguedas fue quien se hizo presente en el carnaval de Marco. Viajó a la ciudad capital en noviembre de 1966, a la Feria del Pacífico, un evento de la élite. Ellos buscaban recrear su feria monótona y fría de máquinas y organizan el Primer Festival de Danzas Folclóricas, que sintonizaba con lo que sucedía en la radio, los coliseos y el elenco ocupa el primer puesto. De ahí viene el nombre de carnaval marqueño.

Música y vestimentas

Desde sus orígenes perteneció a los sectores económicos más humildes; sus instrumentos musicales de inicio serían la quena o pinkullo, la tinya, la wajla y a fines del siglo XIX se incorporaría el violín y, a inicios del siglo XX, el clarinete.

Hasta mediados del siglo pasado, sus pasos y movimientos eran muy simples, de liberalidad, no había uniformidad, guapidos desordenados; su vestimenta era el de uso habitual: los hombres y las mujeres con sombrero, ropa de lana de oveja, camisa, pantalón de “bayeta”.

Los hombres con ponchos, “llanquis”; y las mujeres “jalachaquis”, llicllas y polleras, wallkis (bolsas hechas de pellejo de carnero para depositar coca y cigarros). No era atractiva, pero rompía la monotonía.

La noticia del éxito del carnaval marqueño en Lima despertó entusiasmo, y desde la década de los setenta, los jóvenes avecindados y los residentes de sectores intermedios del distrito de Marco se suman. Ahora son muchos, pero esta herencia de identidad, indo-español se ha reducido solo a baile, cortamonte y supuestas verdades, sin Dios a quien propiciar.

Existe el peligro de normalizar la fiesta por la fiesta, la simulación, las lentejuelas, agregando actos de una costumbre festivo-familiar, accesorios, dejando fuera lo medular, el mensaje religioso celebrativo del rito por la vida tránsida, por la fragilidad de su pobreza, su alegría, miedo y esperanza, su felicidad negada.

Al desconocer la síntesis, los jóvenes buscan lo gracioso, no importa que sea falso. El valor del folclor está en su autenticidad, que el extranjero y el peruano culto admiran.

El carnaval marqueño es una fiesta celebrativa religiosa de propiciación a la “Pachamama” y al “Taita Cruz”, con danza y música, por la prosperidad recibida.

Mensaje cristiano

En versión del siglo XXI, se debe acoger el llamado del papa Francisco I a la convivencia respetuosa de hombre-naturaleza, hoy transgredida. El sumo pontífice subraya “escuchar tanto el clamor de la tierra como el clamor de los pobres”.

El hombre andino de ayer acudía a la cruz con lágrimas y plegarias implorando perdón por la maldad del hombre, la búsqueda de justicia, de pan para sus hijos; en sincretismo con la madre naturaleza, (la Pachamama), la madre que provee. Es el mensaje a rescatar por el carnaval marqueño de hoy. (Texto: Rolando Fabián Camarena / Fotos: Luis Salinas)